jueves, 14 de marzo de 2019

Ángulo de ataque



Una tarde dedicada a un veinteañero que aspira a ser un día piloto comercial. Que nadie te engañe, le digo, esto no es un juego de simulación: despegar es fácil, volar es difícil y aterrizar, que requiere dominar el vuelo lento, casi imposible. 

Me doy cuenta de que el problema es que volar exige actuar contra los propios instintos, contra el más fuerte de ellos: el de la supervivencia. Para ser un buen piloto, hay que sustituir ese instinto por reacciones meticulosamente aprendidas. Y aprendidas después de desprenderse de todo lo aprendido aquí abajo. Eso es: volar exige primero desaprender para después grabar sobre lo borrado ideas nuevas basadas en el conocimiento de por qué se sustenta en el aire un aparato más pesado que el aire, que según toda nuestra información aquí abajo debería caer como un peso muerto al encuentro con la Tierra. El ejemplo más evidente, y el que más pilotos se sigue llevando por delante, es el de la entrada en pérdida. 

Acostumbrado a las explicaciones más teóricas de la escuela de vuelo, a los teoremas de Bernoulli y las leyes de Newton, le cuesta sin embargo entender el concepto elemental. El ángulo de ataque no es el ángulo que forma el morro del avión con el horizonte ni tiene nada que ver con que el morro apunte hacia arriba o hacia abajo. En barrena, el ángulo es elevado y como no te des cuenta y corrijas te vas a matar, y en un zoom el avión puede estar prácticamente apuntando al cielo y no se desplomará porque el ángulo de ataque es bajo. 

¿Entonces qué es el ángulo de ataque? Simplemente el ángulo al que el ala encara el viento. Pero yo el viento no lo veo, dice.

Cómo me alegro de que mis destinos más habituales estén a tiro de tren. 

viernes, 15 de febrero de 2019

Notas de febrero





Dice J. que odia viajar. Creo que lo entiendo, pero aun así le tiro de la lengua. Del viaje uno no saca nada, dice. No saca nada en el mejor de los casos, matiza: en realidad, la mayoría de la gente vuelve del viaje peor de lo que se fue, más embrutecida, más vacía. En un sentido epistemológico, añade. Está traduciendo a Bassani. ¿No te gustaría traducirlo en Ferrara? No: rotundamente no. No necesito para nada ir a Ferrara. Trabajo perfectamente desde aquí. Aquí es un modestísimo local que ocupa como vivienda, por los números altos de la calle Alcalá, allá de camino al cementerio del Este que ahora llamamos de la Almudena. Se queda en silencio al otro lado del teléfono. Le espero. Sólo viajaría para hacer algo, algo concreto. ¿Cómo qué?, pregunto. No sé, un curso de cocina, por ejemplo. Y luego, como recela de identidades y definiciones, y en tiempos fue chef de un pequeño restaurante afamado en Madrid, corrige: o de informática. 

Dice que, habiendo vivido toda la adolescencia en Roma, jamás fue a ver la tumba del Gramsci, a pesar de las inclinaciones comunistas de la familia. La mitomanía, dice, qué absurdo. Este rasgo de carácter suyo me resulta muy atractivo, porque he vivido rodeada de mitómanos. Escuchándole, me hago consciente de mi propia mitomanía (yo sí que visité, y no una vez ni dos, la tumba de Gramsci), y no me gusto un pelo. Lleva razón. Mientras sigue hablando, pienso en las razones por las que los hombres tendemos a la mitomanía, ya sea en forma de épica literaria, de culto a la personalidad o de cánones de belleza. 


Y así nos tiramos hasta las tres de la madrugada. Me ofrece una última sorpresa. ¿Entonces subes a cenar el miércoles? Sí, cómo no. Yo me ocupo de que te recojan y te devuelvan, le digo. No es necesario, subo en autobús; ¿no salen de la Moncloa? Me hace gracia que conserve el artículo. Ya casi se ha perdido, salvo para referirse al palacio. Ahora se dice Moncloa, a secas. Y es que cumple en unos meses 80 años. Un hilo extraño y profundo me une a él. Somos los dos únicos testigos supervivientes de una amistad que lo fue en el sentido clásico, romano: la que unió a su hermano pequeño con mi padre.

***

El martes andábamos C. y yo en el jardín hablando de cantuesos, gallinas y pies de gato. De repente oímos un barullo de alas y piadas en la voladera y nos giramos: una ratonera intentaba introducir las garras entre los barrotes. Tan pronto como erró el golpe salió despedida de nuevo hacia el cielo. Tenía muy poco margen de maniobra: la ubicación de la voladera es lo que más quebraderos de cabeza me dio. Tenía que estar protegida de los vientos, preferentemente no orientada al norte y flanqueada de modo que rapaces y urracas no lo tuviesen fácil. Funcionó. Le conté a C. que, cuando aciertan, al día siguiente encuentras en la voladera, junto a las plumas perdidas en la batalla, el cuerpo decapitado. Si es invierno y tus pájaros están faltos de grasa, la escena es aún más siniestra: algunos supervivientes aprovechan para picotear el cadáver del caído.

***

Por fin L. y S. han comprendido qué quería decir cuando afirmaba que Canela no es una perra, sino un teckel, es decir, un ser superior. Esta es la estrategia que urdió para que la cachorra, una pastora que le saca tres cuerpos y cuya única vocación en la vida parece ser jugar al pilla-pilla, 7-eleven, la dejara en paz: salió disparada hacia la puerta abierta, ladrando como si la casa estuviera en peligro inminente de asalto. La cachorra se lanzó tras ella, imitándola con verdadero júbilo. La teckel frenó en seco en el umbral y regresó a su cama, al fin sola, mientras la cachorra seguía galopando hacia el enemigo invisible. Cuando uno ha decidido limitar su vida incorporando a ella un animal, lo mejor es tener muchos más. Tampoco así vas a poder coger un vuelo al primer sitio que se te ocurra en una noche de arrebato místico o romántico, pero a cambio ves comportamientos que difícilmente observarías si estuviesen siempre en un mano a mano contigo. 

***

Estos días azules y este sol, etc. Este invierno dócil. Cuando termino de trabajar, saco a las locas de debajo de mis pies y salgo al jardín. Me siento en el inestable sillón de madera que abandonaron aquí los anteriores moradores y miro a mis pájaros, a los machos ya encelados y a las hembras aún reacias a dejarse pisar, observo las carreras de las perras y sus querencias tan distintas (al sol la teckel de pelo corto, a la sombra la pastora de lanas negras). Veo pasar las Canadair amarillas que regresan a la base después de extinguir algún fuego, con su estruendo de metales mal ensamblados, y las parejas de buitres negros que se han atrevido a llegar a la frontera más meridional de su territorio. Fumo y apenas pienso. Esto debe ser parecido a la felicidad, si no fuera porque, como decía aquél, cuando eres feliz nunca te das cuenta.


miércoles, 5 de septiembre de 2018

Descendimiento


Como muchos hombres criados en la España rural, tenía mi abuelo una gran afición a los toros. Más a Pepe Luis que a Manolete, más a Antonio Ordóñez que a Luis Miguel, pero en general, sospecho, más al ambiente de la plaza y a la presencia de las mulas, los caballos y los morlacos que a otra cosa. Para un cojo de nacimiento que por fuerza había tenido que valerse de los caballos para desplazarse por el campo más que otros muchachos del pueblo y que había nacido en una familia de pequeños ganaderos, las Ventas y el Batán eran los únicos sitios donde podía compensar la obligada lejanía de los animales. Las Ventas era en efecto, lo es más aún hoy, un paraíso que conservaba en el centro de la gran ciudad un fragmento insólito del mundo rural. 

Justo antes de comenzar la temporada nos llevaba al Batán a ver las corridas que había preparadas. Mientras nosotros pasábamos rápidamente de un corral al aire libre a otro en un juego que ganaba quien primero viese al toro más grande o al que más leña traía en los pitones, mi  abuelo se detenía largamente y hacía sus observaciones, dirigiéndose al desconocido de al lado o murmurando para sí mismo. Era, como muchos aficionados, cáustico. Vaya tío, ese cárdeno. Los sobreros no son de la misma madre: toda la corrida veleta y ellos dos bizcos. El colorao no está en peso. De vez en cuando se acordaba de que estábamos con él: PJ, tú que me preguntabas qué es ojo de perdiz, ahí lo tienes. O nos corregía: playero no, capacho. 

Con mi abuelo no había tal cosa como una tarde de toros: a los toros se les echaba el día completo, desde el apartado del mediodía hasta que caía la noche. El aficionado taurino sabe que de las corridas sale uno exhausto. Uno no va a ver una faena de capote y muleta, sino una coreografía completa. Todo se observa: esas nubes que vienen de Toledo y que podrían llevar agua, la dirección del viento comprobada en la veleta o en los papelillos esparcidos por los subalternos junto a las tablas, la oportunidad de las decisiones de la Presidencia, el peso, capa y trapío de los toros, su comportamiento en el caballo, sus cambios de carácter a lo largo de la faena, las reacciones de otros aficionados unas filas más arriba o abajo, los vestidos de los matadores, los cambios habidos en las cuadrillas desde la última temporada, el orden -o desorden- de la lidia. Y en todo se participa, con silbidos, con aplausos, con palmas de tango, con un silencio compasivo o reprobador.

Años después, la lejanía de mi abuelo y el entorno de Bruselas me hicieron alejarme de los toros hasta el punto de criticarlos con verdadera furia preadolescente. La furia fue cambiando de objeto y mantuve con ellos una relación de aproximada indiferencia hasta que uno de los amigos con quien me topé en la carrera resultó ser un gran aficionado. Una sola tarde bastó para que me preguntase qué había estado haciendo todos aquellos años sin ir a la plaza. Hoy, preferiría que me prohibiesen leer a que me prohibiesen la entrada a la plaza, cambiaría ver al Atleti bajar a segunda por ver a Ureña o a Pepe Moral salir por la Puerta Grande.

Hace unos días, bajando las escaleras de granito desde un tendido medio, recordé a mi abuelo frisando ya los sesenta, gordo y cojo, diciéndonos: "Agarraos al bastón que os perdéis. Y ahora vamos a merendar algo, que nos lo hemos ganado". Merendaríamos nosotros y él se atizaba su ginebra seca, sin tónica y sin hielo. A diferencia de otros aficionados, que echamos lo que queda del día discrepando sobre lo que acabamos de ver, matizándonos en un bucle interminable, él no hablaba de la corrida. Si el toro había pretendido saltar al callejón, si había tenido a su merced a un banderillero junto a las tablas, si había derribado un caballo, todo lo que a nosotros más nos alborozaba, le arrancaba todo lo más una risa. De lo demás, callaba. ¿En qué pensaba? 

martes, 5 de septiembre de 2017



Esa luz y ese perfil inconfundible de los Alpes a la altura de Montreux. Hoy he vuelto a soñar que estaba allí. Más bien, que nunca me había ido. Que seguía allí desde el último verano, alternando el trabajo de oficina con las excursiones de fin de semana.

Los primeros años que empecé a viajar al país apenas abandonaba Ginebra. Para una criatura de secano, una ciudad al borde de un lago en el que vierten dos ríos es una fuente segura de deslumbramiento. Mi relación con la ciudad, de la que tan mal me habían hablado, era de enamoramiento: todo en ella me hacía gracia. No ha cambiado mucho: entro siempre en el verano con mal pie, peleándome cada mañana con un sentimiento insuperable -e inexplicable- de tristeza, y en cuanto pongo el pie en ella empiezo a levantar el ánimo. Regreso poniéndome el mundo por montera, con fuerzas para acabar cualquier proyecto que se me haya resistido durante el año. 

miércoles, 15 de marzo de 2017

El mordisco



Caminan por el muelle hasta La Perle du Lac. Anda ella entretenida en el perfil de las montañas de la otra orilla. No le interesa mucho conversar ahora con ninguna de las cuatro personas que le acompañan, rezagadas unos pocos metros atrás. El misterio de esas montañas, que miran al lago mientras ella las mira, es mucho más inquietante que la conversación despreocupada de sus acompañantes. Pero al volver la vista hacia la espalda curva y ahora lila del Salève no puede evitar darse cuenta. ¿Qué hace V. mordiendo suavemente el hombro de una de las damas? Su primera reacción es de rabia: no quiere que ningún brazo le saque de donde está. Luego un cierto dolor doblega la ira y la convierte en desazón y misantropía. Si eso es lo que V. quiere, sea, qué puede hacer ella. ¿Debería reintegrarse en el grupo para recuperar su estatus de hembra alfa? ¿Acaso no sería precisamente esa reacción la que la destronaría? Y luego está la desgana de hacerlo. Así que sigue caminando y observando lo que le parece una transmisión de la luz del lago a las montañas, la luz que poco a poco se va desprendiendo del agua como un aura y dorando la falda sur de las montañas, el verde casi negro del lago abandonado poco a poco por la luz. Pero la imagen de ella, su gesto cómplice hacia V., se interpone. Están ya a la vista de La Perle du Lac, pero todo lo que quiere es desaparecer. Ahora querría desaparecer. En su última dignidad se figura elevándose y transfigurada en la luz que, la sigue viendo, corre a refugiarse en las montañas. 

sábado, 11 de marzo de 2017

La delgada línea (y 2)

Grammont y Dents du Midi desde la Tour de Peilz (Gustave Courbet)

Le cuesta mirar hacia ese día.

Salió a la terraza, pidió un chardonnay y enmudeció. Nunca había visto desde tierra un paisaje de esa belleza. El Grammont y los Dents du Midi estaban en la orilla contraria, tal y como los había pintado Courbet uno de los tres inviernos que pasó en la Tour, en el mismo cuadro que había visto hacía unos días en el Museo Rath. Pero ahora no hay nieve en las cumbres y en el cielo sólo dos cúmulos, distanciados el uno del otro, son centinelas inmóviles del tumulto de ahí abajo, el lago resplandeciente donde los niños juegan. Tan absorta está en observar cómo saltan desde la plataforma flotante, de cabeza, de espaldas, de bomba, cómo se aleja hacia Montreux un velero, cómo se acerca desde el desfiladero de Sion una avioneta, envuelta en el sonido del agua, las voces de los niños, el pío de unos pájaros desconocidos, que no ha tocado el vino. Cuando el camarero le entrega la carta el chardonnay es un caldo y faltan diez minutos para que cierre la cocina, le advierten. Durante toda la comida no sale del estado de hipnosis. Ni oye que su teléfono ha sonado; una, dos, tres veces.

Mediada la tarde baja al pueblo. Localiza la casa de Courbet. Hace un calor impropio del país. Buscando sombra se refugia en la iglesia. Un organista (en la tribuna) y un pianista (frente al altar) ensayan un concierto de Liszt. A la salida una vieja suiza le pregunta si viene de Bélgica. En cierto modo sí, responde. El sol sigue apretando. Aunque no ha traído traje de baño, localiza una pequeña cala de piedras al abrigo de miradas, aquello no es sitio para el nudismo, dobla la ropa sobre una roca y se da un breve chapuzón. Pero tiene prisa en volver al mirador del Bon Rivage, quiere ver cómo se pone el sol desde allí.

Esta vez pide un whisky y se sienta, aún mojada, a observar. No oye los mensajes que le llegan al teléfono. Charla un rato con una pareja de judíos parisinos (¿ella lo es?), sobre el miniatentado en un tren regional esa misma mañana, sobre la cantidad de judíos franceses que están haciendo aliá desde hace un par de años, sobre la posibilidad de que las cosas se nos compliquen en Europa. ¿Se marcharía usted si se torciesen?, le pregunta a él. No creo, dice, ya no tengo que llevar y recoger a mis hijos del colegio judío, y sólo voy a la sinagoga por los yamim noraim; pero quién sabe. ¿Se marcharía usted?, pregunta ahora él. Posiblemente sí, le responde, tal vez a Haifa. El teléfono vuelve a sonar, pero ahora están debatiendo las virtudes y los inconvenientes de vivir en TA o en Jerusalén. Miran hacia el Oeste, en dirección a Ginebra, donde el sol ya está cayendo. Aquí, sin embargo, siguen envueltos en este cristal azul. Acuerdan cenar juntos a las nueve.

Sube a la habitación a ducharse. El teléfono suena y lo oye. Cuando se está cambiando de ropa, responde a una de las llamadas. Lo siento, lo siento, llora desconsolada la voz al teléfono. ¿Qué pasa, qué te pasa? T. ha muerto. ¿Qué estás diciendo? ¿Pero qué coño estás diciendo? Dime qué has dicho. ¿Qué estás diciendo? Le tiembla el cuerpo. Baja a la recepción, liquida la factura, deja una nota a Guy C. disculpándose por no poder asistir a la cena, vuelve en el último tren a Ginebra, sigue temblando. Ha salido, de golpe, del cristal azul.


But I'm dying and done for
What on earth was all the fun for?
For God's sake keep that sunlight out of sight.

(John Betjeman)

viernes, 27 de enero de 2017

Onomástica



Querida T:

No había previsto que pudiera darme tantos dolores de cabeza.

Los cheyenne no siempre eran conocidos por un mismo nombre a lo largo de su vida. Podía rebautizarlos, por ejemplo, un hecho de armas, un incidente singular que quedase gravado en la memoria de la tribu o la muerte de un familiar de renombre, siempre que el neonato fuera merecedor de heredarlo. Los cheyenne no parecían tener problemas en admitir que si la vida podía cambiar a un hombre, el hombre podía cambiar de nombre. Algunos casos que nos afectan:

Uno de los jefes que lideró el último intento de los cheyenne de regresar a Montana fue conocido en su infancia como Dos Colas (Two Tails), pero en algún momento los suyos pasaron a llamarle Pequeño Coyote (Oh Kom Ha Ka). Su primer cruce con los blancos derivó en una mala traducción, que es la que tuvo mejor fortuna: Pequeño Lobo (Little Wolf).  

El sobrino de Pequeño Lobo fue de niño Árbol con Espinas (Thorny Tree), y en su adolescencia Pájaro Rojo (Red Bird). Un alarde de valor en una escaramuza con los shoshoni le permitió llevar el nombre en diminutivo de su tío: Pequeño Lobo el Joven (Young Little Wolf), o lo que un americano de hoy llamaría Pequeño Lobo Junior. Por alguna razón, en el registro de la reserva cheyenne de Montana figuraba, a su muerte, como Laban Little Wolf, añadiendo una capa más a su identidad. Este Pájaro Rojo, nacido hacia 1848, debe ser el que posó para el fotógrafo Curtis unos meses antes de su muerte, en 1927. 

No es, sin embargo, nuestro Pájaro Rojo, que en 1878 sólo tenía trece años. Nuestro Pájaro Rojo fue sobrino de Ojos Grandes (Great Eyes), hijo de Roble (Oak) el hijo de Roble; es decir, si esto sirve para aclarar algo, sobrino bisnieto del hacedor del escudo de esta historia, conocido entre los cheyennes como Ōŭmsh’.

Para terminar de complicar las cosas, un cheyenne era a menudo conocido, además de por el (mutante) nombre que le daba su pueblo, por el que le asignaban otras tribus con las que compartía territorio, partidas de caza, batallas y enemigos, y muy especialmente los sioux. El otro gran jefe que tuvieron los cheyenne en sus últimos meses de libertad, Cuchillo Desafilado (Dull Knife), fue conocido antes como Estrella de la Mañana (Morning Star), sin que ninguna de mis indagaciones haya logrado aclarar si el nombre con el que le conocían los soldados blancos se lo dio su cuñado, quien se burlaba de que nunca llevase consigo un cuchillo en condiciones, o los sioux tras un combate en que no logró penetrar la piel de búfalo de un escudo enemigo. Mano Mala (Bad Hand) alias Mano Tullida (Crippled Hand) alias Oso Alto (High Bear), otro de los escapados de Fort Robinson, era mejor conocido entre los soldados blancos por una traducción de su nombre lakota, Berrendo Blanco (White Antelope). Podría multiplicar los ejemplos.

En realidad, nada mejor que el propio término cheyenne para ilustrar el enredo. Los cheyenne no se llamaban a sí mismos así; se referían a ellos mismos como tsistsistas (los del mismo origen, los hombres, la tribu), de la misma manera que los shoshoni, los lakota, los kiowa o los arapahoes se decían a sí mismos simplemente numalakotakaigwu o inun-ina, es decir, pueblo, el pueblo. Pero a los cheyenne se les terminó conociendo por un vocablo sioux: shahiyena, “los que hablan en rojo” (es decir, los que hablan en lengua extranjera, como era para los sioux el idioma algonquino de los cheyenne), por oposición a skaeta (los que hablan en blanco, es decir, en alguna lengua inteligible como lo eran para los sioux las lenguas de raíz siuana). Posiblemente al contacto con los franceses, shahiyena derivó en cheyenne, lo que propició la tesis de que el término venía de chien y aludía a los famosos guerreros-perro. Parece que esta interpretación no es correcta pero sobre esto, como sobre muchas otras cosas que conciernen a los orígenes del habla y las costumbres de los indios de las grandes llanuras, no creo que se diga nunca la última palabra.

En definitiva, había que imponer algún orden. Y conservar los nombres de los cheyenne en su idioma original, la decisión que probablemente más te habría gustado, hubiera sembrado el texto de sílabas carentes de sentido para nosotros. Por no hablar de que los cheyenne jamás estandarizaron su grafía, ni existe criterio alguno que yo conozca para transliterarla a nuestro idioma, lo que nos metería en otro buen lío. Así pues, he decidido traducirlos al español a partir de su traducción en inglés, tal y como he hecho en esta nota, a sabiendas de que ésta no fue, como ocurrió con Pequeño Coyote, siempre fiel al sentido original en cheyenne (o, en su caso, en lakota).

Pero, para enderezar el fiel de la balanza, he utilizado también en su traducción al español los nombres con que los cheyennes conocían a los miembros de la otra tribu que nos ocupa, los blancos. De modo que, por poner un ejemplo, Ranald Mackenzie, el general que con su victoria sobre Cuchillo Desafilado contribuyó tan decisivamente a derrotar a los indios en la Guerra de las Colinas Negras y que había perdido en combate varios dedos de la mano derecha, aparecerá aquí como Mano Rota. Y a William Philo Clark, que dedicó seis de sus treinta y nueve años de vida a descifrar la lengua de signos que utilizaban los indios de las praderas precisamente para salvar diferencias como éstas, tampoco le llamaré por su nombre cristiano. Pues Pequeño Lobo, que le guió en ese aprendizaje, nunca se refirió a él sino por el atributo que le diferenciaba de otros oficiales el día en que se encontraron por primera vez: Sombrero Blanco.