miércoles, 15 de marzo de 2017

El mordisco



Caminan por el muelle hasta La Perle du Lac. Anda ella entretenida en el perfil de las montañas de la otra orilla. No le interesa mucho conversar ahora con ninguna de las cuatro personas que le acompañan, rezagadas unos pocos metros atrás. El misterio de esas montañas, que miran al lago mientras ella las mira, es mucho más inquietante que la conversación despreocupada de sus acompañantes. Pero al volver la vista hacia la espalda curva y ahora lila del Salève no puede evitar darse cuenta. ¿Qué hace V. mordiendo suavemente el hombro de una de las damas? Su primera reacción es de rabia: no quiere que ningún brazo le saque de donde está. Luego un cierto dolor doblega la ira y la convierte en desazón y misantropía. Si eso es lo que V. quiere, sea, qué puede hacer ella. ¿Debería reintegrarse en el grupo para recuperar su estatus de hembra alfa? ¿Acaso no sería precisamente esa reacción la que la destronaría? Y luego está la desgana de hacerlo. Así que sigue caminando y observando lo que le parece una transmisión de la luz del lago a las montañas, la luz que poco a poco se va desprendiendo del agua como un aura y dorando la falda sur de las montañas, el verde casi negro del lago abandonado poco a poco por la luz. Pero la imagen de ella, su gesto cómplice hacia V., se interpone. Están ya a la vista de La Perle du Lac, pero todo lo que quiere es desaparecer. Ahora querría desaparecer. En su última dignidad se figura elevándose y transfigurada en la luz que, la sigue viendo, corre a refugiarse en las montañas.