domingo, 1 de enero de 2017

Un musarnik




El tiempo está comprimido en esta familia extraña. Conocí a tres bisabuelos que murieron cuando entraba en la adolescencia. Cuando empecé la secundaria mis abuelos apenas habían superado la cincuentena. Mi madre me lleva diecinueve años y mi padre me llevaba veintitrés. Mi hermano tiene la misma edad que mi hijo pequeño. Mi hijo mayor tiene la misma edad que yo tenía cuando le concebí. Y ahora Elías, que aparece a una edad en la que algunas de las amigas de infancia están criando a muchachos de seis años. Tal vez esto explique por qué tengo esta impresión de llevar viviendo muchos años, de que la vida ha sido ya muy larga. 

En Tsemaj Atlas (un retrato del mundo desparecido de los shtetl de menor calidad literaria que los cuentos de Singer, pero verdadero y emocionante), uno de los personajes pregunta a un rabino por qué los jóvenes musarnikim salen en pleno verano abrigados de pies a cabeza con pieles, gorro, bufanda y botas para caminar por el barro. ¿Es acaso, pregunta el forastero, una costumbre religiosa? ¿No se avergüenzan de ser el hazmerreír de la aldea? Al contrario, responde el rab, lo hacemos para que los jóvenes aprendan a prescindir de las opiniones de los demás; digan lo que digan los otros, uno debe hacer lo que cree que debe de hacer. ¿Y qué debe hacer un musarnik?, pregunta el forastero. Te lo estoy diciendo, le contesta el rab en la novela de Chaim Grade: vivir como cree que debe vivir. 

Mi padre te lo hubiera contado de otra manera. Decía: "La libertad es fácil. Sólo consiste en aprender a decir no".

Vehatzlajá, Eliyahu. Quiera D'os darte una vida larga, enseñarte a decir no cuando otros dicen sí y elegir siempre la vida frente a la muerte.