viernes, 27 de enero de 2017

Onomástica



Querida T:

No había previsto que pudiera darme tantos dolores de cabeza.

Los cheyenne no siempre eran conocidos por un mismo nombre a lo largo de su vida. Podía rebautizarlos, por ejemplo, un hecho de armas, un incidente singular que quedase gravado en la memoria de la tribu o la muerte de un familiar de renombre, siempre que el neonato fuera merecedor de heredarlo. Los cheyenne no parecían tener problemas en admitir que si la vida podía cambiar a un hombre, el hombre podía cambiar de nombre. Algunos casos que nos afectan:

Uno de los jefes que lideró el último intento de los cheyenne de regresar a Montana fue conocido en su infancia como Dos Colas (Two Tails), pero en algún momento los suyos pasaron a llamarle Pequeño Coyote (Oh Kom Ha Ka). Su primer cruce con los blancos derivó en una mala traducción, que es la que tuvo mejor fortuna: Pequeño Lobo (Little Wolf).  

El sobrino de Pequeño Lobo fue de niño Árbol con Espinas (Thorny Tree), y en su adolescencia Pájaro Rojo (Red Bird). Un alarde de valor en una escaramuza con los shoshoni le permitió llevar el nombre en diminutivo de su tío: Pequeño Lobo el Joven (Young Little Wolf), o lo que un americano de hoy llamaría Pequeño Lobo Junior. Por alguna razón, en el registro de la reserva cheyenne de Montana figuraba, a su muerte, como Laban Little Wolf, añadiendo una capa más a su identidad. Este Pájaro Rojo, nacido hacia 1848, debe ser el que posó para el fotógrafo Curtis unos meses antes de su muerte, en 1927. 

No es, sin embargo, nuestro Pájaro Rojo, que en 1878 sólo tenía trece años. Nuestro Pájaro Rojo fue sobrino de Ojos Grandes (Great Eyes), hijo de Roble (Oak) el hijo de Roble; es decir, si esto sirve para aclarar algo, sobrino bisnieto del hacedor del escudo de esta historia, conocido entre los cheyennes como Ōŭmsh’.

Para terminar de complicar las cosas, un cheyenne era a menudo conocido, además de por el (mutante) nombre que le daba su pueblo, por el que le asignaban otras tribus con las que compartía territorio, partidas de caza, batallas y enemigos, y muy especialmente los sioux. El otro gran jefe que tuvieron los cheyenne en sus últimos meses de libertad, Cuchillo Desafilado (Dull Knife), fue conocido antes como Estrella de la Mañana (Morning Star), sin que ninguna de mis indagaciones haya logrado aclarar si el nombre con el que le conocían los soldados blancos se lo dio su cuñado, quien se burlaba de que nunca llevase consigo un cuchillo en condiciones, o los sioux tras un combate en que no logró penetrar la piel de búfalo de un escudo enemigo. Mano Mala (Bad Hand) alias Mano Tullida (Crippled Hand) alias Oso Alto (High Bear), otro de los escapados de Fort Robinson, era mejor conocido entre los soldados blancos por una traducción de su nombre lakota, Berrendo Blanco (White Antelope). Podría multiplicar los ejemplos.

En realidad, nada mejor que el propio término cheyenne para ilustrar el enredo. Los cheyenne no se llamaban a sí mismos así; se referían a ellos mismos como tsistsistas (los del mismo origen, los hombres, la tribu), de la misma manera que los shoshoni, los lakota, los kiowa o los arapahoes se decían a sí mismos simplemente numalakotakaigwu o inun-ina, es decir, pueblo, el pueblo. Pero a los cheyenne se les terminó conociendo por un vocablo sioux: shahiyena, “los que hablan en rojo” (es decir, los que hablan en lengua extranjera, como era para los sioux el idioma algonquino de los cheyenne), por oposición a skaeta (los que hablan en blanco, es decir, en alguna lengua inteligible como lo eran para los sioux las lenguas de raíz siuana). Posiblemente al contacto con los franceses, shahiyena derivó en cheyenne, lo que propició la tesis de que el término venía de chien y aludía a los famosos guerreros-perro. Parece que esta interpretación no es correcta pero sobre esto, como sobre muchas otras cosas que conciernen a los orígenes del habla y las costumbres de los indios de las grandes llanuras, no creo que se diga nunca la última palabra.

En definitiva, había que imponer algún orden. Y conservar los nombres de los cheyenne en su idioma original, la decisión que probablemente más te habría gustado, hubiera sembrado el texto de sílabas carentes de sentido para nosotros. Por no hablar de que los cheyenne jamás estandarizaron su grafía, ni existe criterio alguno que yo conozca para transliterarla a nuestro idioma, lo que nos metería en otro buen lío. Así pues, he decidido traducirlos al español a partir de su traducción en inglés, tal y como he hecho en esta nota, a sabiendas de que ésta no fue, como ocurrió con Pequeño Coyote, siempre fiel al sentido original en cheyenne (o, en su caso, en lakota).

Pero, para enderezar el fiel de la balanza, he utilizado también en su traducción al español los nombres con que los cheyennes conocían a los miembros de la otra tribu que nos ocupa, los blancos. De modo que, por poner un ejemplo, Ranald Mackenzie, el general que con su victoria sobre Cuchillo Desafilado contribuyó tan decisivamente a derrotar a los indios en la Guerra de las Colinas Negras y que había perdido en combate varios dedos de la mano derecha, aparecerá aquí como Mano Rota. Y a William Philo Clark, que dedicó seis de sus treinta y nueve años de vida a descifrar la lengua de signos que utilizaban los indios de las praderas precisamente para salvar diferencias como éstas, tampoco le llamaré por su nombre cristiano. Pues Pequeño Lobo, que le guió en ese aprendizaje, nunca se refirió a él sino por el atributo que le diferenciaba de otros oficiales el día en que se encontraron por primera vez: Sombrero Blanco.