miércoles, 15 de marzo de 2017

El mordisco



Caminan por el muelle hasta La Perle du Lac. Anda ella entretenida en el perfil de las montañas de la otra orilla. No le interesa mucho conversar ahora con ninguna de las cuatro personas que le acompañan, rezagadas unos pocos metros atrás. El misterio de esas montañas, que miran al lago mientras ella las mira, es mucho más inquietante que la conversación despreocupada de sus acompañantes. Pero al volver la vista hacia la espalda curva y ahora lila del Salève no puede evitar darse cuenta. ¿Qué hace V. mordiendo suavemente el hombro de una de las damas? Su primera reacción es de rabia: no quiere que ningún brazo le saque de donde está. Luego un cierto dolor doblega la ira y la convierte en desazón y misantropía. Si eso es lo que V. quiere, sea, qué puede hacer ella. ¿Debería reintegrarse en el grupo para recuperar su estatus de hembra alfa? ¿Acaso no sería precisamente esa reacción la que la destronaría? Y luego está la desgana de hacerlo. Así que sigue caminando y observando lo que le parece una transmisión de la luz del lago a las montañas, la luz que poco a poco se va desprendiendo del agua como un aura y dorando la falda sur de las montañas, el verde casi negro del lago abandonado poco a poco por la luz. Pero la imagen de ella, su gesto cómplice hacia V., se interpone. Están ya a la vista de La Perle du Lac, pero todo lo que quiere es desaparecer. Ahora querría desaparecer. En su última dignidad se figura elevándose y transfigurada en la luz que, la sigue viendo, corre a refugiarse en las montañas. 

sábado, 11 de marzo de 2017

La delgada línea (y 2)

Grammont y Dents du Midi desde la Tour de Peilz (Gustave Courbet)

Le cuesta mirar hacia ese día.

Salió a la terraza, pidió un chardonnay y enmudeció. Nunca había visto desde tierra un paisaje de esa belleza. El Grammont y los Dents du Midi estaban en la orilla contraria, tal y como los había pintado Courbet uno de los tres inviernos que pasó en la Tour, en el mismo cuadro que había visto hacía unos días en el Museo Rath. Pero ahora no hay nieve en las cumbres y en el cielo sólo dos cúmulos, distanciados el uno del otro, son centinelas inmóviles del tumulto de ahí abajo, el lago resplandeciente donde los niños juegan. Tan absorta está en observar cómo saltan desde la plataforma flotante, de cabeza, de espaldas, de bomba, cómo se aleja hacia Montreux un velero, cómo se acerca desde el desfiladero de Sion una avioneta, envuelta en el sonido del agua, las voces de los niños, el pío de unos pájaros desconocidos, que no ha tocado el vino. Cuando el camarero le entrega la carta el chardonnay es un caldo y faltan diez minutos para que cierre la cocina, le advierten. Durante toda la comida no sale del estado de hipnosis. Ni oye que su teléfono ha sonado; una, dos, tres veces.

Mediada la tarde baja al pueblo. Localiza la casa de Courbet. Hace un calor impropio del país. Buscando sombra se refugia en la iglesia. Un organista (en la tribuna) y un pianista (frente al altar) ensayan un concierto de Liszt. A la salida una vieja suiza le pregunta si viene de Bélgica. En cierto modo sí, responde. El sol sigue apretando. Aunque no ha traído traje de baño, localiza una pequeña cala de piedras al abrigo de miradas, aquello no es sitio para el nudismo, dobla la ropa sobre una roca y se da un breve chapuzón. Pero tiene prisa en volver al mirador del Bon Rivage, quiere ver cómo se pone el sol desde allí.

Esta vez pide un whisky y se sienta, aún mojada, a observar. No oye los mensajes que le llegan al teléfono. Charla un rato con una pareja de judíos parisinos (¿ella lo es?), sobre el miniatentado en un tren regional esa misma mañana, sobre la cantidad de judíos franceses que están haciendo aliá desde hace un par de años, sobre la posibilidad de que las cosas se nos compliquen en Europa. ¿Se marcharía usted si se torciesen?, le pregunta a él. No creo, dice, ya no tengo que llevar y recoger a mis hijos del colegio judío, y sólo voy a la sinagoga por los yamim noraim; pero quién sabe. ¿Se marcharía usted?, pregunta ahora él. Posiblemente sí, le responde, tal vez a Haifa. El teléfono vuelve a sonar, pero ahora están debatiendo las virtudes y los inconvenientes de vivir en TA o en Jerusalén. Miran hacia el Oeste, en dirección a Ginebra, donde el sol ya está cayendo. Aquí, sin embargo, siguen envueltos en este cristal azul. Acuerdan cenar juntos a las nueve.

Sube a la habitación a ducharse. El teléfono suena y lo oye. Cuando se está cambiando de ropa, responde a una de las llamadas. Lo siento, lo siento, llora desconsolada la voz al teléfono. ¿Qué pasa, qué te pasa? T. ha muerto. ¿Qué estás diciendo? ¿Pero qué coño estás diciendo? Dime qué has dicho. ¿Qué estás diciendo? Le tiembla el cuerpo. Baja a la recepción, liquida la factura, deja una nota a Guy C. disculpándose por no poder asistir a la cena, vuelve en el último tren a Ginebra, sigue temblando. Ha salido, de golpe, del cristal azul.


But I'm dying and done for
What on earth was all the fun for?
For God's sake keep that sunlight out of sight.

(John Betjeman)

viernes, 27 de enero de 2017

Onomástica



Querida T:

No había previsto que pudiera darme tantos dolores de cabeza.

Los cheyenne no siempre eran conocidos por un mismo nombre a lo largo de su vida. Podía rebautizarlos, por ejemplo, un hecho de armas, un incidente singular que quedase gravado en la memoria de la tribu o la muerte de un familiar de renombre, siempre que el neonato fuera merecedor de heredarlo. Los cheyenne no parecían tener problemas en admitir que si la vida podía cambiar a un hombre, el hombre podía cambiar de nombre. Algunos casos que nos afectan:

Uno de los jefes que lideró el último intento de los cheyenne de regresar a Montana fue conocido en su infancia como Dos Colas (Two Tails), pero en algún momento los suyos pasaron a llamarle Pequeño Coyote (Oh Kom Ha Ka). Su primer cruce con los blancos derivó en una mala traducción, que es la que tuvo mejor fortuna: Pequeño Lobo (Little Wolf).  

El sobrino de Pequeño Lobo fue de niño Árbol con Espinas (Thorny Tree), y en su adolescencia Pájaro Rojo (Red Bird). Un alarde de valor en una escaramuza con los shoshoni le permitió llevar el nombre en diminutivo de su tío: Pequeño Lobo el Joven (Young Little Wolf), o lo que un americano de hoy llamaría Pequeño Lobo Junior. Por alguna razón, en el registro de la reserva cheyenne de Montana figuraba, a su muerte, como Laban Little Wolf, añadiendo una capa más a su identidad. Este Pájaro Rojo, nacido hacia 1848, debe ser el que posó para el fotógrafo Curtis unos meses antes de su muerte, en 1927. 

No es, sin embargo, nuestro Pájaro Rojo, que en 1878 sólo tenía trece años. Nuestro Pájaro Rojo fue sobrino de Ojos Grandes (Great Eyes), hijo de Roble (Oak) el hijo de Roble; es decir, si esto sirve para aclarar algo, sobrino bisnieto del hacedor del escudo de esta historia, conocido entre los cheyennes como Ōŭmsh’.

Para terminar de complicar las cosas, un cheyenne era a menudo conocido, además de por el (mutante) nombre que le daba su pueblo, por el que le asignaban otras tribus con las que compartía territorio, partidas de caza, batallas y enemigos, y muy especialmente los sioux. El otro gran jefe que tuvieron los cheyenne en sus últimos meses de libertad, Cuchillo Desafilado (Dull Knife), fue conocido antes como Estrella de la Mañana (Morning Star), sin que ninguna de mis indagaciones haya logrado aclarar si el nombre con el que le conocían los soldados blancos se lo dio su cuñado, quien se burlaba de que nunca llevase consigo un cuchillo en condiciones, o los sioux tras un combate en que no logró penetrar la piel de búfalo de un escudo enemigo. Mano Mala (Bad Hand) alias Mano Tullida (Crippled Hand) alias Oso Alto (High Bear), otro de los escapados de Fort Robinson, era mejor conocido entre los soldados blancos por una traducción de su nombre lakota, Berrendo Blanco (White Antelope). Podría multiplicar los ejemplos.

En realidad, nada mejor que el propio término cheyenne para ilustrar el enredo. Los cheyenne no se llamaban a sí mismos así; se referían a ellos mismos como tsistsistas (los del mismo origen, los hombres, la tribu), de la misma manera que los shoshoni, los lakota, los kiowa o los arapahoes se decían a sí mismos simplemente numalakotakaigwu o inun-ina, es decir, pueblo, el pueblo. Pero a los cheyenne se les terminó conociendo por un vocablo sioux: shahiyena, “los que hablan en rojo” (es decir, los que hablan en lengua extranjera, como era para los sioux el idioma algonquino de los cheyenne), por oposición a skaeta (los que hablan en blanco, es decir, en alguna lengua inteligible como lo eran para los sioux las lenguas de raíz siuana). Posiblemente al contacto con los franceses, shahiyena derivó en cheyenne, lo que propició la tesis de que el término venía de chien y aludía a los famosos guerreros-perro. Parece que esta interpretación no es correcta pero sobre esto, como sobre muchas otras cosas que conciernen a los orígenes del habla y las costumbres de los indios de las grandes llanuras, no creo que se diga nunca la última palabra.

En definitiva, había que imponer algún orden. Y conservar los nombres de los cheyenne en su idioma original, la decisión que probablemente más te habría gustado, hubiera sembrado el texto de sílabas carentes de sentido para nosotros. Por no hablar de que los cheyenne jamás estandarizaron su grafía, ni existe criterio alguno que yo conozca para transliterarla a nuestro idioma, lo que nos metería en otro buen lío. Así pues, he decidido traducirlos al español a partir de su traducción en inglés, tal y como he hecho en esta nota, a sabiendas de que ésta no fue, como ocurrió con Pequeño Coyote, siempre fiel al sentido original en cheyenne (o, en su caso, en lakota).

Pero, para enderezar el fiel de la balanza, he utilizado también en su traducción al español los nombres con que los cheyennes conocían a los miembros de la otra tribu que nos ocupa, los blancos. De modo que, por poner un ejemplo, Ranald Mackenzie, el general que con su victoria sobre Cuchillo Desafilado contribuyó tan decisivamente a derrotar a los indios en la Guerra de las Colinas Negras y que había perdido en combate varios dedos de la mano derecha, aparecerá aquí como Mano Rota. Y a William Philo Clark, que dedicó seis de sus treinta y nueve años de vida a descifrar la lengua de signos que utilizaban los indios de las praderas precisamente para salvar diferencias como éstas, tampoco le llamaré por su nombre cristiano. Pues Pequeño Lobo, que le guió en ese aprendizaje, nunca se refirió a él sino por el atributo que le diferenciaba de otros oficiales el día en que se encontraron por primera vez: Sombrero Blanco.

domingo, 1 de enero de 2017

Un musarnik




El tiempo está comprimido en esta familia extraña. Conocí a tres bisabuelos que murieron cuando entraba en la adolescencia. Cuando empecé la secundaria mis abuelos apenas habían superado la cincuentena. Mi madre me lleva diecinueve años y mi padre me llevaba veintitrés. Mi hermano tiene la misma edad que mi hijo pequeño. Mi hijo mayor tiene la misma edad que yo tenía cuando le concebí. Y ahora Elías, que aparece a una edad en la que algunas de las amigas de infancia están criando a muchachos de seis años. Tal vez esto explique por qué tengo esta impresión de llevar viviendo muchos años, de que la vida ha sido ya muy larga. 

En Tsemaj Atlas (un retrato del mundo desparecido de los shtetl de menor calidad literaria que los cuentos de Singer, pero verdadero y emocionante), uno de los personajes pregunta a un rabino por qué los jóvenes musarnikim salen en pleno verano abrigados de pies a cabeza con pieles, gorro, bufanda y botas para caminar por el barro. ¿Es acaso, pregunta el forastero, una costumbre religiosa? ¿No se avergüenzan de ser el hazmerreír de la aldea? Al contrario, responde el rab, lo hacemos para que los jóvenes aprendan a prescindir de las opiniones de los demás; digan lo que digan los otros, uno debe hacer lo que cree que debe de hacer. ¿Y qué debe hacer un musarnik?, pregunta el forastero. Te lo estoy diciendo, le contesta el rab en la novela de Chaim Grade: vivir como cree que debe vivir. 

Mi padre te lo hubiera contado de otra manera. Decía: "La libertad es fácil. Sólo consiste en aprender a decir no".

Vehatzlajá, Eliyahu. Quiera D'os darte una vida larga, enseñarte a decir no cuando otros dicen sí y elegir siempre la vida frente a la muerte.