sábado, 26 de noviembre de 2016

La delgada línea (1)

Desde la Tour de Peilz, 13/08/2016, 18:03
 
 
Por primera vez tiene cuerpo de volver sobre la media docena de fotos tomadas entre el 13 y el 14.
 
Le había costado mucho decidirse a hacer ese viaje. Esa mañana temprano, desde la almohada, mirando sin interés a los vecinos del patio de luces pasar de unas habitaciones a otras, pensó que era un buen día para encamarse con la trilogía de Eisner que había encontrado husmeando en las estanterías del piso alquilado. No salir de allí, no exponerse a nada. Pero conocía su cabeza; cuanto más tratara de protegerse, más frágil sería.
 
El trayecto lo hace en un estado de afasia cerebral. No quiere mirar hacia dentro, pero tampoco presta atención a los objetos que corren al paso del tren, que sólo capta como palabras que planearan al azar: castaños, viña, iglesia, lago, velero, cirros. Una hora después, toma en la estación de Vevey un taxi que le lleva hasta el Bon Rivage. No ha reservado, es agosto, 13 de agosto, sólo les queda una suite a un precio desorbitado. Les entrega el pasaporte y le acompañan hasta ella. Cuando la muchacha portuguesa le está abriendo la puerta, sale de la habitación contigua un sacerdote católico. Ahí empieza a despertar de la afasia. ¿Con quién la comparte?
 
Tenía, claro, algún plan, mínimamente definido. Localizar la casa donde murió Courbet, ver cómo era la costa a la altura de la Tour de Peilz, frente a la desembocadura del Ródano en el lago. Unas horas antes de morir, totalmente derrotado por la hidropesía, Courbet había suplicado que le dejasen bañarse en él. El viejo animal estaba convencido de que una simple inmersión bastaría para que todo su organismo se purificase. Y acabar cuando se echara la noche los cuentos de Lamborghini ("cuidado con escribir después de Lamborghini"). Pero había pasado el mediodía, tenía que almorzar si no quería seguir con el estómago vacío hasta la cena. Y en el momento en que se sentó en la terraza del restaurante del Bon Rivage, todo el plan se desbarató.