miércoles, 11 de mayo de 2016

Ain't she sweet



Foto: Maggie Bruce
 
Todos los sábados, cuando era obligado estar en casa porque llovía, o porque era aún demasiado temprano o ya demasiado tarde para salir, o bien porque habíamos quedado exhaustos después dejar a nuestros soldados bombardearse y descuartizarse durante cuatro horas ininterrumpidas, organizábamos carreras de caracoles. ¿Para qué lo haríamos? Colocábamos en línea de salida, una muesca en el parquet, a los tres caracoles (habíamos llegado a tener once, pero unos murieron y otros, sospecho, los pudo intercambiar C. por alguna bagatela) y un par de metros más allá nos tumbábamos nosotros, blandiendo cada vez más frenéticamente una hoja de lechuga o de espinaca. Los animales no se movían, o si lo hacían se limitaban a girar lentamente el cuello para mirarse los unos a los otros, o a mecer los tentáculos hacia adelante y hacia atrás. Cada muerte de obispo, uno de ellos avanzaba tal vez media cuadrícula, no necesariamente en nuestra dirección. A pesar de ello, tal vez por el cansancio de la batalla, podíamos mantenernos en esa postura hasta la hora de la cena, turnándonos cada dos minutos para devolver el brazo del tocadiscos a nuestra pista favorita, de modo que cuando aceptábamos el fracaso y nos incorporábamos los ojos tardaban un rato en borrar el campo de estrías casi naranja en que habían estado fijos tanto tiempo. 
Despertó y no reconoció la habitación. En busca de signos familiares, descartó el papel de las paredes, una marina oriental que resultó ser el puerto de San Jorge, una silla de plástico solitaria junto a una puerta y una bolsa de suero colgada de un gancho. Por la ventana sólo se veía cielo. Entonces sus ojos buscaron el suelo, reconocieron en él el mismo estriado, y se nublaron un instante al recordar los días interminables y el juego. Quizá, pensó, si les hubiéramos ofrecido manzana. Su cuerpo no había expulsado la anestesia y volvió a fundirse en sueño.