martes, 1 de diciembre de 2015

Lej lejá

Foto: Diane Arbus


La culpa por los amigos muertos anda agazapada, y salta a los tobillos cuando menos la esperamos. Fue el encuentro casual con F., su hermano pequeño, lo que desató el huracán. Mi inconsciente trató de protegerse en forma de oleadas de ira que fui repartiendo a cualquiera que se cruzara en el camino. La culpa disfrazada.

Le cuento a F. todos los detalles que me pregunta sobre el hermano, omitiendo sólo algunos que siguen perteneciendo a nuestra intimidad, aunque G. no pueda ya ni compartirla ni ocultarla. Quiere F. una respuesta: ¿por qué se autodestruyó quien lo tenía todo, inteligencia, carisma, belleza, bondad, un enorme talento musical y unos amigos que hubiéramos matado por él?

Creo que porque, a pesar de todo, de su inestabilidad, sus adicciones, su vida noctámbula, su paso por la cárcel, no supo librarse de las ataduras. Se iba sin marcharse. Abandonaba las relaciones que le emponzoñaban sin atreverse realmente a romperlas. Par délicatesse j'ai perdu ma vie. Esta delicadeza define a G. por encima de todo su carácter sólo aparentemente tempestuoso, atolondrado, desnortado.

Pero no es esto lo que le digo a F., porque esa delicadeza de mi amigo también le comprendía a él, que entonces era apenas un adolescente. Y si G. levantó entonces una empalizada a su alrededor y se negó a abandonarla, quién soy yo para derribarla.   

Culpa por no haberle animado a soltar amarras, a buscarse: לֶךְ-לְךָ. Hace cuatro semanas comentábamos una de las parashot más fecundas de la Torá. Cada parashá se conoce por las primeras palabras que encabezan el texto. Con esa orden en dos palabras comienza el fragmento en que D'os pide a Abram (que aún no es Abraham) que abandone Ur. Pero como Él es así, y no siempre gusta de hablar claro, en un extraño giro del hebreo le dice: Lej lejá. Vete, vete para ti.