sábado, 7 de noviembre de 2015

Yo no lo haría

 
 
Se conoce entre los pilotos como el giro imposible y, sin embargo, cuántos pilotos se han matado intentándolo.
 
Terminamos de revisar el aparato, completamos el chequeo prevuelo (incluida la prueba de motores), iniciamos la carrera de despegue y, ya en el aire, con el morro aún apuntando hacia las nubes y a una velocidad no muy superior a la velocidad de entrada en pérdida, se hace el silencio. Sólo escuchamos el viento colándose en la carlinga. El morro se estabiliza, luego se inclina hacia tierra y el avión comienza a desplomarse. Al desconcierto inicial sucede el miedo, y al miedo un deseo irrefrenable de tirar hacia atrás del bastón de mando. Si conseguimos mantenerlo a raya, empujaremos el mando hacia adelante y forzaremos una inclinación aún mayor del morro para mantener cierta sustentación y ganar unos segundos que serán vitales para tomar la segunda decisión. La segunda decisión consiste también en una negación de lo que nos mandan las tripas: no, no hay tiempo para girar y regresar a la pista. ¿O sí?
 
Deshagámonos de dos factores incómodos, el tiempo de reacción ante el desastre y la posibilidad de que haya algún otro avión en plena maniobra de despegue por detrás de nosotros, e imaginemos el escenario: si no perdimos los estribos, estamos ahora con el morro inclinado hacia abajo y descendiendo a una velocidad ligeramente superior a la de entrada en pérdida, a unos 1.000 pies por minuto. Así que si el motor falló cuando estábamos, pongamos, a 500 pies, tenemos exactamente 30 segundos por delante para hacer la maniobra. Para reducir la probabilidad de entrar definitivamente en pérdida, tendríamos que hacer seis giros suaves de 30º antes de encarar la pista. Treinta segundos bastarían en principio para hacer ese giro de 180º, pero hay un pequeño inconveniente: cuando terminamos de hacerlo no estamos alineados con la pista, sino volando a alguna distancia en paralelo a ella; es decir, aún nos queda por virar otros 30º: y el cronómetro ya ha consumido los 30 segundos.
 
Así que rebobinemos: a 500 pies, la única posibilidad de regresar a pista pasa por hacer giros más pronunciados, de unos 45º. Ese ángulo nos permite completar el giro en cuatro maniobras y unos 15 segundos, y nos sitúa mucho más cerca de la pista; bastará una última inclinación de 10º para encararla. El problema es que nos obliga a inclinar aún más el morro hacia tierra para compensar la mayor pérdida de sustentación. No sé cuántos pilotos conservarían la sangre fría cayendo en barrena y viendo la tierra girar enloquecida unos cuantos metros por debajo de ellos. Las estadísticas sobre el número de ellos que han logrado sobrevivir a la maniobra sugieren que muy pocos. 
 
Ciento y pico metros sobre el terreno no es el lugar más apropiado para debatir contigo mismo sobre estrategias. Es mejor que hayas tomado ya una decisión sobre cómo reaccionarás. ¿Te la jugarás?
 
Para resolver el dilema, haz una prueba real: asciende a la velocidad y con el ángulo al que lo harías si acabases de abandonar la pista, y cuando estés a 3.500 pies cierra de golpe los gases. Si te crees Guillaumet, cuenta lentamente hasta cuatro, el tiempo de escuchar el viento en la carlinga. Empuja firmemente los mandos para inclinar el morro hacia abajo, haz cuatro giros de 45º y una última corrección para alinearte con la pista. Ahora reconoce que no eres Guillaumet y añade a la pérdida de altitud experimentada al menos un 15% más: 4 segundos es un tiempo de reacción demasiado optimista para un piloto al que el fallo pilla desprevenido y además, recuerda, no contamos con la ventaja de un motor al ralentí: simplemente, no tenemos motor. Tutto sommato, será un milagro que al acabar la maniobra no hayamos perdido al menos 800 metros de altitud. Piensa en 1.000 metros y estarás más cerca de la realidad. ¿Te la juegas? Yo no lo haría. 
 
Los fallos de motor no son comunes, pero cuando ocurren (ocurren) es mejor que tengas ya decidido lo que harás. Mi consejo: después del chequeo y antes de despegar, pronuncia claramente cuál es tu línea roja y durante el ascenso mantente pendiente hasta que la alcances. La mía son 1.000 pies: por debajo de esa altitud, el giro imposible está descartado de antemano. Forzaré el morro hacia abajo, buscaré en un arco de 50-70º el sitio menos malo para aterrizar y tiraré ligeramente del bastón de mando para mitigar el golpe. Tendré más posibilidades de salir del aparato magullado, pero vivo, que si me empeño en imitar las proezas de un Hawker Hurricane a manos de un piloto tan joven que aún no puede anticipar lo barata que se vende la vida.