sábado, 26 de septiembre de 2015

Rumbo desconocido


Foto: Pentti Sammallahti


Cómo habíamos llegado hasta aquel hostal es cosa que ya no recuerdo, como no recuerdo ni su cara ni su nombre ni el nombre por el que me conocía. En cambio, se han resguardado en la memoria el cuarto que miraba a un patio de sombras, el pequeño lavabo junto a la puerta, el espejo oval, el rayo que lo quebraba, la moqueta salpicada de cercos, el olor a sardinas y huevo duro, serpenteando por entre otros más hostiles, unos Evangelios sobre la mesa de noche, y junto a los Evangelios un abejorro, un macho muerto sin duda hace días con la llegada del otoño. Que la memoria sea varadero de esos cabos ornamentales, apuntes periféricos de lo que en esos días sí importaba. Como un diario de viaje en que no quedase constancia del destino, sino de la velocidad de unos cirros, una cuerda de olmos emergiendo de la niebla junto a un río, unos ladridos y, a la noche, la lenta marcha de los ejércitos estelares sobre el rumbo desconocido.    
  

sábado, 19 de septiembre de 2015

Vagaban errantes

Foto: Don McCullin
 
 
Mientras esto sucedía, ya se había mandado por delante la caballería a Alba para que trasladase la población a Roma. Después, se envió a las legiones para que destruyesen la ciudad. Una vez que éstas franquearon las puertas, no se produjo realmente el tumulto y el terror que suele acompañar a la toma de ciudades cuando, rotas las puertas y abiertas brechas en la muralla con el ariete o tomada violentamente la ciudadela, el griterío de los enemigos y las carreras de los armados a través de la ciudad se entremezclan con la espada y el fuego. Por el contrario, un silencio triste y una callada tristeza paralizó el espíritu de todos de modo que, olvidándose por el miedo de lo que dejar o de lo que llevar consigo, y preguntándose unos a otros, permanecían a veces en pie a la puerta de sus casas o vagaban errantes por sus casas con el deseo de verlas por última vez.

domingo, 6 de septiembre de 2015

El camino que lleva hasta Endor y otras notas veraniegas


Notas veraniegas: 

Subida con H. al Salève. Un día cálido, limpio. Hemos podido ver desde lo alto la frontera entre el pequeño lago y el lago grande, y el Arve serpenteando en el valle en búsqueda del Ródano. Saco una única foto (supra). 

Chez Rosa: Epicerie. Tabacs. Boissons. Lo que no precisa el cartel es que a partir de cierta hora, cuando los últimos clientes formales se han retirado, también bailamos salsa y merengue, a las órdenes del maestro Douglas. Algunos discípulos tenemos algún talento, advierte, pero somos díscolos.

Gran sinagoga. Entre salmo y salmo se oyen ahí fuera los fuegos artificiales de las fiestas de la ciudad. El pan de la libertad es ácimo.

En busca del Landolt, en Plainpalais, el café donde Lenin tuvo mesa reservada durante siete años de exilio ginebrino. Nadie me sabe confirmar si fue también en él donde se compuso La Internacional. La mesa, me cuentan, se conservó durante mucho tiempo. Algunas personas venidas de lejos visitaban el café para verla. Luego alguien la vendió. No se sabe a quién. Qué más da: Landolt ya no existe. 

Livni, la cachorra de pastor suizo, me mira a los ojos cuando le hablo, con un aplomo y un desparpajo de perro adulto. Pero cuando llega la noche tengo que dejar colgar mi mano desde la cama para que me huela, o no dejará de llorar hasta el alba y me echarán de aquí.

Pensábamos que era ya Veyrier. Dígame, pregunto al único cliente del Café de l'Union, ¿cómo es posible que un pueblo con tan pocos habitantes tenga dos iglesias? ¿Dos? Sí, la que he visto esta mañana y esta otra que acabamos de dejar atrás. Madame, ¿en qué pueblo se cree que está? ¿Veyrier? ¡Ah, no, eso es Suiza, esto es Monnetier! Así que estábamos en la Alta Saboya, territorio maquis donde hasta los curas católicos colaboraban con la resistencia y ayudaban a pasar la frontera a judíos y comunistas, y aún nos quedaba una hora de descenso hasta la falda.

Cuando Douglas se cansa de enderezarnos, Brel. Douglas, Nicholas y yo cantamos una y otra, y otra, y otra más, hasta que la concurrencia se aleja de nosotros, aburrida. Y de postre, la voz ronca y la cabeza ya en brumas, ¡Vesoul, morceau de bravoure! - para comprobar que cada uno recuerda en distinto orden Vierzon, Paris, Anvers, Hambourg, Dutronc, Byzance, Pigalle, y que prácticamente sólo somos fieles a ese estribillo que, sospecho, todos nos imaginamos espetando a nuestro Marcel de turno cuando se emperra en imponernos su santa voluntad.      


***

No todo iba a ser jolgorio, claro, y algunas noches desciendo hasta Endor y hablo con los muertos.


Ay, el camino que lleva hasta Endor es el más antiguo
- y el más enloquecedor.
Conduce directamente a la morada de la Bruja,
como en tiempos de Saúl,
y lleva como entonces para quienes lo transitan
la misma carga de dolor.

[La última estrofa original de Kipling, a quien espero haber sido más fiel que a Vesoul: 

Oh the road to En-dor is the oldest road
And the craziest road of all!
Straight it runs to the Witch’s abode,
As it did in the days of Saul,
And nothing has changed of the sorrow in store
For such as go down on the road to En-dor!]