sábado, 4 de abril de 2015

Ni un grano de sal



"Querido L.:

(...) Las ideologías políticas, cuando triunfan, lo hacen porque proporcionan a masas importantes de la población una cosmovisión que viene a remediar las lagunas de su desatendida formación. En términos generales es cierto, pero hay un par de cosas que complican el panorama, pues nadie se conformaría con una construcción en la que sus reivindicaciones, que responden a necesidades y anhelos reales, no resultaran justificadas y entronizadas. Lo que introduce en la ecuación un factor que ya no se explica en el mero terreno de las ideas y el lenguaje. Y luego está la pregunta que nos hacemos una y otra vez cuando presenciamos la rendición de la razón ante unas fórmulas: cómo es posible que personas leídas y reflexivas desfallezcan de ese modo en sus garras, se conviertan en fanáticos (fanum: santuario, ermita, templo; el fanático está poseído por una certidumbre religiosa), cautivadas por un lenguaje cuyos arcanos se supone que conocían. Este último argumento esconde una trampa.
Conocemos sobradamente muchos casos de ese abandono de la claridad del pensamiento por las penumbras de la ideología, que es más bien una mística que un sistema. Martin Heidegger y Louis Aragon, por todos. Pero no terminamos de entenderlos, porque seguimos pensando (ésta es la trampa) que los intestinos del filósofo, el intelectual o el artista no están hechos para digerir piedras. Y sin embargo, fíjate, son ellos los responsables últimos de crear el lenguaje idiosincrásico en que se expresa toda ideología (el lenguaje que piensa por los hombres), de renovar el sentido de las palabras que en un tiempo significaron otra cosa, quienes las dotaron de un narcotizante olor a sangre y las pusieron al servicio de un amasijo de vísceras.
 
Me echas en cara mi decisión de no votar (de nuevo) en unas elecciones que dices son fundamentales para el rumbo “del país”. Pero entre los programas que podrían seducirme leo los escombros de algunas de esas ideologías que triunfaron. Y no querría haber aportado a ese guiso ni un grano de sal.
 
Quizá te sorprenda si te digo que la decisión, más o menos fundamentada en estas razones, la tomé allí arriba, camino al aeródromo de la Axarquía. Por encima de las nubes da mucho tiempo a pensar y todas las construcciones humanas parecen aún más miserables de lo que son".