miércoles, 7 de enero de 2015

Tres canicas, un bolón



 
Yo no había salido hasta entonces del barrio de los Cuatro Caminos, y aun de un perímetro muy singular definido al norte por la calle de Francos Rodríguez, al sur por la calle del General Perón, al oeste por la Glorieta y al este por los baños públicos de Tetuán. Pero cuando la familia dolorosamente se amplió con la llegada de mi hermana, mis padres alquilaron un piso en la que debió ser una de las primeras urbanizaciones para clase media de la ciudad que llevaba el pomposo nombre de Ciudad de los Periodistas.
 
Aquello era otra cosa. Quiero decir otra galaxia, como lo es el Japón o Andrómeda. Allí había maravillas que un niño de mi generación y extracción ni siquiera sabía que existieran. Allí la puerta doble de cristal se abría y cerraba al pisar la cubierta de entrada tantas veces en la tarde como te lo permitieran los nervios del portero. Allí había matas cuidadosamente alineadas en torno a la entrada del garaje (¡garaje!), alimentadas por un sistema de riego por goteo (g-o-t-e-o). Allí vivir en un quinto era vivir, como quien dice, en el rez-de-chaussée, y una de las primeras cosas que nos preguntábamos los niños recién llegados de los barrios del centro era cuál era la altura de nuestra casa, que considerábamos aproximadamente indicativa del estatus social de los nuestros.
 
En realidad, los últimos pisos eran los más baratos, lo que se comprende a la vista de la frecuencia con que los Boetticher y Navarro se obstinaban en detenerse indefinidamente a mitad de trayecto, cuando no en arder en llamas, y mis padres alquilaron uno en la planta 17ª y última desde donde se podía ver toda la chabolería vertical del barrio del Pilar extendiéndose hacia la Dehesa de la Villa. Años después, un Urtain alcoholizado y en bancarrota se tiró por una ventana del mismo edificio, aunque algo más cerca del suelo. Sus finanzas, con hallarse en la ruina, estaban exactamente siete plantas más saneadas que las de mis padres.
 
En aquella docena de manzanas no había cerilleras, carboneros, repartidores de leche a domicilio ni afiladores. Los camiones de la basura pasarían, sí, pero no nos despertaban de madrugada como lo hacían los que atravesaban las estrechas calles del barrio con estruendo de frenos y engranajes y regalando a su paso los hedores acumulados en la tolva. Los barrios de los gitanos y los chamarileros quedaban cerca, pero no resultaban de tránsito obligado. Tampoco había quebradas ni descampados (a excepción de la gran vaguada que se convertiría luego en centro comercial), sino un pavimento gris uniforme que no dejaba crecer una mala yerba ni trazar pistas para las chapas ni excavar un gua. Ni sacos terreros ni bocas de riego con los que improvisar la portería.
 
Y sin embargo,los juegos que practicaba con los nuevos conocidos se regían por el mismo código de honor cuatrocaminero, un código en el que determinadas fórmulas, “te la llevas”, “por mí y por todos mis compañeros”, “campo libre, pista libre”, y reglas, “no vale en los soportales y las piedras no son refugio”, “tres canicas, un bolón”, “de portería a portería guarrería y no es gol”, si expresadas con el dedo corazón cruzado sobre el índice, con una palmada a la altura del corazón o con el ademán de besarse los cinco dedos en ovillo de la mano, sellaban la verdad. Ningún adulto, revenido y escarmentado ya de tanto revés, y sabedor de que no nos podemos fiar de nosotros mismos, cuanto menos de los demás, atribuiría semejante poder mágico a las palabras. Menos si más se adornan.
 
Cambié de domicilio cuatro años más tarde, y no regresé al barrio del Pilar sino veinte años después para visitar a la madre de un amigo que había muerto en circunstancias que nadie quería comentar.
 
Se nos ha hecho tarde y me ofrece la cama del amigo. Ya sola en el cuarto venzo mi aprensión y abro la novela. Es una novela talismán. La conservo en varios idiomas y en varias ediciones, buenas, malas y peores, compradas apresuradamente en cualquier ciudad cuando intuía que la noche no auguraba nada bueno. La abro y empieza a desprender su bálsamo. Estoy en el cementerio judío de la ciudad, el invierno es frío y lluvioso al borde del delta del Po, regreso a la casona, al jardín convertido en selva por la desidia de sus propietarios, a la pista de tenis con su malla agujereada y caída, paseo por el patio del Palazzo dei Diamanti y al atardecer entre las luces ocres de las fachadas del corso Ercole I. Ya sosegada me levanto a mirar por la ventana y veo a lo lejos, en el collado por encima de La Vaguada, la vieja urbanización bandera con sus toldos azules, sus pisos altos malamente construidos y sus alardes de modernidad que el tiempo ha ridiculizado, y escucho al Pipo gritar: “¡Campo libre! ¡Pista libre!”.