lunes, 15 de diciembre de 2014

(3) Llave maestra



(Cont. (2) Ocho días de diciembre)

Para los “soldados desconocidos del Imán Zaman”, es decir, para los agentes del Ministerio de Inteligencia y Seguridad, era evidente que Emadeddin Baghi y Akbar Ganji tenían algo más que una hipótesis sobre quién manejaba los hilos y unos nombres de fantasía. Pero Irán no es Kuwait, y ha logrado mantener contra vientos y mareas de distinto signo una capa de la población que se resiste al adoctrinamiento más descarnado. Desaparecerlos sin más, con los reportajes aún en boca de los persas, no hubiera sido conveniente.
 
Existía otra fórmula que había funcionado bien en otros tiempos y otras latitudes: condenar los asesinatos, reconocer que la rabia se había propagado dentro del rebaño y designar al perro que habría que sacrificar. Como cabía esperar, el perro era un agente de la CIA y por demás judío. Para representar el papel de Beria se nombró al segundo del Ministerio, Saed Emami. Que también interpretó a la perfección el segundo acto de la obra suicidándose mediante el poético procedimiento de beberse a morro una botella de vajebi, un brebaje depilatorio. Un gran embuste tiene más posibilidades de prosperar cuando lo ribeteamos con un adorno tan poco plausible que nos haga recelar que sea verdad.
 
Scherezade había elegido bien a Emami. Entre los círculos opositores era conocida su preferencia por liquidar a los opositores insertándoles supositorios de potasio por el ano. Sin embargo, ató mal uno de los cabos: el suicidio de Emami se anunció en junio de 1999, con un retraso de seis meses. Los dos periodistas volvieron a las andadas. Año y medio después, Ganji puso nombre y apellido a Llave maestra: Ali Fallahian. Nuestro Malenkov en el drama.
 
Los acontecimientos volvieron a precipitarse. Ganji y Baghi desaparecieron durante unos años en la cárcel de Evin. Saed Hajarian, el editor del Sobh Emrouz que había dado el visto bueno a la publicación de los artículos, recibió un tiro que le atravesó la  mandíbula, se incrustó en su cuello y le dejó parapléjico y mudo de por vida. Y la viuda de Emami confesó, tras algunas jornadas de interrogatorio cuyas imágenes llegaron tras un tortuoso periplo a Londres, que viajaba cada dos meses a Canadá para informar a la CIA y que había hecho todas las maniobras necesarias para convertir Teherán en un campo de minas. No era judía, pero reconocía que mantenía relaciones lésbicas siempre que podía. Que no es lo mismo, pero es igual.
 
Fotogramas del interrogatorio de Fahime Nowgourani,
viuda de Emami