sábado, 1 de noviembre de 2014

(1) Perdiz esquiva



A Alí Jamenei le gusta la poesía porque su madre le recitaba en un sótano de Mashhad los versos de Hafiz mientras su padre, cada día al caer la tarde, resolvía las vacilaciones de los estudiantes coránicos en el piso de arriba.

A los 11 años Jamenei llevaba ya el turbante negro que identifica a los sayyid, los descendientes directos del profeta, un jubba hasta los tobillos que le impedía patear balones en el patio y unos anteojos gruesos sobre un bozo prematuro, todo lo cual no le hacía muy popular.

Los gazales de Hafiz parecen borradores de un mismo texto, con el consabido depósito de sustantivos y adjetivos de la poesía oriental. Un entrenamiento temprano en gazales, casidas y masnavis asegura grandes ventajas, porque basta con volver a mezclar los ingredientes para obtener un estofado de rancio sabor persa y pedir el ingreso en el Círculo Literario Ferdowsi. Allí conoció a los 16 años a Mohammad Jafar Pouyandeh y a Mohammed Mojtari. Recuerden estos nombres. Eran los años inmediatamente anteriores a la Revolución. El Sha de Persia vigilaba con el mismo celo a clérigos islamistas y a comunistas panarabistas.

vino                 lacerado
gacela              dulce
brisa                esquiva
andar               amargo
perdiz              perfumada
corazón           altivo

Alí Jamenei es también conocido por racionar su sonrisa. Esta habilidad no fue ardid de juventud. Lo dice Houshang Asadi, el comunista iraní con quien compartió 1974 en Komiteh Moshtarak, la cárcel de máxima seguridad donde perfeccionaban su método las famosas hienas del Savak. Años después, cuando el joven clérigo ya dirigía la oración del Viernes en Teherán, lo contó John Limbert, uno de los rehenes americanos a quienes Jamenei visitó para cerciorarse de que los estudiantes revolucionarios honraban la proverbial hospitalidad persa. Lo ha dicho hace cinco años el obispo episcopaliano de Washington John Chane, que se desplazó con la hueste de Neturei Karta y otros adoradores del Libro hasta Irán para hablar del padre común, Abraham avinu, y acabó implorando una mueca del Líder Supremo.

Alí Jamenei, que se hizo niño clérigo en un cuchitril de adobe de Mashhad, contiene la sonrisa como la mano diestra aferra la empuñadura en torno al gaznate de la gacela - que diría un masnavi-, aguardando a que repte hasta él primero el desconcierto y luego el terror. Y como la boa constrictor, sólo afloja los anillos cuando lee en sus ojos la rendición. La presa recibe la sonrisa con profundo alivio. La sonrisa es siempre arbitraria, y en ese antojo está la verdadera fuente de la sumisión.

A Alí Jamenei le gustan los niños porque los niños no dan sombra. En este extravío de la sensibilidad vuelve a parecerse a Stalin, a quien también le gustaba componer odas, escuchar al gramófono a los remeros del Volga y acariciar las mejillas de los huérfanos ucranianos. Y a Ibn Tughluq, el sultán de Delhi, de quien nos llegó una crónica.

Se cuenta que al amanecer el patio de su fortaleza en Delhi sembrado de pasquines injuriosos, y viéndose incapaz de identificar a los conspiradores, Ibn Tughluq decidió cortar por lo sano vaciando la ciudad y trasladando la capital del imperio a Deogir, a cuarenta jornadas de distancia. Dio un plazo de tres días a los habitantes y al alba del cuarto día envió a la breve cohorte de guardias que había conservado consigo a rastrear la ciudadela. Los pretorianos sólo pudieron encontrar a un tullido y un ciego que vagaban sin propósito ni esperanza. Cargaron al tullido en una catapulta y lo lanzaron por sobre las murallas a campo abierto. Obligaron al ciego a abandonar la fortaleza, e Ibn Battuta consigna que lo único que los buitres dejaron de él a veinte leguas por el camino de Deogir fue el fémur izquierdo. Misión cumplida, Ibn Tughluq subió esa noche hasta los tejados de palacio, y desde allí contempló los suburbios oscuros y desiertos de Delhi.

"Ahora, dijo, mi corazón está tranquilo, y mi cólera apaciguada".

A Alí Jamenei le gustaría, como al sultán de Delhi, no morir nunca y que nunca nadie le sobreviviese. Querría escapar a la muerte, para lo que sería muy necesario que nadie pudiera dársela. Por eso raciona su sonrisa con precisión de boticario. Le gustan los niños y la poesía, porque querría que le temiesen pero no desea que le odien. Querría ser solo, pero no se hace a estar solo.