domingo, 16 de noviembre de 2014

(2) Ocho días de diciembre

Mohammed Mojtari, Mohammad Jafar Pouyandeh, Parvaneh Foruhar, Dariush Foruhar
 
 
Los niños clérigos se hacen adultos, el Sha de Persia siguió cultivando su cáncer en El Cairo, los revolucionarios comenzaron a perseguir shaístas y comunistas con la misma saña que habían puesto en ellos las hienas del Savak, y Alí Jamenei empezó a sentirse demasiado acompañado. En vista de lo cual decidió organizar un torneo de poesía revolucionaria. Para separar el grano de la paja.
 
Cualquiera puede escribir poesía revolucionaria. Basta con mezclar los consabidos sustantivos y adjetivos para obtener un estofado de rancio sabor islámico-revolucionario. Mohammed Mojtari sabía muy bien cómo escribir estrofas revolucionarias, pero declinó la invitación de su antiguo compañero del Círculo Literario Ferdowsi. En cambio, optó con Mohammad Jafar Pouyandeh por convocar a la clandestina Asociación de Escritores Iraníes.

El 3 de diciembre de 1998 Mohammed Mojtari bajó a hacer unas compras a la esquina. A medianoche el adolescente Sohrab Mojtari se inquietó por la tardanza del padre y llamó a su hermano mayor, Siavash. El 4 de diciembre una patrulla de Aminaban encontró un cuerpo en el solar de una fábrica de cemento del extrarradio de Teherán con una libreta, un lápiz y un cinto de cuero al cuello. La tarde del 9 de diciembre Pouyandeh no regresó de una reunión con su editor a su apartamento al norte de Teherán. Su esposa inició una búsqueda enloquecida por los hospitales y comisarías de Teherán. El 10 de diciembre Siavash acudió solo a la morgue e identificó al padre. El 11 de diciembre la esposa de Pouyandeh recibió una llamada de la policía. Le habían encontrado en la carretera de Badamak, a veinticinco kilómetros al oeste de Teherán, estrangulado con un cinturón de cuero.

En realidad, todo había empezado mucho antes y lejos. Bija Fazeli en Londres. El General Oveissi en París. Chitgar en Viena. Gholam Keshavarz en Chipre. Ali Kashefpur en Estambul. Ghassemlou, otra vez Viena. Farrokhzad en Bonn. Y luego Roma, Suresnes, Karachi, Estocolmo, Dubai, Berlín. No había guarida segura. Ni siquiera la plácida Ginebra: Kazem Rajavi buscaba sitio donde aparcar junto al embarcadero de Coppet cuando dos coches le cerraron el paso. Monsieur Y., el primer vecino que se acercó al silencio, le vio chorreando sangre por los doce surtidores que le habían abierto en el pecho. El motor seguía encendido. Al vecino le pareció que el cuerpo "sudaba vapor". La gendarmería suiza suspendió el vuelo de Iran Air. Se especuló sobre la participación de las brigadas europeas de Arafat. Se dijo que el régimen había contratado a Carlos. Se contaba que los agregados diplomáticos y los delegados iraníes del Palais eran en realidad oficiales del Savak.

Pero en esos ocho días de diciembre sólo dos periodistas habían empezado a atar cabos y poner, respetando la más excelsa tradición persa, nombres a los responsables: su Excelencia en Rojo, Su Excelencia en Gris y Llave Maestra.