sábado, 16 de agosto de 2014

Caravana

 
 
En una cuartilla, anota paradas y fondas sujetas al capricho de su voluntad y al arbitrio de las circunstancias. Madrid ---- Barcelona [kabalat Bogatell]- Perpignan [macizo de Canigou, fenicios] - Béziers [suicidio de Anne Magnan]- Sète [cette tombe en sandwich entre le ciel et l’eau]) / Montpellier [hugonote Galonges] - Nîmes [el sueño de Belmonte] - Avignon [J.] - Orange [los galos cautivos] - Valence [Rhône, Aníbal] - Grenoble [padre] - Chambéry [Tristana] - Genève.
 
Lo que mina esas notas aparentemente crípticas de pistas biográficas.
 
Pero el escueto plan de vuelo se violará con la misma arbitrariedad con que se formuló.
 
Por ejemplo, porque la luz traicionera del crepúsculo le disuade de seguir por la N-II.
 
En sentido contrario avanza la escuadra de camiones que atraviesa la península del noreste hasta La Carolina cargada de tractores, embarcaciones, cerdos, módulos de casas portátiles. No el solitario camionero psicópata de la película de Spielberg. Miles de ellos, una caravana rugiente que arroja haces de luz sobre la carretera y la sume en un relumbre intermitente en el que no es posible ya distinguir ni líneas ni arcén.
 
Renuente pero resignado, se aparta en el primer motel de gasolinera que encuentra. Alfajarín.
 
Vinieron pegados a la fachada de la depuradora. Ella, bastante más alta que él, lucía un vestido rojo ceñido sobre los pechos abundantes, zapatos de plataforma, un maquillaje de fantasía que alternaba en torno a los ojos y la boca el café con el carmesí, una cabeza desproporcionadamente grande sobre un tronco recto y ancho, una extraña manera de bracear al caminar. Todo el efecto era el de un calamar gigante que se hubiera arrastrado desde las profundidades oceánicas hasta la orilla, donde los bañistas miran entre incrédulos y aterrorizados.
 
Los bañistas, que acaban de orillar su piara en esta llanura al pie de los Monegros, beben en parejas o tríos en la terraza del motel, siguen a la criatura con la mirada, cuchichean, y en el ademán de él, de baja estatura, enjuto, prognato, camiseta de tirantes, pantalones verdes pistacho, botines de goma negra recauchutada, esclavas y colgantes, oro y plata, se lee a la vez vergüenza y orgullo, orgullo de su vergüenza.
 
Ésta es mi vergüenza, parece querer decir, y parece también que si acaso estaría dispuesto a retarse por ella, si acaso los bañistas.
 
A la una todos siguen en sus puestos. La noche es tan bochornosa, el estruendo sordo y constante de la depuradora y el rugido alterno de los camiones tan imponente, tantos los mosquitos abalanzándose desorientados sobre los focos, inmovilizados en la pared blanca, flotando en el alcohol de los vasos, que nadie puede concebir en las mazmorras alquiladas del segundo piso la posibilidad del descanso.
 
La criatura y su chulo hablan en un susurro. Pero a veces llegan algunas frases entrecortadas, palabras que han logrado descabalgar en el último momento de ese estruendo que avanza en oleadas desde el este. El conductor imagina un ejército que se aproximara desde un valle próximo pero oculto a la vista haciendo retumbar la tierra bajo sus pies, que pasara frente a los bañistas con todo su despliegue de timbales, relinchos, lamentos, pasos, órdenes gritadas y volviera a perderse en su marcha hacia el siguiente valle.
 
Él dice que no sueña. Ella dice que sí sueña. A él no le interesan los sueños. Él tiene la voz más aguda que ella. Ella, dice, sueña con buitres. Él no la mira. Ella tiene las manos más grandes que él. No uno ni dos, bandadas enteras de buitres. Los bañistas no pueden apartar los ojos de ella, aunque ya nadie duda de la imposibilidad de esos pechos. Buitres posados sobre el saliente de un edificio, buitres en liza o un festín de buitres en corro sobre una pieza. Él mira hacia los surtidores, sigue con indiferencia la marcha de todos los ejércitos, de derecha a izquierda sobre la carretera, de Fraga hacia La Carolina, por valles y valles hasta llegar a un sándwich de tierra entre el cielo y el agua.