domingo, 29 de junio de 2014

Hannibal ad portas

Los Alpes. La mejor forma de hacerse una idea de su forma y su estructura sería sobrevolarlos. Pero un vuelo ordinario no permitiría ver el macizo de un extremo a otro, ni siquiera en aeronaves que alcanzan una altitud de crucero elevada (unos 10.000 metros), y embarcar en un satélite de observación para divisarlos a 700 kilómetros de altitud no es una opción viable.
 
Muchas noches evoca esta imagen cuando el sueño le rehúye: un ave ficticia, una gallinácea prehistórica, alza el vuelo en el cuerno sudoccidental de la cadena, en la Saboya o el Delfinado, y sobrevuela a placer hasta el espolón oriental, que va a morir en los bosques de Viena y el Leopoldsberg y empalma con la cordillera de los Cárpatos. 
 
Lo que ve durante el trayecto hasta que el sueño le vence es una versión algo más cercana que la que muestran las imágenes satelitales de GeoEye y QuickBird:   
 
 
Allí arriba, la gallina colosal divaga, como dicen los nadadores de fondo que les sucede cuando el cuerpo ha automatizado el ritmo y la mente se libera de ataduras. 
 
En uno de esos vuelos nocturnos, al sobrevolar los Alpes occidentales justo por encima del triángulo que invaden Francia, Suiza e Italia, le sale al paso la Col de la Traversette o la Col du Clapier y recuerda la expedición de Aníbal. Divaga. Antes siquiera de perderse en razonamientos, mientras deja a la cola esas cimas y encara indolente las cumbres del Chablais, conoce la  conclusión. La conclusión que estaba en el principio mismo: en el juramento que Aníbal pronuncia ante su padre a los diez años.
 
Divaga mientras bate las alas por encima de Sión. Qué empujó a Aníbal hasta la batalla de Cannas, una victoria sobre Roma que llevaba en sí el germen de la derrota. Ahí está el Lemán, las aguas pardas del Arve cargadas de limo, las aguas esmeraldas del Ródano. El peso del mandato paterno. En el principio está el fin. Terminarás con lo que empezaste. Si acaso Aníbal se hubiera detenido a pensar que era el producto de una obsesión. Divaga cuando encara el glaciar del Ródano.

Si acaso hubiera tenido la lucidez de Pirro (una victoria más como ésta y volveré solo a casa). Divaga ante las nieves perpetuas del Eggfirn. El firn, la traicionera nieve de los inviernos pasados. Y si las cifras de Polibio fueran correctas (cifras que ante la claudicación de la conciencia ahora bailan), ¿qué paso utilizaron los 38.000 infantes, los 8.000 jinetes y los 38 elefantes? Un lobo con piel de cordero, apariencia de nieve y consistencia de hielo.
 
Divaga el ave mientras los párpados caen. ¿Y en qué desfiladero se perdió casi la mitad del ejército a manos de los alóbrogues? Los alóbrogues, los volcas, el cañón de la Combe de Queyras, los desprendimientos, el vinagre que disolvía las rocas. ¿Cuántos metros cúbicos de vinagre bullendo en la imaginación de Livio hacen falta para disolver doscientas toneladas de granito?  
 
El último pensamiento en resaca está unido al ejército mermado y exhausto, al fin en la última cima alpina, sobre la llanura del Po, y al poseído señalando a sus soldados la tierra prometida: “Aquello que veis allí es Italia”.