viernes, 4 de abril de 2014

Limpiarse el sudor y ver

 
 
Resulta difícil hablar, hasta con los más desprejuiciados, de las décadas más sangrientas de las Grandes Praderas, los años cincuenta a setenta del siglo XIX. Los humanos tendemos a leer en los hechos pasados de modo que el trayecto que conduce hacia un futuro que suponemos deseable se nos aparezca tan claro como un cadena de ADN. Nos tranquiliza poder decir: de aquellos polvos estos lodos, de aquella profecía esta utopía. Por desgracia para los especialistas y los espíritus mesiánicos, la historia rara vez es una revelación. Para zozobra de los progresistas más burdos, ni siquiera es una narración que mostrará siempre el perfil más favorecedor de los vencedores. Ars brevis et vita longa, y las tornas pueden cambiar en pocos años, a veces hasta presentar a los vencidos como ejemplos heroicos de lo que nunca fueron.
 
Por eso le cuenta a G., que a veces mira sin entender, que no siente más predilección por Roman Nose, el gran jefe cheyenne, que por William Philo (fatalidad semántica) Clark, el teniente del Segundo de Caballería que logró encontrar la paz y el tiempo necesarios entre la batalla de Little Big Horn y la batalla de Slim Buttes para escribir el gran tratado sobre la lengua de signos que utilizaban las tribus de las Praderas para comunicarse. Y que le aburren los debates del Plains Anthropologist sobre si la matanza de los colonos Hungate en Denver provocó la masacre de Sand Creek, si aquélla simplemente sirvió de justificación posterior a ésta, o si la brutal reacción de la alianza de sioux y cheyennes que venció en Little Big Horn tuvo su causa en el justo deseo de venganza de las mutilaciones y las impúdicas exhibiciones que los vencedores de Sand Creek hicieron de los cadáveres indios.
 
No es eso lo que le interesa, sino el polvo que levantaban en su migración anual las grandes manadas de bisontes entre los Grandes Lagos, el curso del Missouri, el Río Grande y la falda de las Rocosas hacia las Colinas Negras, y lo que dos parias como Roman Nose o Nathan Hungate pensarían al limpiarse el sudor para verlas.       
 
 
Jefe cheyenne. Foto: Edward S. Curtis