lunes, 24 de marzo de 2014

La luna sobre Qassium

Foto: Ansel Adams

No veía Hernández, sino algún suburbio de Damasco, el escenario más revisitado por sus sueños. Hacía cuatro días que tenía la copia de la fotografía de Adams en la mesilla. No se decidía a enmarcarla. Diez páginas de novela y estiraba la mano hasta extenderla entre las páginas. En el horizonte, no el monte Truchas, Tierra Amarilla, condado de Río Arriba, sino las sombras que arrojaba la luna creciente sobre la silueta del Qassium. Diez páginas más. La luna sobre Berzi, la luna de aquella noche convertida en metáfora de todas las lunas. La examinaba de nuevo como examina el cielo un piloto, en un barrido por zonas para asegurarse de que no pasa nada por alto. Y volvía a colocarla sobre la mesilla, cuidadosamente apoyada en ángulo sobre la pared. Diez páginas más. No recordaba en qué momento de la aburrida novela australiana se había dormido.

Y cómo no, soñó con Hernández-Damasco, y leones como los pintados por Gérôme durmiendo enrollados en las cañadas de Tierra Amarilla-Berzi, y saurios erguidos sobre sus patas traseras que trajinan por los caminos de tierra que conducen hacia el Truchas-Qassium, y una lluvia fina que va calando las matas del pedregal donde hay ¿un depósito de agua? ¿una planta depuradora? que debe servirle de refugio. Y entonces el teléfono.

El sonido le hace incorporarse bruscamente y la novela, que durante el sueño se ha ido desplazando hacia el borde de la cama, cae al suelo. Todavía tiene el instinto de mirar si la fotografía sigue a salvo en la mesilla. Dando tumbos llega hasta el teléfono y oye la voz. Pero la voz no responde.