lunes, 24 de marzo de 2014

La luna sobre Qassium

Foto: Ansel Adams

No veía Hernández, sino algún suburbio de Damasco, el escenario más revisitado por sus sueños. Hacía cuatro días que tenía la copia de la fotografía de Adams en la mesilla. No se decidía a enmarcarla. Diez páginas de novela y estiraba la mano hasta extenderla entre las páginas. En el horizonte, no el monte Truchas, Tierra Amarilla, condado de Río Arriba, sino las sombras que arrojaba la luna creciente sobre la silueta del Qassium. Diez páginas más. La luna sobre Berzi, la luna de aquella noche convertida en metáfora de todas las lunas. La examinaba de nuevo como examina el cielo un piloto, en un barrido por zonas para asegurarse de que no pasa nada por alto. Y volvía a colocarla sobre la mesilla, cuidadosamente apoyada en ángulo sobre la pared. Diez páginas más. No recordaba en qué momento de la aburrida novela australiana se había dormido.

Y cómo no, soñó con Hernández-Damasco, y leones como los pintados por Gérôme durmiendo enrollados en las cañadas de Tierra Amarilla-Berzi, y saurios erguidos sobre sus patas traseras que trajinan por los caminos de tierra que conducen hacia el Truchas-Qassium, y una lluvia fina que va calando las matas del pedregal donde hay ¿un depósito de agua? ¿una planta depuradora? que debe servirle de refugio. Y entonces el teléfono.

El sonido le hace incorporarse bruscamente y la novela, que durante el sueño se ha ido desplazando hacia el borde de la cama, cae al suelo. Todavía tiene el instinto de mirar si la fotografía sigue a salvo en la mesilla. Dando tumbos llega hasta el teléfono y oye la voz. Pero la voz no responde.

jueves, 20 de marzo de 2014

She weeps over Rahoon



Quien haya leído Dublineses recordará tal vez a Gabriel Conroy devorado por los celos del primer amor de su mujer en el párrafo final de "Los Muertos", mientras Gretta duerme en la cama cercana y la nieve cae sobre la tumba de Michael Furey.
 
John Houston incluyó una versión muy alterada del párrafo en los minutos finales de "Los muertos".
 
La verdadera Gretta, Nora Barnacle, tuvo un amor anterior a Joyce (quien apenas se molestó en cambiar su verdadero nombre: Michael Feeney) muerto, como Furey, muy joven, y enterrado, como Furey, en el cementerio de Rahoon, a las entonces afueras de Galway. No está claro que Nora correspondiera a aquel amor, pero sí que sobrellevó un insuperable sentimiento de culpa por su muerte.
 
Joyce acudió solo a Rahoon. Lo que debió de pensar frente a la sepultura de Furey-Feeney está quizá reflejado en ese párrafo último de “Los muertos”, que, sin embargo, no deja entrever sus propias fantasías sobre lo que podría sentir Gretta-Nora. Esa fantasía, el verdadero origen de su tortura, aparece de forma más explícita en un poema escrito en Trieste en 1913, un año antes de que escribiera el cuento: She weeps over Rahoon.
 
Las dos traducciones de que tengo noticia, la versión de José Antonio Álvarez Amorós (JJ, Poesía completa, Visor, 2007) y la anterior de José María Martín Triana (JJ, Poemas manzanas, Visor, 1970) son mejorables. Les propongo otra, en la esperanza de haber captado algo de esa “danza del intelecto entre las palabras” de que hablaba Pound, que en este caso tiene mucho que ver con la capacidad para resolver el juego de verbos, sustantivos y adverbios del original (falls softly, softly falling / Sad ... calls me, sadly calling), y para salir airoso de las difíciles grey moonrise y moongrey nettles 

Llora sobre Rahoon

Cae la lluvia callada sobre Rahoon, calladamente cae
Sobre la tierra en que mi oscuro amado yace.
Triste me llama su voz, tristemente llama
cuando se alza en lo gris la luna.

Escucha, amor,
qué callada, qué triste su voz por siempre llama
por siempre sin respuesta, escucha la lluvia oscura
que caía entonces como cae ahora.

Oscuros también, amor, yacerán nuestros corazones, fríos
como yace su triste corazón
bajo las ortigas grises de luna, el musgo negro
y la lluvia que murmura.

En correspondencia con esta versión de She weeps over Rahoon, les propongo también esta otra traducción del párrafo citado al principio. Juega con parecidas repeticiones (falling softly, softly falling/ falling faintly, faintly falling) y también reaparece aquí, ahora en forma de monólogo interior, el hombre de la tercera estrofa, un Conroy herido de muerte por un pasado que no puede cambiar.

“Sí; los periódicos estaban en lo cierto. Nevaba sobre toda Irlanda. La nieve caía sobre la oscura llanura central, sobre las colinas despobladas, caía callada sobre el mégano de Allen y, más al oeste, callada sobre las revueltas y oscuras aguas del Shannon. Caía también sobre cada rincón del solitario cementerio de la colina en que yacía Michael Furey. Se acumulaba espesa en las cruces y losas encorvadas, en las rejas de la cancela, sobre los espinos sin vida. Su alma se desvanecía lentamente mientras oía la nieve caer lánguidamente sobre el universo y lánguida, como en el descenso hacia su último fin, caer sobre todos los vivos y sobre los muertos”.

Sólo había pasado un año, pero el pasaje en prosa es infinitamente superior al poema. Lo que ya es mucho decir.

viernes, 14 de marzo de 2014

Especies en extinción



 
Querido Y.:

Me reconozco en tus dudas. Si te sirve de consuelo, de ellas no se libra ningún judío pasado por la haskalá; que somos, salvando quizá algunas comunidades jasídicas que han logrado mantenerse milagrosamente al margen del mundo gentil y moderno, todos. Esas dudas se acrecientan si procedes de una familia laica que tenía por referencia las fuentes de las que bebió hasta hace cuarenta años la izquierda. Y no me refiero sólo a Marx, que obviamente era el mayor de los evangelistas. En casa de mis padres el nombre de Darwin era sagrado, y el retrato que colgaba de él en la sala lo conservo yo hoy en la mía. Lo primero que mi padre me llevó a visitar en Roma fue el Jardín de los Naranjos. Pero lo segundo, con semblante mucho más serio y aleccionador, fue la estatua de Bruno en Campo dei Fiori.
 
Todas mis dudas, que con el tiempo formaron un bloque cada vez más compacto que pensé nunca podría ni siquiera agrietar, se despejaron en una serie de encuentros con la persona más inteligente que he conocido nunca, A.G. Era un rabino reformista (aunque él afirmaba, con socarronería, que en realidad era un ortodoxo moderno, término que se negaba a reservar a quienes se limitan a esconder los tzitzit en los pantalones). Presidía entonces la mayor comunidad reformista europea y era rabino de la sinagoga de N., a las afueras de Londres. Conocía, desde luego, el Talmaj como la palma de su mano. Había recibido su formación en una de las escuelas rabínicas más prestigiosas del mundo, el Leo Baeck College, en el que hoy enseñan algunos de sus discípulos.
 
Mi primera conversación con él no tuvo nada que ver con el asunto que en teoría nos ocupaba. A. se había licenciado en biología y zoología y teníamos una afición común. Conocía especies extintas que yo nunca había oído mencionar. Fue él quien me habló por primera vez del asno sirio, de la ballena de Kutch y del General Sherman. Cerramos un largo paseo por Barcelona sin ni siquiera haber mencionado el Talmud. 
 
Pasaron seis meses, y en un viaje de vuelta con escala en Londres le llamé desde el aeropuerto. Sí, tenía tiempo, podíamos vernos. Cancelé sobre la marcha el vuelo que tenía programado esa tarde y me acerqué a N. Después de darle cumplida cuenta de mis averiguaciones sobre el asno salvaje de Mesopotamia, me preguntó: ¿Cómo van esas dudas? Creo, le dije, que podría resolverlas de un plumazo si aclarásemos lo del sacrificio de Isaac y lo del plural de Elohim. Bereshit bará Elohim et hashamayim ve'et ha'arets, etc. recitó. Ésa es fácil. Es sólo una trampa del hebreo antiguo. Es plural porque habla de las potencias reunidas. Discutamos antes lo más complicado: ¿Debemos actuar contra nuestros principios si Elohim nos lo pide? Le miré: eso, eso es. La respuesta es, dijo, rotundamente no; y eso es precisamente lo que nos dice la Torá a través de la metáfora. ¿De quién es la voz última que detiene a Abraham?
 
A. está mayor. Ha cumplido ya los ochenta. Es otra especie en extinción. No dejes de ir a verle.

Jag Purim Sameaj,
L. A.