sábado, 15 de febrero de 2014

Uvas, granadas, dátiles


Foto: Don McCullin
 
Los edificios vaciados por el fuego; un viento que no daba tregua, sofocante, propio de la latitud pero agravado por las brasas aún vivas en algunos lugares; fantasmas que vagaban por las calles buscando familia, alimento, vigas; al caer la tarde, fogatas cada doscientos metros, pues no había electricidad y los barrios quedaban a oscuras a partir de las cuatro. Desde casi cualquier punto de la ciudad, sin embargo, encaramándose a las tripas de cascote, hierro y madera de esos edificios, podía verse el cimborrio de la Gran Mezquita, milagrosamente sostenido en el aire por unas cejas de piedra. 

Recordaba muy poco de aquellos días. Los detalles se habían difuminado de su memoria tal vez, pensó después, porque la violencia de la impresión había borrado la huella de la impresión misma. 
 
Lamentó especialmente haber olvidado junto a una de las fogatas el libro de versos que llevaba. Las noches, a partir de entonces, se le habían hecho eternas. ¿Llegó alguien a abrir el poema escrito en el idioma extranjero - Uvas, granadas, dátiles/ doradas, rojas, rojos. Muerto frutal, caído/con octubre en los hombros - que recitaba de memoria para consolarse de la pérdida?