viernes, 7 de febrero de 2014

La gran bellezza

Escuela judía de Tallin. Alumnos de 6º grado. 1940.

Eliot.

La noción de que hay que aspirar a la originalidad es una lacra. La novedad por sí misma es exhibicionismo. Y ridícula: los bolsillos en que metemos las manos están llenos de dedos ajenos. El progreso de un artista es un continuo sacrificio de sí mismo, una extinción continua de su personalidad.

Nada más vanidoso que aspirar a reflejar nuestro yo en una obra, embozados en lo que llamamos estilo. La pretensión de que existe algo así como una unidad sustancial del alma que tiene un correlato formal particular.

Esa idea tan sobrevalorada de que el estilo es el hombre ha hecho un gran daño. El arte no es el lugar donde se da rienda suelta a las emociones, no es una expresión de la personalidad, sino precisamente lo contrario: una huida de la personalidad. La emoción del arte es impersonal. 

Y la despersonalización sólo es posible cuando vivimos no sólo en el presente, sino en el momento presente del pasado.

***

Cuando el objeto sobre el que quieres escribir es el sufrimiento, con mayúsculas, la necesidad de sujetar las bridas del ego es aún más imperativa.

La gran bellezza no está en las venus de carne y hueso, sino en el dolor humano.

En este caso, en la deformidad de una niña de 12 años y en la incapacidad de su mente disminuida para entender lo que le estaba sucediendo en ese trayecto de Pärnu a Tallin, noviembre de 1941.

Y ahí tú no pintas nada. Tus pequeñas obsesiones, tus miedos, tus vanidades son nada. Eres un medium. Tu función es arrancarle a la muerte un fragmento de esa vida.