miércoles, 12 de febrero de 2014

A rastras


 
Da igual que uno entienda la sustentación mediante las leyes de Newton o por el principio de Bernoulli. Si a los mandos de la avioneta no sientes sus tripas en tu estómago, ningún conocimiento teórico hará de ti un piloto diestro. Tampoco para ser un conductor hábil hace falta saber de mecánica. Esto, que vale para la generalidad de los vuelos, no es exactamente así cuando algo se complica.
 
En algunas circunstancias, hay que hacer oídos sordos al instinto y atenerse estrictamente a la teoría. En un vuelo nocturno o con muy escasa visibilidad, más vale que hayas leído algo sobre el laberinto vestibular y la desorientación espacial si no quieres acabar de mala manera. Fíate de los instrumentos, aunque el cuerpo te grite que en ese momento vuelas invertido. Ante una pérdida de altitud, la tentación de elevar el morro es muy poderosa, pero puede ser fatal. Sólo inclinando de nuevo el avión hacia tierra recuperaremos la velocidad que necesitamos para volver a elevarlo.
 
Así que el buen piloto debe reunir instinto y conocimiento. ¿Qué más? Templanza para aplicar el conocimiento en situaciones de riesgo. No es lo mismo razonar en tierra cuál sería la maniobra más adecuada en una circunstancia extrema que realizarla en plena descarga de adrenalina. Los errores de los pilotos del 447 de Air France nos parecen aquí abajo de bulto cuando observamos cómo se adentraron alegremente en el Fuego de San Telmo y cómo obviaron la posibilidad de que la nave estuviera transmitiendo mediciones incorrectas de la velocidad. Pero cuando los analizamos en términos estrictamente aeronáuticos no estamos teniendo en cuenta el miedo, la confusión, la duda que nos atenaza en ese instante en que sabemos que algo no va como debiera.
 
Y luego está el azar, lo predestinado, aquello que no está en nuestras manos evitar ni forzar. Ducunt fata volentem, nolentem trahunt. Que más o menos viene a decir que el destino conduce a quienes se dejan llevar por él y arrastra a quienes se le resisten.
 
***
 
El día había amanecido despejado y la previsión meteorológica no avisaba de cambios. Pero vaya si los hubo. Pendían tan bajas que temimos durante unos minutos angustiosos encontrarnos al salir de ellas frente a algún pico imprevisto, sin margen para esquivarlo. Pero no: el cielo se abrió conforme avanzamos rumbo este y allí estaba la ciudad, desplegada en forma de C sobre la bahía, como un anfiteatro telúrico cuya grandiosa visión el cielo nos hubiera querido reservar hasta el último momento. El destino, ese día, nos había arrastrado hasta ella de la mano.