domingo, 5 de enero de 2014

Strange fruit


¿Quién era R.B.?
¿Un borracho solitario de ese antro diurno que es El Campiello?
¿Un alumno dilettante del Actors Studio?
¿Un señorito trueno con cruce de Soto y Domecq?
¿El broche exótico de cierto local de Marbella?
¿El capricho de unas lavanderas nocturnas?
¿Un mesteño?

Todo eso, en todo caso, ha muerto hace tres semanas a los treinta y seis años. Y con él, las cosas que compartíamos: la risa pronta, la curiosidad por los espectros que barrían la plaza de Álvarez de Castro a ciertas horas de la noche, el gusto por la novela inglesa, un temor de fondo a ser confundidos con nuestros personajes, y el amor por Billie Holiday y Robert Mulligan. De un coma diabético, dicen, mientras dormía la siesta. Otro entredicho más.
 
***
 
Habíamos hablado de lo difícil que me estaba resultando traducir los aires de Dowland. Tenía una rara habilidad para ver metáforas allí donde mi mente sólo percibía sentidos literales. Un tiempo después se retiró a la Sierra de San Vicente, donde se dedicó a ahogar la ausencia de su última pareja en alcohol de quemar. Reproduzco el correo que le envié entonces, en respuesta a sus preguntas sobre Tarleton:    
 
"Querido R.:
 
(...) Llegué a Tarleton de la mano de Dowland. Dowland compuso una giga para laúd con motivo de su muerte, una miniatura maestra de apenas catorce compases en compás de 6/8, y la tituló La resurrección de Tarleton. Me chocó la resonancia del título en una danza tan poco pretenciosa, y cierta nostalgia camuflada tras la aparente ligereza de la melodía.

No he podido averiguar mucho sobre ese cómico cuyas bromas aún se escribían en las paredes de los urinarios de Londres doscientos años después de su muerte. Tarleton, payaso predilecto de Isabel I, miembro de la compañía real (The Queen’s Men), Lord of Misrule tantas navidades seguidas, genio de la improvisación, autor de baladas inmensamente populares, y tal vez el hombre en quien Shakespeare pensó al escribir el papel de Yorick, murió arruinado. Dicen que habiendo dilapidado su fortuna en el juego. Le precedían también otras famas: de bebedor, de jaque y de trilero.

Poco más. El siglo XVI está a la vez dos esquinas más allá y en algún lugar ya inalcanzable para nosotros. No se conoce más que un retrato de la época que muestra a un gañán de pelo ensortijado y nariz rota con un flautín en la boca, un tambor a la cintura y una faltriquera colgando de un cinto de cuerda. Su único drama conocido desapareció. Por supuesto, la recopilación escrita de sus chanzas (Tarleton’s jests) es posterior a su muerte y de dudosa fiabilidad.

Por mi parte, estoy seguro de que su legendaria imbatibilidad en los duelos verbales y su desgraciado final tuvieron mucho que ver con su trato con los simples, los borrachos y los desamparados de Londres. Strange fruit".
 
***
 
Matar a un ruiseñor es un grave pecado, porque lo único que hace es cantar para regalarnos el oído.