domingo, 12 de enero de 2014

Multitud de soledades

 


Dostoievski desvió su camino hacia el exilio ginebrino para ver el cuadro con sus propios ojos. Fue tal su impresión que suspendió el recorrido por el museo. Anna Grigorievna regresó a la sala donde había quedado encadenado al lienzo y pensó que estaba al borde de uno de sus ataques epilépticos.

Un par de años más tarde, el príncipe Mishkin dijo lo que el escritor sólo llegó a pensar: "Frente a este cuadro uno no puede sino perder la fe".

Ciento cincuenta años después, el jardinero del cementerio judío de Bologhine, que habría querido ser rabino y luego jazán, y a quien las nuevas reglas del juego que impuso la guerra civil argelina torcieron la trayectoria, había sin embargo leído por primera vez el misterio cristiano en ese lienzo.

En la primavera de 1996, antes de instalarse definitivamente en Australia, un vástago de los Dell hizo un viaje con sólo dos paradas, Milán y Basilea, para comparar el cuerpo en escorzo y de perfil. A orillas del Rin nos envió una postal ordinaria que describía con hiriente precisión su estado de ánimo con la ayuda de un  conocido verso: "What is that little black thing I see there in the white?".

Hace unos días, a esa hora en que los suizos y los turistas centroeuropeos están a los postres y los meridionales nos preguntamos si aún habrá quien nos sirva algo caliente en cualquier sitio, ahí estábamos el vigilante tuerto que pasaba las cuentas de un rosario entre los dedos, aquel hombre muerto y yo.

La luz se estaba consumiendo a la velocidad de un atardecer de invierno, el río enmarcado en la ventana se había encrespado levemente y me pareció que el cadáver del ajusticiado empezaba a descomponerse. Deshice rápidamente el laberinto de salas escasamente iluminadas y me lancé a la calle en busca de una bocanada de vida.

***

La solidaridad del judío con respecto al judío se funda en el respeto por su soledad. Somos una multitud de soledades y la soledad de esa multitud.

Reb Kufy