miércoles, 29 de enero de 2014

Hooptedoodle

Josef Conrad, al timón del Ready

Hooptedoodle es un término que en inglés que se utiliza para describir, entre otras cosas, el proceso por el que un escritor pierde el norte de la historia principal al entretenerse en descripciones paralelas innecesarias. El escritor puede caer en esta trampa tóxica por no tener claro el rumbo - o por no saber gobernar la nave hacia él, lo que viene a ser lo mismo-, por poseer un exceso de talento formal que pide exhibirse en la página o, en el improbable caso de que sea conocido, por exigencias del editor o de los lectores que imagina tener. El cine contemporáneo, con sus constantes concesiones a las escenas de sexo, los efectos especiales y las ambientaciones preciosistas es el paradigma de esta lacra. Basta ver el César debe morir de los Taviani para darse cuenta de que, si la costa merece la pena y el timonel es diestro, todo añadido estorba.   

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Los alrededores de Madrid se han llenado de polígonos industriales que nadie utiliza. Tienen el aspecto degradado y mortecino de esas viejas gasolineras abandonadas en lo que hoy es una vía de servicio y en tiempos fue el trazado de la antigua nacional. Los dos únicos surtidores, con el contador analógico detenido en la última cifra, han sido tomados por la vegetación, y la pintura de la caseta apenas permite descifrar la palabra “curva”. Así también la naturaleza va asediando este inmenso desguace al aire libre, las hileras de naves vacías, las esculturas que coronan las rotondas, los rótulos que nunca llegaron a encenderse, los letreros indicativos de las parcelas, hasta dotarle de un aire de ruina reciente que a cierta distancia lo embellece.

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Como suelo hacer ese camino un par de días por semana, es frecuente que me visite en sueños. La otra noche decidió aparecerse en mitad de una gran ciudad por la que caminaba hacia una cita. Acepté con naturalidad encontrarme de pronto ante la pendiente familiar. En la escarpa norte de la torre árabe, que aquellos rascacielos ridiculizaban como alternativa de defensa, me detiene un grito. Es un pastor que me recomienda no cruzar por allí. Por la noche, advierte, damos suelta al rebaño. Oteo los alrededores. A unos cincuenta metros hay una masa oscura de animales que cierra filas sobre el trayecto obligado. Me vuelvo hacia el pastor. No sabía, le digo, que en estas tierras hubiera rebaños de lobos. Por fortuna, contesta, aún quedamos quienes ejercemos este oficio secreto.

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La edad del protagonista ha invitado a interpretar así el título de la novela de Conrad. Pero la línea de sombra no se refiere al tránsito de la infancia a la edad adulta, sino a esa frontera con la que todos nos topamos, antes o después, pasada la primera juventud, a partir de la cual el cuerpo deja de ser un compañero silencioso y complaciente y nos advierte de que en la región en la que nos adentramos deberemos contar con él si queremos seguir adelante.