miércoles, 29 de enero de 2014

Hooptedoodle

Josef Conrad, al timón del Ready

Hooptedoodle es un término que en inglés que se utiliza para describir, entre otras cosas, el proceso por el que un escritor pierde el norte de la historia principal al entretenerse en descripciones paralelas innecesarias. El escritor puede caer en esta trampa tóxica por no tener claro el rumbo - o por no saber gobernar la nave hacia él, lo que viene a ser lo mismo-, por poseer un exceso de talento formal que pide exhibirse en la página o, en el improbable caso de que sea conocido, por exigencias del editor o de los lectores que imagina tener. El cine contemporáneo, con sus constantes concesiones a las escenas de sexo, los efectos especiales y las ambientaciones preciosistas es el paradigma de esta lacra. Basta ver el César debe morir de los Taviani para darse cuenta de que, si la costa merece la pena y el timonel es diestro, todo añadido estorba.   

***

Los alrededores de Madrid se han llenado de polígonos industriales que nadie utiliza. Tienen el aspecto degradado y mortecino de esas viejas gasolineras abandonadas en lo que hoy es una vía de servicio y en tiempos fue el trazado de la antigua nacional. Los dos únicos surtidores, con el contador analógico detenido en la última cifra, han sido tomados por la vegetación, y la pintura de la caseta apenas permite descifrar la palabra “curva”. Así también la naturaleza va asediando este inmenso desguace al aire libre, las hileras de naves vacías, las esculturas que coronan las rotondas, los rótulos que nunca llegaron a encenderse, los letreros indicativos de las parcelas, hasta dotarle de un aire de ruina reciente que a cierta distancia lo embellece.

***

Como suelo hacer ese camino un par de días por semana, es frecuente que me visite en sueños. La otra noche decidió aparecerse en mitad de una gran ciudad por la que caminaba hacia una cita. Acepté con naturalidad encontrarme de pronto ante la pendiente familiar. En la escarpa norte de la torre árabe, que aquellos rascacielos ridiculizaban como alternativa de defensa, me detiene un grito. Es un pastor que me recomienda no cruzar por allí. Por la noche, advierte, damos suelta al rebaño. Oteo los alrededores. A unos cincuenta metros hay una masa oscura de animales que cierra filas sobre el trayecto obligado. Me vuelvo hacia el pastor. No sabía, le digo, que en estas tierras hubiera rebaños de lobos. Por fortuna, contesta, aún quedamos quienes ejercemos este oficio secreto.

***

La edad del protagonista ha invitado a interpretar así el título de la novela de Conrad. Pero la línea de sombra no se refiere al tránsito de la infancia a la edad adulta, sino a esa frontera con la que todos nos topamos, antes o después, pasada la primera juventud, a partir de la cual el cuerpo deja de ser un compañero silencioso y complaciente y nos advierte de que en la región en la que nos adentramos deberemos contar con él si queremos seguir adelante.


domingo, 12 de enero de 2014

Multitud de soledades

 


Dostoievski desvió su camino hacia el exilio ginebrino para ver el cuadro con sus propios ojos. Fue tal su impresión que suspendió el recorrido por el museo. Anna Grigorievna regresó a la sala donde había quedado encadenado al lienzo y pensó que estaba al borde de uno de sus ataques epilépticos.

Un par de años más tarde, el príncipe Mishkin dijo lo que el escritor sólo llegó a pensar: "Frente a este cuadro uno no puede sino perder la fe".

Ciento cincuenta años después, el jardinero del cementerio judío de Bologhine, que habría querido ser rabino y luego jazán, y a quien las nuevas reglas del juego que impuso la guerra civil argelina torcieron la trayectoria, había sin embargo leído por primera vez el misterio cristiano en ese lienzo.

En la primavera de 1996, antes de instalarse definitivamente en Australia, un vástago de los Dell hizo un viaje con sólo dos paradas, Milán y Basilea, para comparar el cuerpo en escorzo y de perfil. A orillas del Rin nos envió una postal ordinaria que describía con hiriente precisión su estado de ánimo con la ayuda de un  conocido verso: "What is that little black thing I see there in the white?".

Hace unos días, a esa hora en que los suizos y los turistas centroeuropeos están a los postres y los meridionales nos preguntamos si aún habrá quien nos sirva algo caliente en cualquier sitio, ahí estábamos el vigilante tuerto que pasaba las cuentas de un rosario entre los dedos, aquel hombre muerto y yo.

La luz se estaba consumiendo a la velocidad de un atardecer de invierno, el río enmarcado en la ventana se había encrespado levemente y me pareció que el cadáver del ajusticiado empezaba a descomponerse. Deshice rápidamente el laberinto de salas escasamente iluminadas y me lancé a la calle en busca de una bocanada de vida.

***

La solidaridad del judío con respecto al judío se funda en el respeto por su soledad. Somos una multitud de soledades y la soledad de esa multitud.

Reb Kufy

domingo, 5 de enero de 2014

Strange fruit


¿Quién era R.B.?
¿Un borracho solitario de ese antro diurno que es El Campiello?
¿Un alumno dilettante del Actors Studio?
¿Un señorito trueno con cruce de Soto y Domecq?
¿El broche exótico de cierto local de Marbella?
¿El capricho de unas lavanderas nocturnas?
¿Un mesteño?

Todo eso, en todo caso, ha muerto hace tres semanas a los treinta y seis años. Y con él, las cosas que compartíamos: la risa pronta, la curiosidad por los espectros que barrían la plaza de Álvarez de Castro a ciertas horas de la noche, el gusto por la novela inglesa, un temor de fondo a ser confundidos con nuestros personajes, y el amor por Billie Holiday y Robert Mulligan. De un coma diabético, dicen, mientras dormía la siesta. Otro entredicho más.
 
***
 
Habíamos hablado de lo difícil que me estaba resultando traducir los aires de Dowland. Tenía una rara habilidad para ver metáforas allí donde mi mente sólo percibía sentidos literales. Un tiempo después se retiró a la Sierra de San Vicente, donde se dedicó a ahogar la ausencia de su última pareja en alcohol de quemar. Reproduzco el correo que le envié entonces, en respuesta a sus preguntas sobre Tarleton:    
 
"Querido R.:
 
(...) Llegué a Tarleton de la mano de Dowland. Dowland compuso una giga para laúd con motivo de su muerte, una miniatura maestra de apenas catorce compases en compás de 6/8, y la tituló La resurrección de Tarleton. Me chocó la resonancia del título en una danza tan poco pretenciosa, y cierta nostalgia camuflada tras la aparente ligereza de la melodía.

No he podido averiguar mucho sobre ese cómico cuyas bromas aún se escribían en las paredes de los urinarios de Londres doscientos años después de su muerte. Tarleton, payaso predilecto de Isabel I, miembro de la compañía real (The Queen’s Men), Lord of Misrule tantas navidades seguidas, genio de la improvisación, autor de baladas inmensamente populares, y tal vez el hombre en quien Shakespeare pensó al escribir el papel de Yorick, murió arruinado. Dicen que habiendo dilapidado su fortuna en el juego. Le precedían también otras famas: de bebedor, de jaque y de trilero.

Poco más. El siglo XVI está a la vez dos esquinas más allá y en algún lugar ya inalcanzable para nosotros. No se conoce más que un retrato de la época que muestra a un gañán de pelo ensortijado y nariz rota con un flautín en la boca, un tambor a la cintura y una faltriquera colgando de un cinto de cuerda. Su único drama conocido desapareció. Por supuesto, la recopilación escrita de sus chanzas (Tarleton’s jests) es posterior a su muerte y de dudosa fiabilidad.

Por mi parte, estoy seguro de que su legendaria imbatibilidad en los duelos verbales y su desgraciado final tuvieron mucho que ver con su trato con los simples, los borrachos y los desamparados de Londres. Strange fruit".
 
***
 
Matar a un ruiseñor es un grave pecado, porque lo único que hace es cantar para regalarnos el oído.