lunes, 15 de diciembre de 2014

(3) Llave maestra



(Cont. (2) Ocho días de diciembre)

Para los “soldados desconocidos del Imán Zaman”, es decir, para los agentes del Ministerio de Inteligencia y Seguridad, era evidente que Emadeddin Baghi y Akbar Ganji tenían algo más que una hipótesis sobre quién manejaba los hilos y unos nombres de fantasía. Pero Irán no es Kuwait, y ha logrado mantener contra vientos y mareas de distinto signo una capa de la población que se resiste al adoctrinamiento más descarnado. Desaparecerlos sin más, con los reportajes aún en boca de los persas, no hubiera sido conveniente.
 
Existía otra fórmula que había funcionado bien en otros tiempos y otras latitudes: condenar los asesinatos, reconocer que la rabia se había propagado dentro del rebaño y designar al perro que habría que sacrificar. Como cabía esperar, el perro era un agente de la CIA y por demás judío. Para representar el papel de Beria se nombró al segundo del Ministerio, Saed Emami. Que también interpretó a la perfección el segundo acto de la obra suicidándose mediante el poético procedimiento de beberse a morro una botella de vajebi, un brebaje depilatorio. Un gran embuste tiene más posibilidades de prosperar cuando lo ribeteamos con un adorno tan poco plausible que nos haga recelar que sea verdad.
 
Scherezade había elegido bien a Emami. Entre los círculos opositores era conocida su preferencia por liquidar a los opositores insertándoles supositorios de potasio por el ano. Sin embargo, ató mal uno de los cabos: el suicidio de Emami se anunció en junio de 1999, con un retraso de seis meses. Los dos periodistas volvieron a las andadas. Año y medio después, Ganji puso nombre y apellido a Llave maestra: Ali Fallahian. Nuestro Malenkov en el drama.
 
Los acontecimientos volvieron a precipitarse. Ganji y Baghi desaparecieron durante unos años en la cárcel de Evin. Saed Hajarian, el editor del Sobh Emrouz que había dado el visto bueno a la publicación de los artículos, recibió un tiro que le atravesó la  mandíbula, se incrustó en su cuello y le dejó parapléjico y mudo de por vida. Y la viuda de Emami confesó, tras algunas jornadas de interrogatorio cuyas imágenes llegaron tras un tortuoso periplo a Londres, que viajaba cada dos meses a Canadá para informar a la CIA y que había hecho todas las maniobras necesarias para convertir Teherán en un campo de minas. No era judía, pero reconocía que mantenía relaciones lésbicas siempre que podía. Que no es lo mismo, pero es igual.
 
Fotogramas del interrogatorio de Fahime Nowgourani,
viuda de Emami  

domingo, 16 de noviembre de 2014

(2) Ocho días de diciembre

Mohammed Mojtari, Mohammad Jafar Pouyandeh, Parvaneh Foruhar, Dariush Foruhar
 
 
Los niños clérigos se hacen adultos, el Sha de Persia siguió cultivando su cáncer en El Cairo, los revolucionarios comenzaron a perseguir shaístas y comunistas con la misma saña que habían puesto en ellos las hienas del Savak, y Alí Jamenei empezó a sentirse demasiado acompañado. En vista de lo cual decidió organizar un torneo de poesía revolucionaria. Para separar el grano de la paja.
 
Cualquiera puede escribir poesía revolucionaria. Basta con mezclar los consabidos sustantivos y adjetivos para obtener un estofado de rancio sabor islámico-revolucionario. Mohammed Mojtari sabía muy bien cómo escribir estrofas revolucionarias, pero declinó la invitación de su antiguo compañero del Círculo Literario Ferdowsi. En cambio, optó con Mohammad Jafar Pouyandeh por convocar a la clandestina Asociación de Escritores Iraníes.

El 3 de diciembre de 1998 Mohammed Mojtari bajó a hacer unas compras a la esquina. A medianoche el adolescente Sohrab Mojtari se inquietó por la tardanza del padre y llamó a su hermano mayor, Siavash. El 4 de diciembre una patrulla de Aminaban encontró un cuerpo en el solar de una fábrica de cemento del extrarradio de Teherán con una libreta, un lápiz y un cinto de cuero al cuello. La tarde del 9 de diciembre Pouyandeh no regresó de una reunión con su editor a su apartamento al norte de Teherán. Su esposa inició una búsqueda enloquecida por los hospitales y comisarías de Teherán. El 10 de diciembre Siavash acudió solo a la morgue e identificó al padre. El 11 de diciembre la esposa de Pouyandeh recibió una llamada de la policía. Le habían encontrado en la carretera de Badamak, a veinticinco kilómetros al oeste de Teherán, estrangulado con un cinturón de cuero.

En realidad, todo había empezado mucho antes y lejos. Bija Fazeli en Londres. El General Oveissi en París. Chitgar en Viena. Gholam Keshavarz en Chipre. Ali Kashefpur en Estambul. Ghassemlou, otra vez Viena. Farrokhzad en Bonn. Y luego Roma, Suresnes, Karachi, Estocolmo, Dubai, Berlín. No había guarida segura. Ni siquiera la plácida Ginebra: Kazem Rajavi buscaba sitio donde aparcar junto al embarcadero de Coppet cuando dos coches le cerraron el paso. Monsieur Y., el primer vecino que se acercó al silencio, le vio chorreando sangre por los doce surtidores que le habían abierto en el pecho. El motor seguía encendido. Al vecino le pareció que el cuerpo "sudaba vapor". La gendarmería suiza suspendió el vuelo de Iran Air. Se especuló sobre la participación de las brigadas europeas de Arafat. Se dijo que el régimen había contratado a Carlos. Se contaba que los agregados diplomáticos y los delegados iraníes del Palais eran en realidad oficiales del Savak.

Pero en esos ocho días de diciembre sólo dos periodistas habían empezado a atar cabos y poner, respetando la más excelsa tradición persa, nombres a los responsables: su Excelencia en Rojo, Su Excelencia en Gris y Llave Maestra.

sábado, 1 de noviembre de 2014

(1) Perdiz esquiva



A Alí Jamenei le gusta la poesía porque su madre le recitaba en un sótano de Mashhad los versos de Hafiz mientras su padre, cada día al caer la tarde, resolvía las vacilaciones de los estudiantes coránicos en el piso de arriba.

A los 11 años Jamenei llevaba ya el turbante negro que identifica a los sayyid, los descendientes directos del profeta, un jubba hasta los tobillos que le impedía patear balones en el patio y unos anteojos gruesos sobre un bozo prematuro, todo lo cual no le hacía muy popular.

Los gazales de Hafiz parecen borradores de un mismo texto, con el consabido depósito de sustantivos y adjetivos de la poesía oriental. Un entrenamiento temprano en gazales, casidas y masnavis asegura grandes ventajas, porque basta con volver a mezclar los ingredientes para obtener un estofado de rancio sabor persa y pedir el ingreso en el Círculo Literario Ferdowsi. Allí conoció a los 16 años a Mohammad Jafar Pouyandeh y a Mohammed Mojtari. Recuerden estos nombres. Eran los años inmediatamente anteriores a la Revolución. El Sha de Persia vigilaba con el mismo celo a clérigos islamistas y a comunistas panarabistas.

vino                 lacerado
gacela              dulce
brisa                esquiva
andar               amargo
perdiz              perfumada
corazón           altivo

Alí Jamenei es también conocido por racionar su sonrisa. Esta habilidad no fue ardid de juventud. Lo dice Houshang Asadi, el comunista iraní con quien compartió 1974 en Komiteh Moshtarak, la cárcel de máxima seguridad donde perfeccionaban su método las famosas hienas del Savak. Años después, cuando el joven clérigo ya dirigía la oración del Viernes en Teherán, lo contó John Limbert, uno de los rehenes americanos a quienes Jamenei visitó para cerciorarse de que los estudiantes revolucionarios honraban la proverbial hospitalidad persa. Lo ha dicho hace cinco años el obispo episcopaliano de Washington John Chane, que se desplazó con la hueste de Neturei Karta y otros adoradores del Libro hasta Irán para hablar del padre común, Abraham avinu, y acabó implorando una mueca del Líder Supremo.

Alí Jamenei, que se hizo niño clérigo en un cuchitril de adobe de Mashhad, contiene la sonrisa como la mano diestra aferra la empuñadura en torno al gaznate de la gacela - que diría un masnavi-, aguardando a que repte hasta él primero el desconcierto y luego el terror. Y como la boa constrictor, sólo afloja los anillos cuando lee en sus ojos la rendición. La presa recibe la sonrisa con profundo alivio. La sonrisa es siempre arbitraria, y en ese antojo está la verdadera fuente de la sumisión.

A Alí Jamenei le gustan los niños porque los niños no dan sombra. En este extravío de la sensibilidad vuelve a parecerse a Stalin, a quien también le gustaba componer odas, escuchar al gramófono a los remeros del Volga y acariciar las mejillas de los huérfanos ucranianos. Y a Ibn Tughluq, el sultán de Delhi, de quien nos llegó una crónica.

Se cuenta que al amanecer el patio de su fortaleza en Delhi sembrado de pasquines injuriosos, y viéndose incapaz de identificar a los conspiradores, Ibn Tughluq decidió cortar por lo sano vaciando la ciudad y trasladando la capital del imperio a Deogir, a cuarenta jornadas de distancia. Dio un plazo de tres días a los habitantes y al alba del cuarto día envió a la breve cohorte de guardias que había conservado consigo a rastrear la ciudadela. Los pretorianos sólo pudieron encontrar a un tullido y un ciego que vagaban sin propósito ni esperanza. Cargaron al tullido en una catapulta y lo lanzaron por sobre las murallas a campo abierto. Obligaron al ciego a abandonar la fortaleza, e Ibn Battuta consigna que lo único que los buitres dejaron de él a veinte leguas por el camino de Deogir fue el fémur izquierdo. Misión cumplida, Ibn Tughluq subió esa noche hasta los tejados de palacio, y desde allí contempló los suburbios oscuros y desiertos de Delhi.

"Ahora, dijo, mi corazón está tranquilo, y mi cólera apaciguada".

A Alí Jamenei le gustaría, como al sultán de Delhi, no morir nunca y que nunca nadie le sobreviviese. Querría escapar a la muerte, para lo que sería muy necesario que nadie pudiera dársela. Por eso raciona su sonrisa con precisión de boticario. Le gustan los niños y la poesía, porque querría que le temiesen pero no desea que le odien. Querría ser solo, pero no se hace a estar solo.

sábado, 16 de agosto de 2014

Caravana

 
 
En una cuartilla, anota paradas y fondas sujetas al capricho de su voluntad y al arbitrio de las circunstancias. Madrid ---- Barcelona [kabalat Bogatell]- Perpignan [macizo de Canigou, fenicios] - Béziers [suicidio de Anne Magnan]- Sète [cette tombe en sandwich entre le ciel et l’eau]) / Montpellier [hugonote Galonges] - Nîmes [el sueño de Belmonte] - Avignon [J.] - Orange [los galos cautivos] - Valence [Rhône, Aníbal] - Grenoble [padre] - Chambéry [Tristana] - Genève.
 
Lo que mina esas notas aparentemente crípticas de pistas biográficas.
 
Pero el escueto plan de vuelo se violará con la misma arbitrariedad con que se formuló.
 
Por ejemplo, porque la luz traicionera del crepúsculo le disuade de seguir por la N-II.
 
En sentido contrario avanza la escuadra de camiones que atraviesa la península del noreste hasta La Carolina cargada de tractores, embarcaciones, cerdos, módulos de casas portátiles. No el solitario camionero psicópata de la película de Spielberg. Miles de ellos, una caravana rugiente que arroja haces de luz sobre la carretera y la sume en un relumbre intermitente en el que no es posible ya distinguir ni líneas ni arcén.
 
Renuente pero resignado, se aparta en el primer motel de gasolinera que encuentra. Alfajarín.
 
Vinieron pegados a la fachada de la depuradora. Ella, bastante más alta que él, lucía un vestido rojo ceñido sobre los pechos abundantes, zapatos de plataforma, un maquillaje de fantasía que alternaba en torno a los ojos y la boca el café con el carmesí, una cabeza desproporcionadamente grande sobre un tronco recto y ancho, una extraña manera de bracear al caminar. Todo el efecto era el de un calamar gigante que se hubiera arrastrado desde las profundidades oceánicas hasta la orilla, donde los bañistas miran entre incrédulos y aterrorizados.
 
Los bañistas, que acaban de orillar su piara en esta llanura al pie de los Monegros, beben en parejas o tríos en la terraza del motel, siguen a la criatura con la mirada, cuchichean, y en el ademán de él, de baja estatura, enjuto, prognato, camiseta de tirantes, pantalones verdes pistacho, botines de goma negra recauchutada, esclavas y colgantes, oro y plata, se lee a la vez vergüenza y orgullo, orgullo de su vergüenza.
 
Ésta es mi vergüenza, parece querer decir, y parece también que si acaso estaría dispuesto a retarse por ella, si acaso los bañistas.
 
A la una todos siguen en sus puestos. La noche es tan bochornosa, el estruendo sordo y constante de la depuradora y el rugido alterno de los camiones tan imponente, tantos los mosquitos abalanzándose desorientados sobre los focos, inmovilizados en la pared blanca, flotando en el alcohol de los vasos, que nadie puede concebir en las mazmorras alquiladas del segundo piso la posibilidad del descanso.
 
La criatura y su chulo hablan en un susurro. Pero a veces llegan algunas frases entrecortadas, palabras que han logrado descabalgar en el último momento de ese estruendo que avanza en oleadas desde el este. El conductor imagina un ejército que se aproximara desde un valle próximo pero oculto a la vista haciendo retumbar la tierra bajo sus pies, que pasara frente a los bañistas con todo su despliegue de timbales, relinchos, lamentos, pasos, órdenes gritadas y volviera a perderse en su marcha hacia el siguiente valle.
 
Él dice que no sueña. Ella dice que sí sueña. A él no le interesan los sueños. Él tiene la voz más aguda que ella. Ella, dice, sueña con buitres. Él no la mira. Ella tiene las manos más grandes que él. No uno ni dos, bandadas enteras de buitres. Los bañistas no pueden apartar los ojos de ella, aunque ya nadie duda de la imposibilidad de esos pechos. Buitres posados sobre el saliente de un edificio, buitres en liza o un festín de buitres en corro sobre una pieza. Él mira hacia los surtidores, sigue con indiferencia la marcha de todos los ejércitos, de derecha a izquierda sobre la carretera, de Fraga hacia La Carolina, por valles y valles hasta llegar a un sándwich de tierra entre el cielo y el agua.

jueves, 24 de julio de 2014

Héctor

Foto: Josef Koudelka
 
"Cada letra me cuesta una gota de sangre. Escribir una cuartilla completa me parece una empresa demencial. La lengua, que durante años fue un fiel servidor, se ha transformado en un laberinto envuelto en una niebla impenetrable. Un amo implacable que arranca de mí lo que quiere, me abochorna dejando al descubierto mis incongruencias, mi torpeza, mis deslices, mi desorientación.
 
Durante el día observo lo que tengo a mi alrededor. Observo sin ninguna voluntad de entablar relación con lo que veo ni afán por retenerlo. Como un nacido sordomudo y ciego, así en ese aislamiento, salvadas ciertas formas de cortesía, se disuelven los días. Durante la noche, apaciguados por el silencio y la oscuridad los estímulos, observo el pasado desplegarse dentro de mí.
 
El pasado es, en esencia, una construcción. Me preocupan las falsedades que haya podido ir acumulando en él. Aunque sé que todo intento de desconstrucción no sería sino un repliegue de la propia consciencia sobre sí misma.
 
Esto, supongo, es lo esencial. Pero insistentemente aparecen imágenes que difícilmente, por lo arbitrarias e inconexas, por su inutilidad en el relato, podrían formar parte del autoengaño. Por ejemplo, Héctor.
 
Héctor, un mastín que delataba su bastardía en la capa pinta y su nobleza en el doble espolón de sus patas traseras, no fue, desde luego, mi primer perro. Cuando llegó a casa era un cachorro y yo casi un adolescente. Me alcanzó enseguida, y durante unos años se podría decir que tuvimos la misma edad.
 
Por aquel entonces ya había pensado en la falsedad de lo vemos. De alguna forma intuitiva sabía que las imágenes no son la realidad, sino más bien la forma que damos a las ideas, nuestro particular retorcimiento de la realidad.
 
Las polillas sobre las que hacía su tesis doctoral J.Y., el terror que sentían cuando se extraviaban en un haz de luz. Las arañas que anidaban en el Callejón de los Frailes y surgían de entre las grietas al percibir nuestra presencia, maneando a modo de saludo sus patas como alambres. Los rabilargos, los galápagos, las lagartijas, las chicharras, los lironcillos, las ranas de San Juan, los golondrinos del patio de SA. Los pollos de plumaje gris azulado del corral de Alcollarín. La transmigración de los gusanos que escondía bajo la cama en crisálida, mariposa, de nuevo larvas y luego, pensaba mientras observaba en la oscuridad a través de los agujeros perforados de la caja de zapatos, en esta camiseta de pijama. Los innumerables rebaños de cabras y vacas que mi padre reponía cada año en pastos incapaces de alimentarlos. La larga agonía de la yegua torda que fue mi primera cabalgadura a la orilla del arroyo Lanchal. La murena que me tentó el muslo en un intento desesperado por ahuyentarme en el acantilado de Salina. La paloma que un marinero escocés soltó en medio de la tormenta de nieve sobre el mar del Norte para demostrarme que volvería, que volvía, que volvió.
 
Todo aquello me había puesto ya en estado de alerta.
 
Pero fue Héctor quien me brindó la prueba definitiva al mostrarme que la distancia que media entre la mirada inquisitiva del hombre y la mirada dispersa del perro era siempre la misma, se midiese desde un extremo o desde el otro.
 
¿Qué si no puede significar que esta noche haya soñado que moría, que rebuscaba en el bolsillo unas monedas con que ganarme al barquero elíseo, y que en la otra orilla me aguardaba, revestido de pan de oro como el Cristo de Monreale, Héctor con su mirada extraviada?"

domingo, 29 de junio de 2014

Hannibal ad portas

Los Alpes. La mejor forma de hacerse una idea de su forma y su estructura sería sobrevolarlos. Pero un vuelo ordinario no permitiría ver el macizo de un extremo a otro, ni siquiera en aeronaves que alcanzan una altitud de crucero elevada (unos 10.000 metros), y embarcar en un satélite de observación para divisarlos a 700 kilómetros de altitud no es una opción viable.
 
Muchas noches evoca esta imagen cuando el sueño le rehúye: un ave ficticia, una gallinácea prehistórica, alza el vuelo en el cuerno sudoccidental de la cadena, en la Saboya o el Delfinado, y sobrevuela a placer hasta el espolón oriental, que va a morir en los bosques de Viena y el Leopoldsberg y empalma con la cordillera de los Cárpatos. 
 
Lo que ve durante el trayecto hasta que el sueño le vence es una versión algo más cercana que la que muestran las imágenes satelitales de GeoEye y QuickBird:   
 
 
Allí arriba, la gallina colosal divaga, como dicen los nadadores de fondo que les sucede cuando el cuerpo ha automatizado el ritmo y la mente se libera de ataduras. 
 
En uno de esos vuelos nocturnos, al sobrevolar los Alpes occidentales justo por encima del triángulo que invaden Francia, Suiza e Italia, le sale al paso la Col de la Traversette o la Col du Clapier y recuerda la expedición de Aníbal. Divaga. Antes siquiera de perderse en razonamientos, mientras deja a la cola esas cimas y encara indolente las cumbres del Chablais, conoce la  conclusión. La conclusión que estaba en el principio mismo: en el juramento que Aníbal pronuncia ante su padre a los diez años.
 
Divaga mientras bate las alas por encima de Sión. Qué empujó a Aníbal hasta la batalla de Cannas, una victoria sobre Roma que llevaba en sí el germen de la derrota. Ahí está el Lemán, las aguas pardas del Arve cargadas de limo, las aguas esmeraldas del Ródano. El peso del mandato paterno. En el principio está el fin. Terminarás con lo que empezaste. Si acaso Aníbal se hubiera detenido a pensar que era el producto de una obsesión. Divaga cuando encara el glaciar del Ródano.

Si acaso hubiera tenido la lucidez de Pirro (una victoria más como ésta y volveré solo a casa). Divaga ante las nieves perpetuas del Eggfirn. El firn, la traicionera nieve de los inviernos pasados. Y si las cifras de Polibio fueran correctas (cifras que ante la claudicación de la conciencia ahora bailan), ¿qué paso utilizaron los 38.000 infantes, los 8.000 jinetes y los 38 elefantes? Un lobo con piel de cordero, apariencia de nieve y consistencia de hielo.
 
Divaga el ave mientras los párpados caen. ¿Y en qué desfiladero se perdió casi la mitad del ejército a manos de los alóbrogues? Los alóbrogues, los volcas, el cañón de la Combe de Queyras, los desprendimientos, el vinagre que disolvía las rocas. ¿Cuántos metros cúbicos de vinagre bullendo en la imaginación de Livio hacen falta para disolver doscientas toneladas de granito?  
 
El último pensamiento en resaca está unido al ejército mermado y exhausto, al fin en la última cima alpina, sobre la llanura del Po, y al poseído señalando a sus soldados la tierra prometida: “Aquello que veis allí es Italia”.


 

viernes, 23 de mayo de 2014

Cuando en lo alto

 
 
 
De las similitudes entre el Enûma Elish babilónico y el Génesis, la que más llama la atención es la visión del mundo como una burbuja suspendida entre dos masas de agua. Dice el poema oriental:
 
Cuando en lo alto el cielo no
había sido nombrado,
no había sido llamada con
un nombre abajo la tierra
firme
 
Así que todo era agua y oscuridad, como en los primeros versos del Génesis, hasta que Marduk venció a Tiamat y seccionó su cuerpo en dos mitades, dos caparazones con los que contuvo las aguas.
 
A veces, ese agua sostenida por la bóveda celeste o por la tierra firme para que las criaturas podamos sobrevivir se filtra, y es la lluvia o son los ríos.
 
A pesar de las semejanzas de las metáforas visuales, el mundo del Enûma Elish es radicalmente diferente al descrito en el Génesis.
 
Los dioses del EE, además de ser multitud, no son omnipotentes. El panteón babilónico está sujeto a las leyes del azar, y los poderes de unas divinidades contrarrestan los de otras, un tanto como entre los dioses griegos. Por debajo de los dioses están los hombres, creados con el fin exclusivo de hacerles más placentera la vida a aquéllos.
 
Pero sobre todo, en el mito de la creación del EE el mal forma parte consustancial de lo creado, está allí desde el principio como una materia más; el mundo es un espacio amoral en el que no tendría sentido que existiese un jardín y en el jardín una higuera y entre sus ramas la posibilidad de pensar como un dios.
 
¿Es posible que J el yahvista y E el elohísta fueran conscientes, cuando dictaron los primeros versos, de que estaban incendiando el continente con lo que para otros no era sino una caja de cerillas?

martes, 6 de mayo de 2014

Forget me not

Mihaly Zichy (1906)

"Mayo es mi mes favorito. Todo lo que ocurre estos días lleva la marca de su bendición.

Capítulo crianza. Han nacido cuatro pollos de los españolitos. Me divierto observando el carácter descarado de estos pájaros, mucho más pequeños y finos sin embargo que los timbrados. S. no entiende cómo soy capaz de distinguir, por su forma de piar, si se han quedado sin agua o si tal hembra anda hoy con el ánimo torcido. Le cuento la historia de la murena de Craso. Claudio Eliano, que vivió en Roma en tiempos de Septimio Severo, cuenta que Craso (tío del triunviro) tenía en su estanque una murena engalanada de collares de piedras preciosas, perfectamente domesticada. Acudía a su llamado y comía de su mano. Corría en la ciudad el rumor de que estaba perdiendo la cabeza, pues pasaba horas junto a ese pez feo, basto y agresivo que no volvía a escurrirse bajo el agua hasta que Craso no daba por terminado el monólogo. Si es posible mantener esa relación con una murena, qué no podrá ocurrir con un timbrado.

Capítulo familiar. Sueño con mi padre. Los encuentros son apacibles y me despierto sintiéndome afortunado de haber pasado un rato con él. A veces, el sentimiento de gratitud cede paso a la tristeza, pero me recupero. ¿Acaso no le he visto realmente? Normalmente echamos el sueño en el campo, o sentados en el porche hablando de política, cercas o potros mientras vemos caer la luz sobre la buitrera.

Capítulo trabajo: siempre se trata de lo mismo, una gran partida de ajedrez en la que desconoces la posición exacta de las piezas negras. Sabes que están en el tablero, invisibles en alguna cuadrícula tal vez cercana a tu rey. En ocasiones puedes deducir la diagonal precisa en que se encuentra un alfil de forma más o menos matemática, pero la mayoría de las veces se trata más bien de una especie de sortes virgilianae en que hubiéramos perdido los capítulos centrales de la Eneida. Cualquier otro trabajo me aburriría.

Capítulo escritura. Escribo poco, pero no tengo tentaciones de hacer una hoguera con ello al día siguiente. Releo a Danilo Kiš, Circo familiar, y me felicito de tener tan mala memoria y sorprenderme de su talento a cada página. Más: éstos son los conocidos versos de Longfellow de los que te hablaba ("Barcos que cruzan la noche, y al cruzarse entre sí se hablan"). Forman parte de Tales of a Wayside Inn, que L. escribió en un período de luto.  

Ships that pass in the night, and speak each other in passing,
Only a signal shown and a distant voice in the darkness;
So on the ocean of life we pass and speak one another,
Only a look and a voice, then darkness again and a silence.

Si además estuvieras mi felicidad sería completa.

Forget me not".

sábado, 26 de abril de 2014

Earthrise

Foto: Ansel Adams

Earthrise (Monólogo del astronauta)
 
Todos las mañanas me levanto a contemplar la salida de la Tierra. Así que esto era. Extrañado de ella, verla como es, fárrago de aire, agua y barro volando en círculos como un halcón sobre sí misma. Ensimismada.

Recorrerla de una sola vez entera a golpe del potente telescopio del recuerdo. Una leonada tarde de septiembre en la más humilde de las Eolias. La furia amarilla del calor ladrándonos en las horas insomnes de la siesta extremeña. Eran las lágrimas de Pablo en Montevideo por una culpa que no tenía. El resplandor cobalto de las nieves corriendo a derretirse a las orillas del Michigan. Bruselas: el tedio dominical de una infancia sin pantallas. Fuegos de artificio sobre la inmóvil escama del Pacífico. El bullicio del Tíber bajo nosotros un veinte de junio de mil novecientos ochenta y seis. Érase en Damasco un arma temblorosa nunca disparada. Noche en pasaje de tercera en un barco que cabalga a lomos del Tirreno. Un anciano y dos gallinas en una estación de autobuses de Madrid; el anciano llora. Un incendio de mástiles mientras dormíamos junto al cabo Ténaro. Son los cipreses que no dan sombra a la tumba del amigo en Jerusalén. Un iceberg a la deriva hacia las aguas del Trópico.

Esto era, mirarla despuntar a tantas brazas de profundidad y cada mañana encadenarme a este largo meridiano del amor y del dolor que me une a ella.

lunes, 21 de abril de 2014

Los niños Pliner (y 2)

 
Evald Mikson, en el centro de la fila inferior

20 de diciembre de 1941. Informe de la Prefectura de Tallin-Harju al jefe de la Policía Política, J. Pinka

Pliner, Jüri, casado con Sofie Pliner, ambos de raza judía. Sus tres hijos son David (n. 1934), Mirjam (n. 1927), Siima (n. 1934). Se desconoce el domicilio de los padres. Los niños viven ahora en la calle Nurme 39-7, distrito de Nõmme. Información: Elisabet Litzenko, Nurme 39-7, Nõmme.

Fdo: R. Pinka. Nõmme

29 de diciembre de 1941. Comunicación de Ervin Viks, jefe de la Policía Política de la Prefectura de Tallinn-Harju, al Hauptscharführer de las SS Dörsam, sobre las medidas a adoptar respecto a los niños Pliner.           

Mit u/Heutigen teilen wir Ihnen mit, dass 3 Kinder des Juden Pilner, Jüri (exekutiert) und seiner Ehefrau Sofie (Befinden unbekannt):

          David geb. 1934
          Siima   "  1934
          Mirjam  "  1927

gegenwärtig sich bei Elisabeth Litzenko, Nõmme, Nurme 39-7, befinden.

Wir bitten Sie um Ihre Stellungnahme in dieser Abgelegenheit.

Fdo.: E. Viks

30 de diciembre de 1941. Comunicación del jefe del Departamento de Información de la Policía Política (Prefectura de Tallin-Harju), Evald Mikson, a la inspección de policía de Nômme

Solicito aclaren la raza y religión de los sospechosos Taavet, Siima and Mirjam Pliner, así como la raza y religión de sus padres.

Fdo.: EM. Tallin

15 de enero de 1942. Respuesta del oficial A. Hane, del Departamento de Policía de Nõmme, a la anterior solicitud.
 
Al ayudante en jefe E. Ott.

Según información procedente de nuestros archivos, los hijos de Jüri Pliner, Taavet, Siima y Mirjam (no Miljan) son judíos de raza y judíos de fe. Sus padres son también judíos y de religión judía.  

Fdo.: A. Hane.

8 de marzo de 1942. Informe del oficial  L. Ranne sobre la familia Pliner

Jüri Pliner y su esposa Sophie son de raza judía, según consta en varios documentos del Ministerio de Interior.

Los niños son de su primer matrimonio, celebrado con fecha 31 de julio de 1923. Pliner se divorció el 31 de enero de 1941 y volvió a contraer matrimonio el 20 de agosto de 1941 con Elisabeth Letnikov, nacida en Polonia y de raza rusa.

Se verifica que los niños son judíos, pero Elisabeth Letnikov no. 

Fdo: L. Ranne

21 de marzo de 1942. Decisión del Sturmbahnführer de las SS Seyler, jefe del Departamento AIV de la Policía de Seguridad alemana en Estonia, sobre los niños Pliner

Die Kinder des Obengenannten mit Namen David, Siima und Mirjam sind zu exekutieren. 
Frau E. Letinkov ist unter Polizei-Aufsicht zu stellen.

Fdo.: Paul Seyler
 
***
 
Ni una sola de las personas que intervinieron en esta correspondencia, salvo tal vez el oficial Pinka en un campo de trabajo soviético, respondió por sus actos después de la guerra. La ruptura de relaciones con la Unión Soviética y un concepto pacato de la jurisdicción universal paralizaron la demanda de extradición de Ervin Viks, que envejecía plácidamente en Australia. La intervención de la justicia finlandesa llegó demasiado tarde para Evald Mikson, el ex cancerbero de la selección estonia, que se entretenía viendo prosperar a sus vástagos en las ligas de fútbol escocesa y alemana. Sandberger, el máximo responsable de todos ellos, fue condenado a muerte en 1948 y era un hombre libre en 1958.

It ain't over till the fat lady sings. Me aferré a esta creencia hasta que con los años descubrí que la dama cantaba para otra compañía y hacía ya tiempo que había entonado su última nota.

***

Los niños Pliner siguen enterrados en alguna parte del bosque de Männiku, seis kilómetros al sur de Tallin. Fuimos, y las únicas muescas de lo que pasó allí eran zonas acordonadas con las minas que fueron sembrando los alemanes, y a la vuelta nos bajamos a hachazos una botella de Vana Tallinn que mi estómago aún no ha digerido.


 

jueves, 17 de abril de 2014

Nota (De Atenas y Jerusalén)

 
De la tradición de estudiar el Libro desde todos los prismas concebibles, y del afán por desmenuzar generación tras generación cada una de las posibles interpretaciones, estas conversaciones de final imprevisible.
 
Todo empieza con un análisis aparentemente simple y literal. Abraham Ha-Ivri. Av, hamon, ivri: padre, multitud, el que cruza al otro lado. Sospecho, lo sospechamos todos, que quien lo escribió simplemente quería decir que para llegar de Ur Kasdim a Harán Abraham tuvo que cruzar el Éufrates. Pero qué habría sido de nosotros si no hubiéramos sido capaces de prescindir de los detalles de la geografía caldea para acabar en una discusión sobre el sentido metafórico del “otro lado”.
 
[Mientras A. y Ch. siguen desenmadejando el hebreo por un camino en el que me pierdo, recuerdo una conversación en que alguien preguntó a qué se debía la sobrerrepresentación judía en las humanidades y las ciencias. Resultó complicado explicar al suspicaz (en cuya cabeza revoloteaban oscuras potencias financieras y mediáticas) que en cualquier campo la superación del paradigma requiere grandes dosis de libertad interpretativa y de imaginación, y que el Talmud es una escuela insuperable donde hacer músculo].
 
Es Ch., el más entrenado en esa escuela, quien estira ivri hasta llegar al culto a la justicia entre los hebreos y los griegos, a las relaciones entre la doctrina social de los profetas y la constitución de los atenienses, al hilo que une a Isaías (“¿No es éste el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de impiedad, soltar las coyundas del yugo, dejar ir libres a los oprimidos, y romper todo yugo?”) con Solón.
 
Se levanta, busca y lee:
 
“Podría testimoniar de esto en el tribunal del tiempo la gran madre de los dioses olímpicos, la excelente, la Tierra negra, de la cual antaño arranqué los mojones en muchas partes ahincados; ella, que antes era esclava y ahora es libre. A Atenas, nuestra patria fundada por los dioses, devolví muchos hombres que habían sido vendidos, ya justa, ya injustamente, y a otros que se habían exiliado por su apremiante pobreza... A otros, que aquí mismo sufrían humillante esclavitud, temblando ante el semblante de sus amos, les hice libres... []He dado una ley igual al hombre miserable y al pudiente”.

Más tarde se abriría el gran abismo entre la cultura judaica y la helénica. Pero hubo un tiempo en que los grandes líricos de Sión y los poetas trágicos griegos, los profetas judíos y los legisladores griegos, bebieron de una fuente común, se alzaron, frente al resto del mundo, en la otra orilla del Éufrates.

martes, 8 de abril de 2014

Los niños Pliner (1)


Los alumnos de 6º grado de la escuela judía de Tallin.
En la fila inferior, primera a la izquierda, Miriam Pliner. En la fila intermedia, canoso, Samuel Gurin.   


Los niños de Jüri y Sofie Pliner, Miriam, David y Siima, tenían en 1941, respectivamente, 14 y 7 años. Miriam Pliner asistió a la escuela judía de Tallin hasta el año 1940, fecha en que las autoridades de ocupación soviéticas clausuraron todos los centros educativos y religiosos judíos del país y disolvieron las numerosas organizaciones de la comunidad. Es probable que los mellizos David y Siima Pliner estuvieran inscritos en la escuela de párvulos judía. En todo caso, en 1940, año en que deberían haber ingresado en el primer curso de la escuela de la calle Karu, y a lo largo de todo el año 1941, los días se les debieron hacer eternos en el apartamento paterno, en el entonces elegante distrito de Nõmme.
 
***

La situación, obviamente, no haría más que empeorar con la entrada de las tropas nazis en el país, en el verano de 1941. Para toda la comunidad y especialmente para ellos. 
 
Las primeras ejecuciones tuvieron lugar tan pronto traspasó la frontera, siguiendo los pasos de la Wehrmacht, el Sonderkommando 1A, a las órdenes de un hombre del que ya he hablado aquí, el infausto Martin Sandberger (I, II y III). Poco después, Drechsler, el Comisionado General del Reichskommissariat Ostland, dictó la consabida orden restringiendo los movimientos de los judíos en la ciudad y obligándoles a llevar cosida en la espalda y el brazo la estrella de David. Y en los primeros días de septiembre la Policía Política estonia, la estructura paralela organizada por la Gestapo para facilitar la identificación y arresto de los elementos indeseables, se presentó en Nõmme y detuvo a Jüri (Jehuda-Juri Pliner, en los archivos de la comunidad judía de Tallin de 1937).
 
Su acta de ejecución está firmada el 16 de septiembre de 1941. Tenía 43 años. A partir de ese momento, los niños Pliner quedaron a cargo de Elisabet Litzenko, la segunda mujer de su padre.
 
***

Sofie Pliner (Fuks)
 
La pista de Sofie Pliner (nacida Fuks) se había perdido un año antes. Tal vez, como muchos judíos que tuvieron el acertado instinto de temer más la posible invasión nazi que la brutalidad soviética, salvó el pellejo aceptando un traslado a Siberia. Tal vez con ella viajara también la primogénita de los Pliner, Schenny, nacida en 1924.
 
Así salvó también la vida Samuel Gurin, el que fuera director de la escuela judía de Miriam desde 1925 hasta su clausura, que terminaría la guerra ejerciendo de maestro en una escuela rural de Kazajstán. En 1945 regresó al país. A pesar de su pasado menchevique y bundista, los soviéticos (de vuelta en Estonia) le prohibieron ejercer su profesión de historiador. Malvivió unos años más impartiendo clases de lógica y psicología.  

En cualquier caso, quienes no aceptaron la amable propuesta de deportación de Andrei Zhdanov, el comisionado de Stalin en Estonia, bien por razones económicas (probablemente el propio Jüri Pliner, reacio a abandonar su consulta dental en Tallin), bien por razones religiosas (el rabino Aba Gomer, que se negó a evacuar el país mientras quedara allí un solo miembro de la comunidad), o simplemente por minimizar el riesgo de invasión de las fuerzas alemanas (Haim Ratut, el hojalatero), no tuvieron mucho tiempo de arrepentirse de su decisión.
 
 
Pasaporte familiar utilizado por los Gurin de camino hacia la Unión Soviética
 
***
 
Esto es lo que llevaban los niños Pliner en sus dos maletas de cartón (una marrón, una beige), según consta en la última entrada del expediente:
 
12 pares de calcetines
9  faldas de varios colores
5 pares de guantes blancos
1 abrigo de invierno azul oscuro
1 bufanda de piel gris

Tan valiosa propiedad fue requisada por la autoridad estonia y diligentemente transferida a la alemana.

viernes, 4 de abril de 2014

Limpiarse el sudor y ver

 
 
Resulta difícil hablar, hasta con los más desprejuiciados, de las décadas más sangrientas de las Grandes Praderas, los años cincuenta a setenta del siglo XIX. Los humanos tendemos a leer en los hechos pasados de modo que el trayecto que conduce hacia un futuro que suponemos deseable se nos aparezca tan claro como un cadena de ADN. Nos tranquiliza poder decir: de aquellos polvos estos lodos, de aquella profecía esta utopía. Por desgracia para los especialistas y los espíritus mesiánicos, la historia rara vez es una revelación. Para zozobra de los progresistas más burdos, ni siquiera es una narración que mostrará siempre el perfil más favorecedor de los vencedores. Ars brevis et vita longa, y las tornas pueden cambiar en pocos años, a veces hasta presentar a los vencidos como ejemplos heroicos de lo que nunca fueron.
 
Por eso le cuenta a G., que a veces mira sin entender, que no siente más predilección por Roman Nose, el gran jefe cheyenne, que por William Philo (fatalidad semántica) Clark, el teniente del Segundo de Caballería que logró encontrar la paz y el tiempo necesarios entre la batalla de Little Big Horn y la batalla de Slim Buttes para escribir el gran tratado sobre la lengua de signos que utilizaban las tribus de las Praderas para comunicarse. Y que le aburren los debates del Plains Anthropologist sobre si la matanza de los colonos Hungate en Denver provocó la masacre de Sand Creek, si aquélla simplemente sirvió de justificación posterior a ésta, o si la brutal reacción de la alianza de sioux y cheyennes que venció en Little Big Horn tuvo su causa en el justo deseo de venganza de las mutilaciones y las impúdicas exhibiciones que los vencedores de Sand Creek hicieron de los cadáveres indios.
 
No es eso lo que le interesa, sino el polvo que levantaban en su migración anual las grandes manadas de bisontes entre los Grandes Lagos, el curso del Missouri, el Río Grande y la falda de las Rocosas hacia las Colinas Negras, y lo que dos parias como Roman Nose o Nathan Hungate pensarían al limpiarse el sudor para verlas.       
 
 
Jefe cheyenne. Foto: Edward S. Curtis
   

lunes, 24 de marzo de 2014

La luna sobre Qassium

Foto: Ansel Adams

No veía Hernández, sino algún suburbio de Damasco, el escenario más revisitado por sus sueños. Hacía cuatro días que tenía la copia de la fotografía de Adams en la mesilla. No se decidía a enmarcarla. Diez páginas de novela y estiraba la mano hasta extenderla entre las páginas. En el horizonte, no el monte Truchas, Tierra Amarilla, condado de Río Arriba, sino las sombras que arrojaba la luna creciente sobre la silueta del Qassium. Diez páginas más. La luna sobre Berzi, la luna de aquella noche convertida en metáfora de todas las lunas. La examinaba de nuevo como examina el cielo un piloto, en un barrido por zonas para asegurarse de que no pasa nada por alto. Y volvía a colocarla sobre la mesilla, cuidadosamente apoyada en ángulo sobre la pared. Diez páginas más. No recordaba en qué momento de la aburrida novela australiana se había dormido.

Y cómo no, soñó con Hernández-Damasco, y leones como los pintados por Gérôme durmiendo enrollados en las cañadas de Tierra Amarilla-Berzi, y saurios erguidos sobre sus patas traseras que trajinan por los caminos de tierra que conducen hacia el Truchas-Qassium, y una lluvia fina que va calando las matas del pedregal donde hay ¿un depósito de agua? ¿una planta depuradora? que debe servirle de refugio. Y entonces el teléfono.

El sonido le hace incorporarse bruscamente y la novela, que durante el sueño se ha ido desplazando hacia el borde de la cama, cae al suelo. Todavía tiene el instinto de mirar si la fotografía sigue a salvo en la mesilla. Dando tumbos llega hasta el teléfono y oye la voz. Pero la voz no responde.

jueves, 20 de marzo de 2014

She weeps over Rahoon



Quien haya leído Dublineses recordará tal vez a Gabriel Conroy devorado por los celos del primer amor de su mujer en el párrafo final de "Los Muertos", mientras Gretta duerme en la cama cercana y la nieve cae sobre la tumba de Michael Furey.
 
John Houston incluyó una versión muy alterada del párrafo en los minutos finales de "Los muertos".
 
La verdadera Gretta, Nora Barnacle, tuvo un amor anterior a Joyce (quien apenas se molestó en cambiar su verdadero nombre: Michael Feeney) muerto, como Furey, muy joven, y enterrado, como Furey, en el cementerio de Rahoon, a las entonces afueras de Galway. No está claro que Nora correspondiera a aquel amor, pero sí que sobrellevó un insuperable sentimiento de culpa por su muerte.
 
Joyce acudió solo a Rahoon. Lo que debió de pensar frente a la sepultura de Furey-Feeney está quizá reflejado en ese párrafo último de “Los muertos”, que, sin embargo, no deja entrever sus propias fantasías sobre lo que podría sentir Gretta-Nora. Esa fantasía, el verdadero origen de su tortura, aparece de forma más explícita en un poema escrito en Trieste en 1913, un año antes de que escribiera el cuento: She weeps over Rahoon.
 
Las dos traducciones de que tengo noticia, la versión de José Antonio Álvarez Amorós (JJ, Poesía completa, Visor, 2007) y la anterior de José María Martín Triana (JJ, Poemas manzanas, Visor, 1970) son mejorables. Les propongo otra, en la esperanza de haber captado algo de esa “danza del intelecto entre las palabras” de que hablaba Pound, que en este caso tiene mucho que ver con la capacidad para resolver el juego de verbos, sustantivos y adverbios del original (falls softly, softly falling / Sad ... calls me, sadly calling), y para salir airoso de las difíciles grey moonrise y moongrey nettles 

Llora sobre Rahoon

Cae la lluvia callada sobre Rahoon, calladamente cae
Sobre la tierra en que mi oscuro amado yace.
Triste me llama su voz, tristemente llama
cuando se alza en lo gris la luna.

Escucha, amor,
qué callada, qué triste su voz por siempre llama
por siempre sin respuesta, escucha la lluvia oscura
que caía entonces como cae ahora.

Oscuros también, amor, yacerán nuestros corazones, fríos
como yace su triste corazón
bajo las ortigas grises de luna, el musgo negro
y la lluvia que murmura.

En correspondencia con esta versión de She weeps over Rahoon, les propongo también esta otra traducción del párrafo citado al principio. Juega con parecidas repeticiones (falling softly, softly falling/ falling faintly, faintly falling) y también reaparece aquí, ahora en forma de monólogo interior, el hombre de la tercera estrofa, un Conroy herido de muerte por un pasado que no puede cambiar.

“Sí; los periódicos estaban en lo cierto. Nevaba sobre toda Irlanda. La nieve caía sobre la oscura llanura central, sobre las colinas despobladas, caía callada sobre el mégano de Allen y, más al oeste, callada sobre las revueltas y oscuras aguas del Shannon. Caía también sobre cada rincón del solitario cementerio de la colina en que yacía Michael Furey. Se acumulaba espesa en las cruces y losas encorvadas, en las rejas de la cancela, sobre los espinos sin vida. Su alma se desvanecía lentamente mientras oía la nieve caer lánguidamente sobre el universo y lánguida, como en el descenso hacia su último fin, caer sobre todos los vivos y sobre los muertos”.

Sólo había pasado un año, pero el pasaje en prosa es infinitamente superior al poema. Lo que ya es mucho decir.

viernes, 14 de marzo de 2014

Especies en extinción



 
Querido Y.:

Me reconozco en tus dudas. Si te sirve de consuelo, de ellas no se libra ningún judío pasado por la haskalá; que somos, salvando quizá algunas comunidades jasídicas que han logrado mantenerse milagrosamente al margen del mundo gentil y moderno, todos. Esas dudas se acrecientan si procedes de una familia laica que tenía por referencia las fuentes de las que bebió hasta hace cuarenta años la izquierda. Y no me refiero sólo a Marx, que obviamente era el mayor de los evangelistas. En casa de mis padres el nombre de Darwin era sagrado, y el retrato que colgaba de él en la sala lo conservo yo hoy en la mía. Lo primero que mi padre me llevó a visitar en Roma fue el Jardín de los Naranjos. Pero lo segundo, con semblante mucho más serio y aleccionador, fue la estatua de Bruno en Campo dei Fiori.
 
Todas mis dudas, que con el tiempo formaron un bloque cada vez más compacto que pensé nunca podría ni siquiera agrietar, se despejaron en una serie de encuentros con la persona más inteligente que he conocido nunca, A.G. Era un rabino reformista (aunque él afirmaba, con socarronería, que en realidad era un ortodoxo moderno, término que se negaba a reservar a quienes se limitan a esconder los tzitzit en los pantalones). Presidía entonces la mayor comunidad reformista europea y era rabino de la sinagoga de N., a las afueras de Londres. Conocía, desde luego, el Talmaj como la palma de su mano. Había recibido su formación en una de las escuelas rabínicas más prestigiosas del mundo, el Leo Baeck College, en el que hoy enseñan algunos de sus discípulos.
 
Mi primera conversación con él no tuvo nada que ver con el asunto que en teoría nos ocupaba. A. se había licenciado en biología y zoología y teníamos una afición común. Conocía especies extintas que yo nunca había oído mencionar. Fue él quien me habló por primera vez del asno sirio, de la ballena de Kutch y del General Sherman. Cerramos un largo paseo por Barcelona sin ni siquiera haber mencionado el Talmud. 
 
Pasaron seis meses, y en un viaje de vuelta con escala en Londres le llamé desde el aeropuerto. Sí, tenía tiempo, podíamos vernos. Cancelé sobre la marcha el vuelo que tenía programado esa tarde y me acerqué a N. Después de darle cumplida cuenta de mis averiguaciones sobre el asno salvaje de Mesopotamia, me preguntó: ¿Cómo van esas dudas? Creo, le dije, que podría resolverlas de un plumazo si aclarásemos lo del sacrificio de Isaac y lo del plural de Elohim. Bereshit bará Elohim et hashamayim ve'et ha'arets, etc. recitó. Ésa es fácil. Es sólo una trampa del hebreo antiguo. Es plural porque habla de las potencias reunidas. Discutamos antes lo más complicado: ¿Debemos actuar contra nuestros principios si Elohim nos lo pide? Le miré: eso, eso es. La respuesta es, dijo, rotundamente no; y eso es precisamente lo que nos dice la Torá a través de la metáfora. ¿De quién es la voz última que detiene a Abraham?
 
A. está mayor. Ha cumplido ya los ochenta. Es otra especie en extinción. No dejes de ir a verle.

Jag Purim Sameaj,
L. A.

miércoles, 26 de febrero de 2014

La balada de los cuervos (2) Versión escocesa

video

(The Corries. Lamentablemente, la versión de los Old Blind Dogs no circula por la red)

La versión de Los tres cuervos que se popularizó en Escocia, The Twa Corbies, conserva todos los elementos del aire original inglés: unos cuervos hambrientos, un hombre asesinado, un halcón, un perro de caza y una dama. La impresión que se tiene al escucharlas no es la de dos historias con final distinto, sino la de una misma escena narrada desde dos puntos de vista. Quien haya cumplido años se habrá enfrentado más de una vez a una situación en que uno de los protagonistas (tal vez él mismo) sostiene que el perro murió a los pies del amo, mientras el otro jura que le abandonó a la suerte de las inclemencias y las bestias de la carroña.

En efecto, no hay perro, halcón ni amada fieles en la balada escocesa. Todos ellos se han dado prisa en abandonar el cadáver, para regocijo de los cuervos. La melodía tiene un aire siniestro que contrasta con la dulzura de la versión inglesa. Así dice la letra (la traducción a inglés moderno de este escocés arcaico, aquí):
 
As I was walking all alane,
I heard twa corbies makin a mane;
The tane unto the ither say,
"Whar sall we gang and dine the-day?"
"In ahint yon auld fail dyke,
I wot there lies a new slain knight;
And nane do ken that he lies there,
But his hawk, his hound an his lady fair."
"His hound is tae the huntin gane,
His hawk tae fetch the wild-fowl hame,
His lady's tain anither mate,
So we may mak oor dinner swate."
"Ye'll sit on his white hause-bane,
And I'll pike oot his bonny blue een;
Wi ae lock o his gowden hair
We'll theek oor nest whan it grows bare."
"Mony a one for him makes mane,
But nane sall ken whar he is gane;
Oer his white banes, whan they are bare,
The wind sall blaw for evermair."
 
Una posible traducción:
 
En mi solitario paseo por el campo
escuché el lamento de dos cuervos;
Preguntaba uno al otro,
“¿Dónde nos reuniremos para cenar hoy?".
“Tras ese muro de hiedra
veo un nuevo caballero muerto;
Nadie sabe que yace allí
salvo su halcón, su perro y su dama.
Pero su perro ha partido a la caza,
su halcón en busca de aves,
su amada abraza ahora a otro caballero,
así que podemos darnos buen festín.
Pósate tú en su espinazo
que yo picotearé sus hermosos ojos azules
y con un mechón rubio de su cabello
vestiremos nuestro nido cuando quede vacío.
Muchos lamentan su pérdida
pero nadie sabrá dónde ha ido.
Sobre sus blancos huesos ya desnudos
gemirá por siglos el viento".