jueves, 19 de diciembre de 2013

Entrando en la ciudad por alta mar



Estaba muerta. Muerta estaba que yo la vi. Me dejaron acercarme un instante, le di un beso en la frente y marchamos a los encargos.
 
Recortamos distancia llevando a la yegua por el camino que conduce de SA al paso del Magasca.

Urraca, colores invertidos, careta negra sobre capa baya, sudaba. Sudaba él a las riendas y yo a su espalda. Empapaba mi palma en los vapores de la grupa y me la acercaba a la nariz, en un gesto repetido cien veces antes de desmontar. Eran mis nervios. Hubiera yo cabalgado por los siglos sin otro destino que la pausa necesaria para volver a cabalgar.
 
Iba él dichararecho y yo cabizbajo, recayendo por mi propia voluntad en su última expresión para fijarla por siempre. Y ya ves, casi cuatro décadas décadas después no consigo evocarla. La veo viva, sentada en una silla baja de enea al borde del pozo junto a unos tiestos de geranios. Pero muerta como estaba aquella mañana, limpio y recogido su consumido cuerpo en la penumbra, nada.

Hubiera yo cabalgado por los siglos pero allí estaba el castillo y era el fin. Y todo lo que recuerdo ya es la cháchara sin fin del jinete, el olor de Urraca, el castillo de T. desprendiendo la luz que venía cayendo desde hace dos horas, la llanura pálida, los berruecos encrespados como olas del mar y el comienzo de ese poema de Hahn:
 
Entrando en la ciudad por alta mar
la grande bestia vi: su rojo ser
Entré por alta luz por alto amor
entréme y encontréme padecer
Un sol al rojo blanco en mi interior.