jueves, 26 de diciembre de 2013

Desde el otero


 
Ahorcó los hábitos y aceptó la dolorosa de una ocupación oficinesca. Pero las viejas querencias vuelven por sus fueros. Tiene en su mesa de trabajo un globo terráqueo. De vez en cuando estira la mano sin mirar y lo hace girar sin un destino preciso. Cuando se detiene, derrama la vista al azar. Imagínenle entonces situado en un otero, dando la cara a la solana. 
 
Entonces comienza la proyección. Cuando ésta le lleva demasiado lejos el carcelero esconde el globo en la cocina. El encarcelado echa mano de tretas despreciables para volver a tenerlo cerca. Un mechero perdido, un café enfriado. El carcelero no le tiene fe, pero tampoco oculta su curiosidad por las selvas de Ceilán y las ruinas de Anuradhapura. No en vano se conocen desde niños. Un recorrido por el estrecho de Palk, flanqueado a uno y otro lado por una cadena de atolones, bancos de arena y arrecifes de coral, da al traste con la productividad de la mañana.
 
De regreso, a veces contemplan entristecidos dos parejas de buitres en formación inusual. No el vuelo espiral que desciende en círculos cada vez más estrechos sobre la presa, sino un rombo perfecto más propio de un escuadrón de caza que de una bandada de rapaces. Imagínenlos entonces de cara a la umbría, con el sol de espalda y un corazón envejecido lleno de preguntas.