viernes, 15 de noviembre de 2013

Vuelva el que tenga



Diecinueve domicilios en cuatro décadas. Él, once. Sacamos las medias. Salgo yo a una residencia cada dos años y poco; eso, sin contar las casas en las que he pasado unas semanas o meses al año. Cambiamos, dice, porque creemos que el traslado pone nuestro contador a cero. Pero quiá, al cabo del tres ánades madre volvemos a ser los mismos perros y ladramos el mismo idioma en distintas ciudades. No nos hemos transformado en un ser nuevo. Muy al contrario: queriendo engañar a nuestra sombra, nos hemos convertido en su trainel. Querríamos regresar a nuestro lugar, y resulta que no hay lugar, sino una frontera esquiva y movediza. ¿Echar de menos? No, le digo: lo que echo de menos es ya inalcanzable. ¿Volver? Vuelva el que tenga.

Las residencias y sus ataduras. De las últimas no merece la pena hablar. Las de todos los hombres son intercambiables, por distinguidas o sórdidas que parezcan. De entre las primeras, se impone obstinado el edificio art déco del Rond-point de l’Étoile, conocido como Palais de la Folle Chanson, esquinero con el Boulevard Général Jacques y a las traseras del bosque de La Cambre. Según consta en los archivos de Ixelles, fue construido en 1928 por Antoine Courtens a instancias de mademoiselle Rossignon, dama de la nobleza belga que acabó prodigando su fortuna en un internado para señoritas en el condado de Surrey. Pocos años después, la guerra daría al traste con sus inquietudes filantrópicas y con sus años de peregrinaje entre París, Ginebra, Londres y Bruselas, y llevaría una existencia igual de ominosa que la que nosotros, con contumacia infantil, intentamos evitar anticipándonos al abandono de lo que un día, en todo caso, nos habría abandonado.