domingo, 24 de noviembre de 2013

Sueños roncados

Foto: Diane Arbus
 
Enajenado, necio, empecinado: ésa es la fama con la que ha quedado entre quienes posiblemente nunca le apreciaron mucho. 
 
Sin embargo, me admira tanto más que estando ya caído y sin blanca, abandonado por los suyos y hostigado por sus adversarios, haya redoblado su fe en ese dislate de vida. Tragamos saliva y nos quitamos el sombrero cuando el Quijote, derrotado y tendido en una playa de Barcelona, se reafirma en la preeminencia de Dulcinea, alegando que no sería bien que su flaqueza (humana: la lanza de Sansón Carrasco ya le rasga el pecho) defraudase esa verdad.
 
A un conocido común que le reprocha su falta de realismo le recuerdo aquello de que en la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen: la gran mayoría se roncan. Pero para que la primera parte de la reflexión de Jardiel se nos aplique de forma tan implacable es necesario roncar mucho. Y, además, hay quien sospecha que sólo conserva su sustancia el sueño que nunca fermenta.
 
Mi padre tenía otra forma de decirlo: Cuidado con los sueños, porque se cumplen. Lo que viene a dar en lo mismo. El valor de los sueños no reside en su materialización, sino en su propio aliento y en la completa libertad con la que el que sueña se define a sí mismo.

O, volviendo al empecinado del principio y al caballero derrotado: “Yo sé quién soy”. Que para abrir boca no está mal.