jueves, 21 de noviembre de 2013

Pasos que otros huyen


 
La primera acepción de “fracasar” en el MM: “Romper algo haciéndolo pedazos”. La segunda: “Destrozarse haciéndose pedazos; particularmente, un barco al chocar con los escollos”. Fracaso: “Caída con estrépito y rompimiento, o hundimiento estrepitoso de algo”.
 
Es curioso que un término que aludía a un fenómeno tan puramente físico haya pervivido en el lenguaje corriente como metáfora de un estado del espíritu.
 
Nunca he tenido claro si el rompimiento es causa o consecuencia. Tendemos a pensar, pues lo único que tenemos a mano para identificarlo es el cuerpo ya abierto, el corazón en canal, que su origen debe hallarse en algún momento pasado. Pero bien podría ser que el rompimiento fuera la detonación primera, una especie de espasmo breve y violento que hubiera congelado el gesto que ahora observamos.
 
Siempre me interesó el fracaso. Particularmente, el que es producto de la voluntad (activa o pasiva). “Viendo delante y cerca fin temido, con pasos que otros huyen lo he buscado”. El rompimiento deliberado rechaza el manto social de la derrota. 
 
No hay que idealizar el fracaso, tampoco el de esta clase. Romperse duele y el destrozo es de tal calibre que ni el tiempo puede alardear de sus proverbiales virtudes curativas. 
 
El hundimiento no te permite hacer pie nunca más. Si has llegado al fondo podrás, como mucho, volver a cojear con algún arrimo.
 
El fracaso afina los sentidos. El hombre roto es capaz de percibir las llagas allí donde otros ven una piel tersa y brillante.
 
Reconozco varios intentos de fracaso en mí mismo. Justo es decir que algunos de ellos tuvieron mucho éxito.

El más reciente se lleva la palma. La descomposición fue directamente proporcional a la felicidad que lo precedió.