sábado, 9 de noviembre de 2013

Gravitaciones

Camino de G.
 
Practica la caza de altanería cerca de un aeropuerto y tiene un joven neblí que aún no ha mudado las plumas del dorso. Serán azuladas en poco menos de dos meses. Su primera reacción fue probar una a una mis falanges, pero al comprobar que yo no las movía perdió el interés. Le hablé entonces como hago con mis pájaros y se dejó acariciar la frente y la bigotera. 
 
Me acordé de una de las primeras estrofas de la batalla de Maldon, del joven guerrero sajón que acude en ayuda de Byrhtnoth cuando la bajamar ha permitido a las tropas vikingas cruzar el Blackwater. Sabe que es probable que muera hoy, así que suelta a su halcón en el bosque. He let then from his hand flee his beloved / falcon towards the woods and there to battle went forth. Nada más se sabe del guerrero en todo el poema, pero ahí queda ese “beloved” como prueba de todo lo que perdió. 
 
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A veces una multitud de recuerdos, acumulada durante largo tiempo, queda anclada en dos o tres imágenes. Las demás gravitan lánguidas en torno a ellas y es necesario un esfuerzo expreso para convocarlas. Así, tres hombres distintos quedan prisioneros en una conversación mantenida cuando observábamos allá abajo los movimientos del patio de caballos; una cópula junto a un alféizar mientras el cielo se vierte, más allá de la ventana abocinada, sobre la comarca de Oropesa; un guiño en un boliche de Villa Dolores con el rugido de fondo del solitario ejemplar de tigre ártico visitado esa misma mañana. 
 
(Camino de G., a resolver asuntos de la sucesión, tengo que matizar esta nota tomada días atrás, pues me sorprende lo contrario: una proyección veloz de imágenes, un delirio gráfico que me obligo a congelar para recordar con precisión sus últimos instantes en este porche).  
 
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Guardo una selección muy restrictiva de odios, pero cuando veo caer una porción del enemigo se transforman en tristeza.