domingo, 3 de noviembre de 2013

B/N

 

"Íbamos juntos también a los cines, a los teatros y a las librerías. Durante unos años mágicos fuimos casi intercambiables, una persona que pensaba con tres cerebros y sentía con tres corazones. Cada uno de nosotros sabía, antes de que ocurriera, la reacción, incluso las palabras aproximadas, de los otros dos frente a cualquier situación. Y lo que nos caracterizaba en aquella edad de los descubrimientos era sobre todo la voracidad intelectual. Descubrimos juntos a Antonioni y Bergman, a Buero Vallejo, a Freud y Marx, a los Beatles. Fuimos asiduos de las tertulias estudiantiles del padre M.B., consiliario entonces de la Acción Católica, y discutimos con él combativamente de religión delante de un tablero de ajedrez, mientras su instalación estéreo desgranaba las notas de la sonata opus 111 de Beethoven tocada por Wilhelm Backhaus (la más sólida argumentación, quizá, a favor de la existencia de un más allá, pero aun así insuficiente para nosotros; aunque yo fui el más reticente de los tres a abandonar la fe. “Resulta a fin de cuentas que todos mis mejores amigos son ateos”, se lamentó un día B.)".

Pero en esa época yo estaba aún muerto. Ya vivo, la primera imagen borrosa es un hombre tuerto que nunca salía del piso que habitábamos en Tetuán, un reparto nocturno en que acabé dormido en la trasera de un Dyane 6, encuentros en que los niños terminábamos arropados en camas ajenas, viajes a Lisboa y a Barcelona sin propósito conocido, visitas a un domicilio de Moratalaz cuyo dueño tenía dos nombres, uno que no debía pronunciarse y otro que me resultaba poco digno de crédito: "Pipas". Porque fumaba en pipa y no, como pensé durante mucho tiempo, porque se alimentara de ellas. Una niebla de pistas indescifrables que se disipó una mañana gélida de finales de enero en que, subido a hombros de un adulto, me di cuenta de que lo que tenía pendiente a la muchedumbre era una hilera de cinco ataúdes.