jueves, 28 de noviembre de 2013

Lo falso

David Leffel (Autorretrato)

Me pide V. que no tire a la papelera los borradores de lo que ando escribiendo, o las partes que descarto. Como si alguna vez pudiera llegar a interesar a alguien no ya esas notas, sino su arqueología. Una obra sólo está constituida por lo que se ha decidido conservar en ella. Lo descartado forma parte del proceso de creación, sí, pero no tiene sentido afear la criatura final cargándola con todo lo que abandonó por el camino.  
 
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Después de un contacto más o menos estrecho con algunos pintores, ha tenido que ser un escultor quien me abriera los ojos a los retratos y bodegones de David Leffel o a los paisajes de Frits Thaulow, y quien me haya dado a leer el discurso de ingreso de Carlos de Haes en la Academia de San Fernando.

El discurso de Haes tiene interés hasta para quienes prestamos una atención más educada a otras artes. Llega hasta mí tras una conversación encendida sobre el viejo debate verdad/belleza ("beauty is truth, truth beauty"). En el ejemplar, un doble subrayado lo vuelve a destacar, aunque por alusión a sus contrarios: "Salirse del carril de lo falso, que en definitiva sólo conduce a lo feo".

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Me sucede todos los años, al menos una vez por estación. Cuando me hago consciente de que ha entrado, que suele ser varios días después de su estreno oficial, me invade la nostalgia de Roma y mi imaginación comienza a girar en torno a sus calles y plazas. Si es invierno quien entra, desciende como un ave sobre el Coliseo nevado y vacío, una mañana de domingo en que aún es fácil ver a un Miguel Ángel ya anciano paseando entre las ruinas en busca de inspiración.

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Cena. Dos parejas esperan a una tercera. Todos sabemos de las aventuras de ella. La última, con un hombre mayor que la colmaba de regalos, algunos de los cuales disfruta ignorante X. Por ejemplo, ese lector de libros electrónicos último modelo, de cuyas virtudes hace una demostración al entrar. X. se muestra sin embargo de una arrogancia insultante. Da a entender en público que no sabe por qué sigue con ella, pudiendo rehacer su vida con decenas de otras. Calla ella, callan todos, recito para mis adentros la cuarteta de Villamediana:

¡Qué galán que entró Vergel
con cintillo de diamantes!
Diamantes que fueron antes
de amantes de su mujer. 
 


Frits Thaulow (Elvelandskap)
 

domingo, 24 de noviembre de 2013

Sueños roncados

Foto: Diane Arbus
 
Enajenado, necio, empecinado: ésa es la fama con la que ha quedado entre quienes posiblemente nunca le apreciaron mucho. 
 
Sin embargo, me admira tanto más que estando ya caído y sin blanca, abandonado por los suyos y hostigado por sus adversarios, haya redoblado su fe en ese dislate de vida. Tragamos saliva y nos quitamos el sombrero cuando el Quijote, derrotado y tendido en una playa de Barcelona, se reafirma en la preeminencia de Dulcinea, alegando que no sería bien que su flaqueza (humana: la lanza de Sansón Carrasco ya le rasga el pecho) defraudase esa verdad.
 
A un conocido común que le reprocha su falta de realismo le recuerdo aquello de que en la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen: la gran mayoría se roncan. Pero para que la primera parte de la reflexión de Jardiel se nos aplique de forma tan implacable es necesario roncar mucho. Y, además, hay quien sospecha que sólo conserva su sustancia el sueño que nunca fermenta.
 
Mi padre tenía otra forma de decirlo: Cuidado con los sueños, porque se cumplen. Lo que viene a dar en lo mismo. El valor de los sueños no reside en su materialización, sino en su propio aliento y en la completa libertad con la que el que sueña se define a sí mismo.

O, volviendo al empecinado del principio y al caballero derrotado: “Yo sé quién soy”. Que para abrir boca no está mal.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Pasos que otros huyen


 
La primera acepción de “fracasar” en el MM: “Romper algo haciéndolo pedazos”. La segunda: “Destrozarse haciéndose pedazos; particularmente, un barco al chocar con los escollos”. Fracaso: “Caída con estrépito y rompimiento, o hundimiento estrepitoso de algo”.
 
Es curioso que un término que aludía a un fenómeno tan puramente físico haya pervivido en el lenguaje corriente como metáfora de un estado del espíritu.
 
Nunca he tenido claro si el rompimiento es causa o consecuencia. Tendemos a pensar, pues lo único que tenemos a mano para identificarlo es el cuerpo ya abierto, el corazón en canal, que su origen debe hallarse en algún momento pasado. Pero bien podría ser que el rompimiento fuera la detonación primera, una especie de espasmo breve y violento que hubiera congelado el gesto que ahora observamos.
 
Siempre me interesó el fracaso. Particularmente, el que es producto de la voluntad (activa o pasiva). “Viendo delante y cerca fin temido, con pasos que otros huyen lo he buscado”. El rompimiento deliberado rechaza el manto social de la derrota. 
 
No hay que idealizar el fracaso, tampoco el de esta clase. Romperse duele y el destrozo es de tal calibre que ni el tiempo puede alardear de sus proverbiales virtudes curativas. 
 
El hundimiento no te permite hacer pie nunca más. Si has llegado al fondo podrás, como mucho, volver a cojear con algún arrimo.
 
El fracaso afina los sentidos. El hombre roto es capaz de percibir las llagas allí donde otros ven una piel tersa y brillante.
 
Reconozco varios intentos de fracaso en mí mismo. Justo es decir que algunos de ellos tuvieron mucho éxito.

El más reciente se lleva la palma. La descomposición fue directamente proporcional a la felicidad que lo precedió.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Vuelva el que tenga



Diecinueve domicilios en cuatro décadas. Él, once. Sacamos las medias. Salgo yo a una residencia cada dos años y poco; eso, sin contar las casas en las que he pasado unas semanas o meses al año. Cambiamos, dice, porque creemos que el traslado pone nuestro contador a cero. Pero quiá, al cabo del tres ánades madre volvemos a ser los mismos perros y ladramos el mismo idioma en distintas ciudades. No nos hemos transformado en un ser nuevo. Muy al contrario: queriendo engañar a nuestra sombra, nos hemos convertido en su trainel. Querríamos regresar a nuestro lugar, y resulta que no hay lugar, sino una frontera esquiva y movediza. ¿Echar de menos? No, le digo: lo que echo de menos es ya inalcanzable. ¿Volver? Vuelva el que tenga.

Las residencias y sus ataduras. De las últimas no merece la pena hablar. Las de todos los hombres son intercambiables, por distinguidas o sórdidas que parezcan. De entre las primeras, se impone obstinado el edificio art déco del Rond-point de l’Étoile, conocido como Palais de la Folle Chanson, esquinero con el Boulevard Général Jacques y a las traseras del bosque de La Cambre. Según consta en los archivos de Ixelles, fue construido en 1928 por Antoine Courtens a instancias de mademoiselle Rossignon, dama de la nobleza belga que acabó prodigando su fortuna en un internado para señoritas en el condado de Surrey. Pocos años después, la guerra daría al traste con sus inquietudes filantrópicas y con sus años de peregrinaje entre París, Ginebra, Londres y Bruselas, y llevaría una existencia igual de ominosa que la que nosotros, con contumacia infantil, intentamos evitar anticipándonos al abandono de lo que un día, en todo caso, nos habría abandonado.


 

sábado, 9 de noviembre de 2013

Gravitaciones

Camino de G.
 
Practica la caza de altanería cerca de un aeropuerto y tiene un joven neblí que aún no ha mudado las plumas del dorso. Serán azuladas en poco menos de dos meses. Su primera reacción fue probar una a una mis falanges, pero al comprobar que yo no las movía perdió el interés. Le hablé entonces como hago con mis pájaros y se dejó acariciar la frente y la bigotera. 
 
Me acordé de una de las primeras estrofas de la batalla de Maldon, del joven guerrero sajón que acude en ayuda de Byrhtnoth cuando la bajamar ha permitido a las tropas vikingas cruzar el Blackwater. Sabe que es probable que muera hoy, así que suelta a su halcón en el bosque. He let then from his hand flee his beloved / falcon towards the woods and there to battle went forth. Nada más se sabe del guerrero en todo el poema, pero ahí queda ese “beloved” como prueba de todo lo que perdió. 
 
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A veces una multitud de recuerdos, acumulada durante largo tiempo, queda anclada en dos o tres imágenes. Las demás gravitan lánguidas en torno a ellas y es necesario un esfuerzo expreso para convocarlas. Así, tres hombres distintos quedan prisioneros en una conversación mantenida cuando observábamos allá abajo los movimientos del patio de caballos; una cópula junto a un alféizar mientras el cielo se vierte, más allá de la ventana abocinada, sobre la comarca de Oropesa; un guiño en un boliche de Villa Dolores con el rugido de fondo del solitario ejemplar de tigre ártico visitado esa misma mañana. 
 
(Camino de G., a resolver asuntos de la sucesión, tengo que matizar esta nota tomada días atrás, pues me sorprende lo contrario: una proyección veloz de imágenes, un delirio gráfico que me obligo a congelar para recordar con precisión sus últimos instantes en este porche).  
 
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Guardo una selección muy restrictiva de odios, pero cuando veo caer una porción del enemigo se transforman en tristeza.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Paseos romanos (3) Piazza Brin

video
 
(La cosa che mi piace più di tutte è vedere le case, è vedere i quartieri. E il quartiere che mi piace più di tutti è la Garbatella, e me ne vado in giro per i lotti popolari...).
 
La Garbatella, mi barrio en Roma junto con el vecino Testaccio. En uno de los edificios que quedaron a salvo del sacco di Roma (el de los sesenta, el de los tiburones urbanísticos). Un envoltorio barroco (más bien barocchetto) de gárgolas, frisos y molduras con motivos florales y animales, balconcillos de media luna, ventanas altas y estrechas con arcos de medio punto, y una construcción interior muy pobre. Nada de los mármoles de los palacios de los rioni del centro. Mucha escayola, mucho estuco. Pero también patios. Cada casa tiene su patio y cada patio su selva de pilistras y helechos. Porque la Garbatella, barrio históricamente rojo y resistente, y por añadidura de la Roma, se construyó para los campesinos que llegaban de provincias a convertirse en obreros. Y para consolarles de la melancolía que les embargaría al asomarse a la ventana estaba el minúsculo jardín. Para evocarles el huerto. Allí acabamos los dos errabundos. Mantuvimos una fugaz y tórrida relación, seguramente, pienso ahora, porque en aquellos cuarenta metros no había nada; ni televisión, ni un solo libro, ni un miserable calendario en que leer frases célebres de San Agustín. Y porque hacía frío y las paredes rezumaban humedad y cuando el mistral azotaba, el apartamento parecía desplazarse de un lado a otro como un balandro a la deriva, navegando sin rumbo por encima de piazza Brin.

domingo, 3 de noviembre de 2013

B/N

 

"Íbamos juntos también a los cines, a los teatros y a las librerías. Durante unos años mágicos fuimos casi intercambiables, una persona que pensaba con tres cerebros y sentía con tres corazones. Cada uno de nosotros sabía, antes de que ocurriera, la reacción, incluso las palabras aproximadas, de los otros dos frente a cualquier situación. Y lo que nos caracterizaba en aquella edad de los descubrimientos era sobre todo la voracidad intelectual. Descubrimos juntos a Antonioni y Bergman, a Buero Vallejo, a Freud y Marx, a los Beatles. Fuimos asiduos de las tertulias estudiantiles del padre M.B., consiliario entonces de la Acción Católica, y discutimos con él combativamente de religión delante de un tablero de ajedrez, mientras su instalación estéreo desgranaba las notas de la sonata opus 111 de Beethoven tocada por Wilhelm Backhaus (la más sólida argumentación, quizá, a favor de la existencia de un más allá, pero aun así insuficiente para nosotros; aunque yo fui el más reticente de los tres a abandonar la fe. “Resulta a fin de cuentas que todos mis mejores amigos son ateos”, se lamentó un día B.)".

Pero en esa época yo estaba aún muerto. Ya vivo, la primera imagen borrosa es un hombre tuerto que nunca salía del piso que habitábamos en Tetuán, un reparto nocturno en que acabé dormido en la trasera de un Dyane 6, encuentros en que los niños terminábamos arropados en camas ajenas, viajes a Lisboa y a Barcelona sin propósito conocido, visitas a un domicilio de Moratalaz cuyo dueño tenía dos nombres, uno que no debía pronunciarse y otro que me resultaba poco digno de crédito: "Pipas". Porque fumaba en pipa y no, como pensé durante mucho tiempo, porque se alimentara de ellas. Una niebla de pistas indescifrables que se disipó una mañana gélida de finales de enero en que, subido a hombros de un adulto, me di cuenta de que lo que tenía pendiente a la muchedumbre era una hilera de cinco ataúdes.  

viernes, 1 de noviembre de 2013

Blue guitar


 
Aparentemente fácil de traducir, pero hay que tomar algunas decisiones en que tiembla la mano. Son las Trece maneras de mirar a un mirlo (original en inglés). Me he permitido algunas irreverencias; es inevitable escuchar el eco propio. Pero ya lo decía el mismo Stevens: "They said: You have a blue guitar, you do not play things as they are./The man replied: Things as they are/Are changed upon a blue guitar".  
 

I

Veinte montañas bajo la nieve,
y lo único que se movía
era el ojo del mirlo.

II

Yo era tres
como un árbol
en que hay posados tres mirlos.

III

En el viento del otoño volaba en círculos el mirlo.
Una pequeña parte de la pantomima.

IV

Un hombre y una mujer
son uno solo.
Un hombre, una mujer y un mirlo
son uno solo.

V

No sé qué preferir
si la belleza de lo entonado
o la belleza de lo insinuado,
El trino del mirlo
o el después.

VI

Los carámbanos cubrieron el ventanal
de cristales bárbaros.
La sombra del mirlo
lo cruzó de arriba abajo.
El ánimo
rastreó en la sombra
una causa indescifrable.

VII

Oh, delgados hombre de Haddam,
¿por qué imagináis un pájaro de oro?
¿No veis que el mirlo
camina entre los pies
de las mujeres que os rodean?

VIII

Conozco los acentos nobles,
los inevitables ritmos lúcidos;
pero también sé
que el mirlo anda implicado
en todo lo que conozco.

IX

Cuando el mirlo se perdió de vista
señaló el límite
de un círculo entre muchos.

X

Al ver los mirlos
volando en la luz verde,
hasta los traficantes de eufonías
estallarían en un alarido.

XI

Recorría Connecticut
en un carruaje de cristal.
Una vez tuvo miedo
al confundir la sombra de su equipaje
con una bandada de mirlos.

XII

El río se mueve.
Será que el mirlo está volando.
 
XII

Toda la tarde estuvo anocheciendo.
Nevaba
e iba a nevar.
El mirlo se posó
en la rama del cedro.