viernes, 25 de octubre de 2013

Un puñetazo en el cráneo





Querido C.:

“(...) Siento no compartir las jeremiadas de X. sobre sus problemas para cobrar por lo que escribe. Me parece una manifestación de vanidad. Se ha puesto de moda entre ciertos escritores, e incluso en el gremio de emborronadores de blogs y twitteadores, defender el cobro por los servicios que ofrecen en Internet. Pagar por los contenidos, lo llaman, sugiriendo así que su pensamiento lleva en sí alguno que ningún otro mortal ha tenido la dicha de engendrar, y que a la vuelta del clic de Paypal te espera un auténtico planazo espiritual. Los hay que bloquean el acceso a sus columnas; otros sugieren simplemente al lector la oportunidad de hacer una pequeña contribución a su cuenta corriente; los más insignificantes, sabiendo que la probabilidad de que alguien esté dispuesto a pagar por su tesoro es remota, puede que hasta nula, se limitan a patalear. 
 
El argumento de fondo presupone que no hay creación posible sin recompensa (material), y que la contraprestación monetaria es el justo reflejo del esfuerzo invertido en la obra. La mosca garantiza, además, que el producto (noticia, reportaje, relato o fotografía) es de calidad, el fruto de un trabajo profesional, y no la primera mamarrachada que a tu primo se le ha ocurrido colgar en Forocoches. El periodismo no se vende, se compra, era el lema que utilizaba un conocido defensor patrio del pago por noticia. 
 
Al club de la crisis de la vanidad le resultaría difícil explicar, sin embargo, que el ciego de Quíos, que ni siquiera se molestó en poner sus himnos por escrito, el visionario del Apocalipsis o el primer narrador del Ollantay incaico jamás aspiraran a cobrar honorarios (ni siquiera, en realidad, a asociar su nombre a una obra). O, si prefieres trazar la frontera en Gutenberg, que el misterioso autor del primer acto de La Celestina o el Cervantes encarcelado y arruinado decidieran ponerse manos a la obra sin importarles si algún impresor se interesaría nunca por ellos. Más allá en el tiempo, si piensas que la demarcación definitiva es el romanticismo, verdadero culpable de que los artistas pasasen a exigir tratamiento de príncipes del Espíritu, quien posiblemente sea el mayor escritor que dio el siglo XX apenas publicó un par de colecciones de relatos en vida, sin que ni la continuidad ni la calidad de su prosa se resintieran jamás por ello. 
 
El club de la crisis de la vanidad falta además a la verdad histórica cuando asocia el derecho de autor al acto creador. El derecho de autor fue, ante todo, un instrumento útil del poder político y eclesiástico para gestionar la censura en una época en la que las ideas podían reproducirse en tantas copias como un impresor arrojado quisiera, y una forma de proteger el negocio oligopolista de los propios impresores. 
 
Un escritor no necesita de un mecenas para escribir. Escribirá en cualquier caso y en casi cualquier circunstancia. Y es evidente que no existe ninguna relación necesaria entre una obra y sus honorarios. Un libro sólo será imprescindible, decía el viejo Kafka, si nos despierta de un puñetazo en el cráneo, si rompe como un hacha el mar de hielo que llevamos dentro. Se publique en fotocopias, en Internet, en Penguin o, si me apuras, aunque nunca se publique”.