martes, 22 de octubre de 2013

Toda esa cuestión de la memoria

Foto: Bill Brandt

No escribo con ninguna pretensión, y al mismo tiempo no hay nada que haga con un propósito tan definido como escribir. Cómo no saber que al final de todo está el colosal muro del olvido. Pero no escribo para grabar ninguna muesca en él. Trato de dejar esas muescas a través de la acción, y por eso mi vida siempre ha estado hecha a partes iguales de trabajo (digamos) intelectual y de viajes, encuentros, búsquedas, de actividad física, para desconcierto y a veces oposición de mis más cercanos. De algunos actos en apariencia deslavazados ha nacido a veces un amago de justicia (o al menos de justeza, apuntaría V.). Ese tipo de muescas en el muro son las únicas que me interesan. En el improbable más allá, no nos preguntarán qué hicimos para entretener las noches de un misántropo o adornar las paredes de una familia burguesa. Así que escribo simplemente para ordenar lo que veo, para encontrar algo de verdad en los hechos desnudos. Como una forma concentrada de pensamiento. A veces, por la memoria de los mudos. Pero por mucha que sea mi afición a la música de las palabras, no perdería un solo minuto en una línea por el mero placer estético.

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Estos escenarios que se repiten aproximadamente cada seis meses me recuerdan a La información, aquel novelón de Amis. Llevan años así, degradándose el uno al otro, pero sobre todo a sí mismos, en público. Urdiendo miserables venganzas, difamándose sin pudor. Ninguno de los dos tiene altura suficiente para detenerse. Por razones que difícilmente podría explicar a un tercero, por sentimentalismo, por fidelidad mal entendida, por esa tendencia a alinearse con los arruinados, por los recuerdos que logras mantener incontaminados, podrías dar la cara por uno, a sabiendas de que es tan mezquino como el contrario. Pero es una debilidad. Ni el éxito ni el fracaso ennoblecen y la miseria moral, probablemente la materia prima de que estuvieron hechos desde muy jóvenes, les ha unido de por vida.

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Converso con A. sobre los problemas que plantea la administración de una pequeña finca de secano. Me pregunto si no debería comprar la parte de L. y retirarme a vivir allí. Recuerdo la conocida máxima (toda finca es mejorable hasta la ruina total de su propietario), que mi padre aplicó escrupulosamente hasta el fin de sus días. ¿Y qué, si lo que me sobran son francos y lo me falta es precisamente un mulo y un mastín? Volver allí, cambiar Módica, mi cabeza de puente en Sicilia, por la sierra de G. Como al principio.

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De la última entrevista a Sebald:

"The moral backbone of literature is about that whole question of memory. To my mind it seems clear that those who have no memory have the much greater chance to lead happy lives. But it is something you cannot possibly escape: your psychological make-up is such that you are inclined to look back over your shoulder. Memory, even if you repress it, will come back at you and it will shape your life. Without memories there wouldn't be any writing: the specific weight an image or phrase needs to get across to the reader can only come from things remembered".

Nada que añadir, Señoría.