domingo, 27 de octubre de 2013

Maneras de mirar a un mirlo

 
Foto: Cristóbal Hara
 
Una mañana parecida a ésta de octubre salí con mi padre a cualquier cosa. Cualquier cosa es lo que podía esperarse cuando mi padre invitaba a salir con un propósito en apariencia definido. Una excursión en principio breve para comprar pienso en Zorita podía llevarte a un periplo imprevisible por la comarca que acabara con la adquisición de una potra y la celebración del trato con una familia de gitanos de Santa Cruz hasta las horas pequeñas de la noche. Aquella mañana el monte retumbaba con los tiros de los cazadores. Se había abierto la media veda y los hombres y los perros andaban persiguiendo codornices y becadas por un dédalo de chaparros.
 
Una tarde de febrero a orillas del Pacífico, veinte años después. Observaba a unos niños que pescaban jibias en el malecón de Valparaíso. Hacía años que ya no era un adolescente. El monte de encinas quedaba lejos. Pensé, de hecho, que en cualquier momento podrían pedirme ya el certificado de tránsito. Uno de los muchachos me ofreció una bandeja de sepias sumergidas en hielo troceado. Me llamó la atención una mancha azul que conquistaba lentamente los cristales. Más por tener una excusa para darle unos pesos que por verdadero interés en el producto, cargué con la bandeja hasta el hotel. Por la tarde salí al campo, tenía mono de campo, sólo para vislumbrar desde lo más alto el paisaje deprimente de una quebrada devorada por una cantera de yeso. A mi regreso, la mancha azul, el color de la sangre de la jibia, cubría ya la mitad de los cadáveres.
 
Una ciudad provinciana, pequeña como Soria, los últimos días de verano. La alcaldesa había invitado a comer a los miembros del tribunal. Y yo detesto las comidas con las fuerzas vivas de provincias, su afán por corroborar la desgracia que aflige a los que no tuvieron la suerte de nacer allí. El cerebro en off y la sombra de un magnolio, que envolvía la escena en una luz más favorable, me sacaron con vida de allí. Todavía quedaba tiempo de visitar el cementerio. Es un atajo que suelo tomar para conocer mejor a los vivos de un lugar. Los ejércitos de muertos hablan siempre alto y claro. Pero era día de entierro y la entrada estaba abarrotada de personas que no querían entrar o ya no cabían. Junto al muro juegan tres niños engalanados de entre tres y ocho años. Su despreocupación contrasta con el luto de los rostros adultos. Deduzco, por fragmentos de conversaciones, que el protagonista era un hombre joven y que su muerte ha sido violenta e inesperada. Enseño a los niños cómo atrapar una mariposa sin dañarle las alas. Se ríen, muy excitados, cuando al pasársela de mano en mano aletea en su afán desesperado por liberarse. Por fin, la mayor de las niñas dice: “Deberíamos entrar a despedirnos de papá”.
 
Una tormenta seca, un granizado de sangre, tres huérfanos felices. Pongo éstos como ejemplos de lo que queda cuando ya hemos olvidado todo lo que creímos realmente importante. Este embrollo en que nos han metido no es más (ni menos) que la sucesión de todas las mañanas que recordamos, en las que estuvimos todas las personas que hemos sido. Algo que ya dijo el poeta en una de sus trece maneras de mirar a un mirlo.