sábado, 19 de octubre de 2013

La bemol

Foto: Cristóbal Hara
 
De aquellos días sólo conservaba una extraña percepción: la asociación involuntaria de palabras a notas musicales, a veces solas, a veces formando intervalos de dos, casi siempre armónicos, en ocasiones melódicos; en muy pocos casos, de la palabra brotaba lo que parecía un compás entero, el inicio truncado de una melodía. La asociación se producía sólo en un sentido; al pensar brújula, por ejemplo, escuchaba automáticamente el sonido simultáneo de fa y do, pero la reproducción de ese sonido en un piano se agotaba en lo musical. No recordaba cuándo fue la primera vez que le sucedió, pues hasta muy entrada la adolescencia no supo que no se trataba, como creía, de algo común. Ni siquiera era una manifestación típicamente sinestésica.
 
Otras muchas alteraciones infantiles fueron desvaneciéndose con los años. Por ejemplo, desde que tomó conciencia de la muerte, el cálculo del tiempo que le quedaba por pasar con las personas a las que quería o a las que detestaba. 613.200  horas con su padre. 26.280 horas con su amigo A., cuyos padres habían anunciado que regresaría a cursar el bachillerato a su país. 17 horas y cuarenta y dos eternos minutos con el estúpido Sixto, el bibliotecario del colegio. O la costumbre de hacerse acompañar a todas partes por un fantasma, un pequeño humano de su misma edad, a la vez mejor amigo y una suerte de alter ego, quien tenía reservado un espacio físico en el autobús, estampaba su firma junto a la suya en la hoja de deberes y exponía sus propias opiniones en la mesa, que él traducía pacientemente en alto para los hiperrealistas. Es posible que los viajes al otro lado, al territorio de los indios piel roja, a las reservas de animales extintos, a los superhéroes de su propia invención, no desaparecieran, que simplemente mudaran de piel, aunque ya no le sumieran en ese silencio terco que sacaba de quicio a su madre. Bull Bullader (alias van Winkler), el moloso capaz de hacer trizas a una pantera camuflada en la noche o de transportarle dormido sobre su lomo a través de los desfiladeros de Montana, hacía tiempo que había desaparecido definitivamente en las tinieblas de la infancia.
 
Desde la muerte de su padre, sin embargo, era revisitado por un viejo conocido. Le sacaba entonces apenas una cabeza y treinta años. Vestía puntualmente de marrón, aunque los días de invierno se cubría con la chaqueta azul que le distinguía como portero de la finca. Aun en silencio, exhibía unos dientes de caballo amarilleados por el tabaco. Las uñas de sus meñiques eran garfios. Su mirada le daba miedo. Su voz le daba miedo. Su olor le repugnaba. El tacto de su miembro entre los muslos le repugnaba. Prisionero en alguna escalera poco transitada o en el cuarto de contadores se desdibujaban los ángulos, los planos; los sonidos llegaban amortiguados e indescifrables como si se encontrase a veinte brazas bajo el agua. Desgarrado de todo, perteneciente a nada, esperaba a que terminase para huir. Y mientras esperaba, pensaba la palabra que describiera ese asco nuevo. Vacío, un la bemol aislado. Un vacío que sin embargo contenía ya en potencia todo su futuro.