viernes, 11 de octubre de 2013

Home is the sailor


La leyenda se transmitió en múltiples versiones, y la que yo conocí de joven era la más romántica. El hijo de un labrador pobre de Ayrshire, en el estuario de Clyde, salva de morir ahogado al vástago de un hacendado. El hacendado adquiere en agradecimiento el compromiso de proporcionar al chico la misma formación que reciba su hijo. En una variante que conocí después el hacendado era Winston Churchill; en otra, el padre de Churchill. En todas, el joven inculto se llamaba Alexander Fleming y le digo a L. y a S., que anda en estos días de la feria de otoño muy impresionado con el arte de la lidia, que gracias a él muchos toreros se libraron de morir de una simple infección. Al parecer, es una fábula, ma è ben trovata. Funciona a la perfección cuando me preguntan qué opino sobre los recortes de gasto en la enseñanza pública: perderemos demasiados Fleming.  
 
***
 
Estos días parece que sólo me consuelan las memorias de quienes también se vieron forzados al descanso. Beryl Markham y las partidas de caza con los murani masai en las colinas de Ngong, sus aterrizajes nocturnos en pistas débilmente iluminadas con balizas de trapos empapados en petróleo. El libro de fotografías sobre la expedición de Shackleton a la Antártida: el Endurance encallado en el hielo antártico, la tripulación despidiéndose en las desoladas costas de Isla Elefante, los hombres disputando un partido de fútbol en los témpanos flotantes, la arboladura desplomándose palo a palo ante la mirada de los perros canadienses.

Pero, sobre todo, cuando vuelvo a casa, para matar la ansiedad que me provoca este compás de espera abro mapas, planifico viajes, etiqueto mi incipiente colección de libélulas y caballitos del diablo, aprendo la primitiva gramática de una lengua que es posible que ya nadie hable cuando tenga tiempo de practicarla, releo a Stevenson. No al gran tusitala que fue, sino al poeta que no tuvo más remedio que ser cuando la enfermedad le postró definitivamente en Samoa. Traduzco, sacrificando la rima:
 
Hace años que para siempre
llevé mi barco de cedro a la orilla,
que a los caminos, a los cauces de los ríos
a los verdes y ondulantes juncos
dije mi último ignorante adiós.
Ahora paso mis días conforme en casa.
Divido ahora mi indolente vida
entre mi mujer y mis versos.
Pero en vano; pues cuando enciendo la lámpara
y me siento junto al fuego
inmóvil ante el desgastado atlas
trazo con mis huellas caminos interminables.
 
Y también:
 
De vuelta está el marinero, de vuelta del mar.
Y de vuelta del monte está el cazador.
 
(Home is the sailor, home from sea,
and the hunter home from the hill).