jueves, 17 de octubre de 2013

Barco con jarcia de seda


[El regreso de Shabtai a Esmirna vino precedido de varias señales que la comunidad tuvo por milagrosas. Una de ellas fue la aparición de un barco en la costa septentrional de Escocia. Cuando se aproximó lo suficiente, los aldeanos distinguieron su cordaje de seda. En las velas, también de seda, podía leerse el motto Las doce tribus de Israel. Los marineros que desembarcaron sólo hablaban una lengua por completo extraña: hebreo. La leyenda corrió como la pólvora de Amsterdam a Gaza].
 
Soy la única persona en la playa que puede comunicarse con ellos. Me dirijo al capitán en hebreo moderno. En nada se distingue de un gentil: casaca, sombrero de dos picos, escarapela de cintas turquesa y oro. No me interesa su procedencia ni su destino, sino la travesía. Han perdido a la mitad de los hombres, me dice, en una tormenta en las Hébridas Exteriores. El viento sopla tan fuerte que nos cuesta entendernos. Miro el mar. Difícil decidir dónde acaban las olas y dónde empieza el cielo, pero hay un hombre agitándose en el tumulto. Grito: “¡Hay un hombre aún vivo!”. No llegaríamos a tiempo de salvarle, contesta. Observando más atentamente, identifico a P. Llevo un arma corta, anacrónica, en el zurrón. Apunto al capitán: “Lo intentamos con una barca, aunque no lo logremos”. P., que parece haberme reconocido, hace señales desesperadas. Comprendo que a cada minuto que pierdo en súplicas o amenazas las posibilidades de rescatarle se reducen. Me meto en el mar hasta la cintura, desamarro una barca, remo hacia él con todas mis fuerzas. La resaca me hace creer que me aproximo, pero cuando vuelvo la vista para calcular el avance la orilla sigue a la misma distancia. Lloro de impotencia: “¡Perdóname, P., perdóname, no puedo hacerlo solo!”. P. se hunde lentamente en las aguas. Suelto los remos. Ahora arrecia, y el cielo, el mar y la lluvia se baten en una misma espiral gris.