miércoles, 30 de octubre de 2013

Plumas prestadas


Retrato de Chandos. Autor y modelo dudosos.
 
Sigo debatiendo con un conocido el asunto del pago por contenidos. Desliza ahora un argumento tradicional: la defensa frente al plagio. Otra de esas razones que no existían antes de que la obra, por motivos bien poco espirituales, se convirtiera en objeto de explotación mercantil por parte de terceros. 
 
Lo que ahora se denomina plagio fueron durante siglos préstamos y han sido moneda corriente en la historia de la literatura. Shakespeare, por no hablar de autores de menor fuste, no sólo bebió de fuentes anónimas (el ejemplo más conocido es el argumento tomado de King Leir, que a su vez bebía de la Historia Regum Britanniae de Monmouth del siglo XII, quien a su vez decía haberse limitado a traducir partes de la obra de Gildas, el misterioso monje del siglo VI), sino abiertamente y sin complejos de Plauto y Suetonio para sus tragedias de tema clásico, y de las formas de Marlowe (hasta el punto de dar pie a la teoría conspiparanoica de que Sh. y él fueron uno y el mismo). Eso sin contar con que el proceso de aprendizaje de un arte siempre atraviesa una fase de copia de los modelos anteriores probados con éxito. Cuando era joven e inseguro, venía a decir un poeta consagrado cuyo nombre he borrado, citaba a mis maestros; ahora que soy viejo y he obtenido reconocimiento les copio sin citarles. 
 
O, y en este caso sí recuerdo el verso exacto y a su autor, “of borrow´d plumes I take the sin” (Adam Gordon).   

domingo, 27 de octubre de 2013

Maneras de mirar a un mirlo

 
Foto: Cristóbal Hara
 
Una mañana parecida a ésta de octubre salí con mi padre a cualquier cosa. Cualquier cosa es lo que podía esperarse cuando mi padre invitaba a salir con un propósito en apariencia definido. Una excursión en principio breve para comprar pienso en Zorita podía llevarte a un periplo imprevisible por la comarca que acabara con la adquisición de una potra y la celebración del trato con una familia de gitanos de Santa Cruz hasta las horas pequeñas de la noche. Aquella mañana el monte retumbaba con los tiros de los cazadores. Se había abierto la media veda y los hombres y los perros andaban persiguiendo codornices y becadas por un dédalo de chaparros.
 
Una tarde de febrero a orillas del Pacífico, veinte años después. Observaba a unos niños que pescaban jibias en el malecón de Valparaíso. Hacía años que ya no era un adolescente. El monte de encinas quedaba lejos. Pensé, de hecho, que en cualquier momento podrían pedirme ya el certificado de tránsito. Uno de los muchachos me ofreció una bandeja de sepias sumergidas en hielo troceado. Me llamó la atención una mancha azul que conquistaba lentamente los cristales. Más por tener una excusa para darle unos pesos que por verdadero interés en el producto, cargué con la bandeja hasta el hotel. Por la tarde salí al campo, tenía mono de campo, sólo para vislumbrar desde lo más alto el paisaje deprimente de una quebrada devorada por una cantera de yeso. A mi regreso, la mancha azul, el color de la sangre de la jibia, cubría ya la mitad de los cadáveres.
 
Una ciudad provinciana, pequeña como Soria, los últimos días de verano. La alcaldesa había invitado a comer a los miembros del tribunal. Y yo detesto las comidas con las fuerzas vivas de provincias, su afán por corroborar la desgracia que aflige a los que no tuvieron la suerte de nacer allí. El cerebro en off y la sombra de un magnolio, que envolvía la escena en una luz más favorable, me sacaron con vida de allí. Todavía quedaba tiempo de visitar el cementerio. Es un atajo que suelo tomar para conocer mejor a los vivos de un lugar. Los ejércitos de muertos hablan siempre alto y claro. Pero era día de entierro y la entrada estaba abarrotada de personas que no querían entrar o ya no cabían. Junto al muro juegan tres niños engalanados de entre tres y ocho años. Su despreocupación contrasta con el luto de los rostros adultos. Deduzco, por fragmentos de conversaciones, que el protagonista era un hombre joven y que su muerte ha sido violenta e inesperada. Enseño a los niños cómo atrapar una mariposa sin dañarle las alas. Se ríen, muy excitados, cuando al pasársela de mano en mano aletea en su afán desesperado por liberarse. Por fin, la mayor de las niñas dice: “Deberíamos entrar a despedirnos de papá”.
 
Una tormenta seca, un granizado de sangre, tres huérfanos felices. Pongo éstos como ejemplos de lo que queda cuando ya hemos olvidado todo lo que creímos realmente importante. Este embrollo en que nos han metido no es más (ni menos) que la sucesión de todas las mañanas que recordamos, en las que estuvimos todas las personas que hemos sido. Algo que ya dijo el poeta en una de sus trece maneras de mirar a un mirlo. 

viernes, 25 de octubre de 2013

Un puñetazo en el cráneo





Querido C.:

“(...) Siento no compartir las jeremiadas de X. sobre sus problemas para cobrar por lo que escribe. Me parece una manifestación de vanidad. Se ha puesto de moda entre ciertos escritores, e incluso en el gremio de emborronadores de blogs y twitteadores, defender el cobro por los servicios que ofrecen en Internet. Pagar por los contenidos, lo llaman, sugiriendo así que su pensamiento lleva en sí alguno que ningún otro mortal ha tenido la dicha de engendrar, y que a la vuelta del clic de Paypal te espera un auténtico planazo espiritual. Los hay que bloquean el acceso a sus columnas; otros sugieren simplemente al lector la oportunidad de hacer una pequeña contribución a su cuenta corriente; los más insignificantes, sabiendo que la probabilidad de que alguien esté dispuesto a pagar por su tesoro es remota, puede que hasta nula, se limitan a patalear. 
 
El argumento de fondo presupone que no hay creación posible sin recompensa (material), y que la contraprestación monetaria es el justo reflejo del esfuerzo invertido en la obra. La mosca garantiza, además, que el producto (noticia, reportaje, relato o fotografía) es de calidad, el fruto de un trabajo profesional, y no la primera mamarrachada que a tu primo se le ha ocurrido colgar en Forocoches. El periodismo no se vende, se compra, era el lema que utilizaba un conocido defensor patrio del pago por noticia. 
 
Al club de la crisis de la vanidad le resultaría difícil explicar, sin embargo, que el ciego de Quíos, que ni siquiera se molestó en poner sus himnos por escrito, el visionario del Apocalipsis o el primer narrador del Ollantay incaico jamás aspiraran a cobrar honorarios (ni siquiera, en realidad, a asociar su nombre a una obra). O, si prefieres trazar la frontera en Gutenberg, que el misterioso autor del primer acto de La Celestina o el Cervantes encarcelado y arruinado decidieran ponerse manos a la obra sin importarles si algún impresor se interesaría nunca por ellos. Más allá en el tiempo, si piensas que la demarcación definitiva es el romanticismo, verdadero culpable de que los artistas pasasen a exigir tratamiento de príncipes del Espíritu, quien posiblemente sea el mayor escritor que dio el siglo XX apenas publicó un par de colecciones de relatos en vida, sin que ni la continuidad ni la calidad de su prosa se resintieran jamás por ello. 
 
El club de la crisis de la vanidad falta además a la verdad histórica cuando asocia el derecho de autor al acto creador. El derecho de autor fue, ante todo, un instrumento útil del poder político y eclesiástico para gestionar la censura en una época en la que las ideas podían reproducirse en tantas copias como un impresor arrojado quisiera, y una forma de proteger el negocio oligopolista de los propios impresores. 
 
Un escritor no necesita de un mecenas para escribir. Escribirá en cualquier caso y en casi cualquier circunstancia. Y es evidente que no existe ninguna relación necesaria entre una obra y sus honorarios. Un libro sólo será imprescindible, decía el viejo Kafka, si nos despierta de un puñetazo en el cráneo, si rompe como un hacha el mar de hielo que llevamos dentro. Se publique en fotocopias, en Internet, en Penguin o, si me apuras, aunque nunca se publique”. 

martes, 22 de octubre de 2013

Toda esa cuestión de la memoria

Foto: Bill Brandt

No escribo con ninguna pretensión, y al mismo tiempo no hay nada que haga con un propósito tan definido como escribir. Cómo no saber que al final de todo está el colosal muro del olvido. Pero no escribo para grabar ninguna muesca en él. Trato de dejar esas muescas a través de la acción, y por eso mi vida siempre ha estado hecha a partes iguales de trabajo (digamos) intelectual y de viajes, encuentros, búsquedas, de actividad física, para desconcierto y a veces oposición de mis más cercanos. De algunos actos en apariencia deslavazados ha nacido a veces un amago de justicia (o al menos de justeza, apuntaría V.). Ese tipo de muescas en el muro son las únicas que me interesan. En el improbable más allá, no nos preguntarán qué hicimos para entretener las noches de un misántropo o adornar las paredes de una familia burguesa. Así que escribo simplemente para ordenar lo que veo, para encontrar algo de verdad en los hechos desnudos. Como una forma concentrada de pensamiento. A veces, por la memoria de los mudos. Pero por mucha que sea mi afición a la música de las palabras, no perdería un solo minuto en una línea por el mero placer estético.

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Estos escenarios que se repiten aproximadamente cada seis meses me recuerdan a La información, aquel novelón de Amis. Llevan años así, degradándose el uno al otro, pero sobre todo a sí mismos, en público. Urdiendo miserables venganzas, difamándose sin pudor. Ninguno de los dos tiene altura suficiente para detenerse. Por razones que difícilmente podría explicar a un tercero, por sentimentalismo, por fidelidad mal entendida, por esa tendencia a alinearse con los arruinados, por los recuerdos que logras mantener incontaminados, podrías dar la cara por uno, a sabiendas de que es tan mezquino como el contrario. Pero es una debilidad. Ni el éxito ni el fracaso ennoblecen y la miseria moral, probablemente la materia prima de que estuvieron hechos desde muy jóvenes, les ha unido de por vida.

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Converso con A. sobre los problemas que plantea la administración de una pequeña finca de secano. Me pregunto si no debería comprar la parte de L. y retirarme a vivir allí. Recuerdo la conocida máxima (toda finca es mejorable hasta la ruina total de su propietario), que mi padre aplicó escrupulosamente hasta el fin de sus días. ¿Y qué, si lo que me sobran son francos y lo me falta es precisamente un mulo y un mastín? Volver allí, cambiar Módica, mi cabeza de puente en Sicilia, por la sierra de G. Como al principio.

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De la última entrevista a Sebald:

"The moral backbone of literature is about that whole question of memory. To my mind it seems clear that those who have no memory have the much greater chance to lead happy lives. But it is something you cannot possibly escape: your psychological make-up is such that you are inclined to look back over your shoulder. Memory, even if you repress it, will come back at you and it will shape your life. Without memories there wouldn't be any writing: the specific weight an image or phrase needs to get across to the reader can only come from things remembered".

Nada que añadir, Señoría.

sábado, 19 de octubre de 2013

La bemol

Foto: Cristóbal Hara
 
De aquellos días sólo conservaba una extraña percepción: la asociación involuntaria de palabras a notas musicales, a veces solas, a veces formando intervalos de dos, casi siempre armónicos, en ocasiones melódicos; en muy pocos casos, de la palabra brotaba lo que parecía un compás entero, el inicio truncado de una melodía. La asociación se producía sólo en un sentido; al pensar brújula, por ejemplo, escuchaba automáticamente el sonido simultáneo de fa y do, pero la reproducción de ese sonido en un piano se agotaba en lo musical. No recordaba cuándo fue la primera vez que le sucedió, pues hasta muy entrada la adolescencia no supo que no se trataba, como creía, de algo común. Ni siquiera era una manifestación típicamente sinestésica.
 
Otras muchas alteraciones infantiles fueron desvaneciéndose con los años. Por ejemplo, desde que tomó conciencia de la muerte, el cálculo del tiempo que le quedaba por pasar con las personas a las que quería o a las que detestaba. 613.200  horas con su padre. 26.280 horas con su amigo A., cuyos padres habían anunciado que regresaría a cursar el bachillerato a su país. 17 horas y cuarenta y dos eternos minutos con el estúpido Sixto, el bibliotecario del colegio. O la costumbre de hacerse acompañar a todas partes por un fantasma, un pequeño humano de su misma edad, a la vez mejor amigo y una suerte de alter ego, quien tenía reservado un espacio físico en el autobús, estampaba su firma junto a la suya en la hoja de deberes y exponía sus propias opiniones en la mesa, que él traducía pacientemente en alto para los hiperrealistas. Es posible que los viajes al otro lado, al territorio de los indios piel roja, a las reservas de animales extintos, a los superhéroes de su propia invención, no desaparecieran, que simplemente mudaran de piel, aunque ya no le sumieran en ese silencio terco que sacaba de quicio a su madre. Bull Bullader (alias van Winkler), el moloso capaz de hacer trizas a una pantera camuflada en la noche o de transportarle dormido sobre su lomo a través de los desfiladeros de Montana, hacía tiempo que había desaparecido definitivamente en las tinieblas de la infancia.
 
Desde la muerte de su padre, sin embargo, era revisitado por un viejo conocido. Le sacaba entonces apenas una cabeza y treinta años. Vestía puntualmente de marrón, aunque los días de invierno se cubría con la chaqueta azul que le distinguía como portero de la finca. Aun en silencio, exhibía unos dientes de caballo amarilleados por el tabaco. Las uñas de sus meñiques eran garfios. Su mirada le daba miedo. Su voz le daba miedo. Su olor le repugnaba. El tacto de su miembro entre los muslos le repugnaba. Prisionero en alguna escalera poco transitada o en el cuarto de contadores se desdibujaban los ángulos, los planos; los sonidos llegaban amortiguados e indescifrables como si se encontrase a veinte brazas bajo el agua. Desgarrado de todo, perteneciente a nada, esperaba a que terminase para huir. Y mientras esperaba, pensaba la palabra que describiera ese asco nuevo. Vacío, un la bemol aislado. Un vacío que sin embargo contenía ya en potencia todo su futuro.

jueves, 17 de octubre de 2013

Barco con jarcia de seda


[El regreso de Shabtai a Esmirna vino precedido de varias señales que la comunidad tuvo por milagrosas. Una de ellas fue la aparición de un barco en la costa septentrional de Escocia. Cuando se aproximó lo suficiente, los aldeanos distinguieron su cordaje de seda. En las velas, también de seda, podía leerse el motto Las doce tribus de Israel. Los marineros que desembarcaron sólo hablaban una lengua por completo extraña: hebreo. La leyenda corrió como la pólvora de Amsterdam a Gaza].
 
Soy la única persona en la playa que puede comunicarse con ellos. Me dirijo al capitán en hebreo moderno. En nada se distingue de un gentil: casaca, sombrero de dos picos, escarapela de cintas turquesa y oro. No me interesa su procedencia ni su destino, sino la travesía. Han perdido a la mitad de los hombres, me dice, en una tormenta en las Hébridas Exteriores. El viento sopla tan fuerte que nos cuesta entendernos. Miro el mar. Difícil decidir dónde acaban las olas y dónde empieza el cielo, pero hay un hombre agitándose en el tumulto. Grito: “¡Hay un hombre aún vivo!”. No llegaríamos a tiempo de salvarle, contesta. Observando más atentamente, identifico a P. Llevo un arma corta, anacrónica, en el zurrón. Apunto al capitán: “Lo intentamos con una barca, aunque no lo logremos”. P., que parece haberme reconocido, hace señales desesperadas. Comprendo que a cada minuto que pierdo en súplicas o amenazas las posibilidades de rescatarle se reducen. Me meto en el mar hasta la cintura, desamarro una barca, remo hacia él con todas mis fuerzas. La resaca me hace creer que me aproximo, pero cuando vuelvo la vista para calcular el avance la orilla sigue a la misma distancia. Lloro de impotencia: “¡Perdóname, P., perdóname, no puedo hacerlo solo!”. P. se hunde lentamente en las aguas. Suelto los remos. Ahora arrecia, y el cielo, el mar y la lluvia se baten en una misma espiral gris. 

viernes, 11 de octubre de 2013

Home is the sailor


La leyenda se transmitió en múltiples versiones, y la que yo conocí de joven era la más romántica. El hijo de un labrador pobre de Ayrshire, en el estuario de Clyde, salva de morir ahogado al vástago de un hacendado. El hacendado adquiere en agradecimiento el compromiso de proporcionar al chico la misma formación que reciba su hijo. En una variante que conocí después el hacendado era Winston Churchill; en otra, el padre de Churchill. En todas, el joven inculto se llamaba Alexander Fleming y le digo a L. y a S., que anda en estos días de la feria de otoño muy impresionado con el arte de la lidia, que gracias a él muchos toreros se libraron de morir de una simple infección. Al parecer, es una fábula, ma è ben trovata. Funciona a la perfección cuando me preguntan qué opino sobre los recortes de gasto en la enseñanza pública: perderemos demasiados Fleming.  
 
***
 
Estos días parece que sólo me consuelan las memorias de quienes también se vieron forzados al descanso. Beryl Markham y las partidas de caza con los murani masai en las colinas de Ngong, sus aterrizajes nocturnos en pistas débilmente iluminadas con balizas de trapos empapados en petróleo. El libro de fotografías sobre la expedición de Shackleton a la Antártida: el Endurance encallado en el hielo antártico, la tripulación despidiéndose en las desoladas costas de Isla Elefante, los hombres disputando un partido de fútbol en los témpanos flotantes, la arboladura desplomándose palo a palo ante la mirada de los perros canadienses.

Pero, sobre todo, cuando vuelvo a casa, para matar la ansiedad que me provoca este compás de espera abro mapas, planifico viajes, etiqueto mi incipiente colección de libélulas y caballitos del diablo, aprendo la primitiva gramática de una lengua que es posible que ya nadie hable cuando tenga tiempo de practicarla, releo a Stevenson. No al gran tusitala que fue, sino al poeta que no tuvo más remedio que ser cuando la enfermedad le postró definitivamente en Samoa. Traduzco, sacrificando la rima:
 
Hace años que para siempre
llevé mi barco de cedro a la orilla,
que a los caminos, a los cauces de los ríos
a los verdes y ondulantes juncos
dije mi último ignorante adiós.
Ahora paso mis días conforme en casa.
Divido ahora mi indolente vida
entre mi mujer y mis versos.
Pero en vano; pues cuando enciendo la lámpara
y me siento junto al fuego
inmóvil ante el desgastado atlas
trazo con mis huellas caminos interminables.
 
Y también:
 
De vuelta está el marinero, de vuelta del mar.
Y de vuelta del monte está el cazador.
 
(Home is the sailor, home from sea,
and the hunter home from the hill).
 
 
 

viernes, 4 de octubre de 2013

Hey Joe


Foto: Jeff Lynch
 
Comarcal 503, dirección sur. Marchan por la cuneta matrimonios endomingados, grupos de mujeres cogidas del brazo, un hombre solo que hace bailar una vara en el aire. ¿Camino del cementerio? A pesar de diciembre conduzco con la ventanilla abierta. La mano derecha en el volante y la izquierda jugando con el viento de frente, como si fuera una pobre Piper esquivando cizalladuras. Canto con Deville: “I’m going downtown, I’m gonna buy me a blue-steel 44”. Así de caprichosos son mis recuerdos de aquel trayecto.

Lo que no son recuerdos lo tengo anotado a lápiz, aprovechando la última página de respeto y el colofón del libro que llevaba entonces conmigo. Transcribo: “A la entrada de N., en lo que debió de ser una era, una pareja de quebrantahuesos. Debían estar pasando mucha hambre; de otro modo no se entiende su presencia en ese jaral. Espero a que una docena de personas salga de misa. Iglesia sin interés, plagada de prótesis y revocos. El sacristán, tras su melifluo disfraz primero, resulta ser un truhán. El argumento que ofrece para no hablar del paso de O. por aquí es escurridizo. Mi desconfianza se acrecienta con sus oscuros obiter dicta, que no guardan ninguna relación ni con aquél ni con mis preguntas. Mientras habla, pienso que nadie podría aguantar un sermón en esta nave sin la ayuda de un brasero de picón. Mientras habla, una parte de mí aún escucha los violines de Hey Joe. Mientras habla, cada palabra suya centellea en el aire enrarecido del crucero antes de pulverizarse como un cristal hecho añicos. Mientras habla, leo de reojo un folio ciclostilado que promete a los fieles una peregrinación por las mismas aguas que transportaron el cadáver del Apóstol. Tres vueltas al cerrojo del templo y le veo alejarse con la luz a las espaldas, contoneando las caderas como una vieja puta de la calle Valverde. A la salida, bajo la luz tramposa del lubricán, los quebrantahuesos han desaparecido. Bien porque no saben cazar en llano, bien porque una cuadrilla desaliñada de buitres leonados acaba de reconquistar su vedado. Campillo de la Jara, 11/XII/1999”.