sábado, 21 de septiembre de 2013

Todas las certezas

 
Foto: Ian Berry
 
De todos los momentos decisivos de la Ilíada, aquel en que Héctor, de pie junto a las murallas, paralizado por el presentimiento de la derrota, se abate ante una duda que se eterniza dos versos. ¿No sería mejor entregar a Helena? Todo el libro parece contener la respiración hasta que "el guardián de las alegrías perecederas" se recompone: "No, no huiré más de ti, hijo de Peleo".
 
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Si el Tiempo no existe, si se rebela aunque pongamos en hora todos los relojes de la tierra, si volando a la velocidad de la luz el año que pasamos en el espacio equivale a aproximadamente cien años terrestres y al regreso de Marte sólo sacas unos años a tu tataranieto, si el pasado puede pues alcanzar al futuro y no hay nada parecido a una continuidad, sino más bien una contigüidad, y los momentos no se suceden, sino que coexisten, ¿son los muertos una ilusión crónica? Es posible, pero a este lado del paraíso, poco consuelo da el saber. En la insalvable distancia se desvanecen todas las certezas.
 
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Dudé entre atraparle o dejar que huyera. Por fin tomé una decisión. Me parecía irrefutable. Había sopesado cuidadosamente mis argumentos, y en el fiel pesaba más su libertad. Estaba seguro de que escaparía hacia el mechinal del edificio de enfrente. Me distancié, unos cuatro o cinco metros, para que pudiese organizar su huida. Aleteó un rato por la habitación. Luego me miró y regresó a la seguridad de su jaula.