domingo, 15 de septiembre de 2013

Ishi de la Berbería

León de Berbería. Argelia, 1893

Se cansó de las enciclopedias de animales al uso y empezó a interesarse por las especies extintas. Una de sus predilectas era el león del Atlas, aunque le gustaba pronunciar despacio su otro nombre, león de Berbería. Atlas, al fin y al cabo, era una palabra familiar (aunque desconocía que fuera también un topónimo), pero esa aliteración ber-ber y el hiato final le resultaban tan exóticos como la mancha rojiza que se extendía en el mapa de Oeste a Este, Marruecos-Túnez-Argelia. Por alguna asociación infantil cuya lógica olvidó después, la consulta de las fichas de los extintos iba precedida de un ritual preciso: atarse al cuello el collar que N. le había traído de Florida. Sospechosamente plastificado, el collar de los seminola surtía dos efectos inmediatos: le transportaba al otro lado, expresión cuyo significado preciso también difuminó el tiempo pero que tenía la cualidad de aislarle de cualquier manifestación física presente, muy particularmente de las voces adultas, y le invadía el cuerpo de ronchas. Enormes ronchas que se extendían desde la nuca hasta las plantas de los pies y le impedían dormir durante dos noches, el plazo que los seminola le daban para regresar del otro lado. Recordaba años después casi textualmente: "A diferencia de las subespecies supervivientes de Panthera leo, el león de Berbería alcanza casi en alzada al león de las cavernas, tiene una guedeja negra que en los machos de mayor edad llega a veces hasta el suelo, vaga por las montañas y rara vez desciende a los llanos, caza gamos persas y arruíes y, en defecto de estas piezas, camellos y niños en las aldeas".
 
Esta noche he vuelto al otro lado. Conduzco por una carretera que sigue la línea de costa, entre dos montañas bañadas en una luz poniente, en algún lugar de la Cabilia argelina. Oscurece por momentos. La pista está en un estado lamentable y el único automóvil que he podido alquilar es un Graham-Paige. Toda mi preocupación es hacer llegar entera esta pieza de coleccionista que va rematando con los bajos las irregularidades del terreno. En un saliente del cortado está él. Freno en seco. No llevo cámara: nadie me creerá si les digo que existe al menos un ejemplar en libertad. No se da cuenta de mi presencia. Mira hacia algún punto del horizonte marino, y entre las patas delanteras aún guarda un amasijo de vísceras y un par de cuernos de gacela.