miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cincuenta años bastan

 


Un correo electrónico escueto, el día de su 51 cumpleaños: "Arise and go, for this is no place of rest (Miqueah, 2:10)".
 
Luego recordé haber comentado con ella El malogrado en la terraza del Remor. Yo insistí en lo mucho que me aburría el Bernhard novelista, y lo buen dramaturgo que me parecía. La impresión que dejó en mí Heldenplatz. Ella volvía una y otra vez sobre las razones del suicidio del pianista. Yo me distraía con una bandada de estorninos que parecía estar jugando una partida de ajedrez sobre la nieve sucia, observaba sus pequeños saltos en diagonal y en ele. Ella decía que no le hacía falta, como a Wertheimer, haber conocido a Gould para saberse una fracasada. Le respondí que no sabía exactamente en qué consistía el fracaso. Nos cambiamos de mesa para protegernos de un golpe de bise que llevó hasta la copa de un árbol la gorra de un transeúnte. Contestó que claro que sabía, pero que los judíos teníamos una relación menos dramática con él. Me pareció que estaba vengando una antigua afrenta. Le propuse que fuéramos a ver la tortuga bicéfala y los leones disecados del Museo de Ciencias, o que asistiéramos al oficio de la iglesia ortodoxa en Les Tranchées. El párrafo que resumía todas aquellas razones era éste: 
 
"Hasta tres días después de haberse ahorcado Wertheimer no me dí cuenta de que él, como Glenn, había llegado a los cincuenta y un años. Cuando hemos sobrepasado los cincuenta, nos parecemos viles y faltos de carácter, pensé, la cuestión es saber cuánto tiempo aguantaremos ese estado. Muchos se matan a los cincuenta y un años, pensé. Muchos a los cincuenta y dos, pero más a los cincuenta y uno. Da igual que se maten a los cincuenta y uno o que a los cincuenta y uno mueran, como suele decirse, de muerte natural, igual que mueran como Glenn o que mueran como Wertheimer. La causa es, muy a menudo, la vergüenza de haber sobrepasado un límite que siente la persona de cincuenta años cuando ha cumplido su quincuagésimo año. Porque cincuenta años bastan absolutamente, pensé".

Amaba a esa mujer de rasgos un poco cubistas y descreída de sí misma.