sábado, 7 de septiembre de 2013

Blanc

Foto: Sibylle Bergemann
 
Tenía uno de esos apellidos à particule que a los franceses tanto les gusta exhibir. En cambio, ella lo ocultaba como si fuese un lunar peludo. Durante unos años adoptó incluso un pseudónimo que resultaría vulgar hasta para un viajante de comercio. Luego dejó de escribir. La conocía precisamente por eso, por ser vecinos de mesa en el café de Saint-Jean donde ambos nos encerrábamos (yo con menos regularidad) de siete a diez a emborronar cuartilla (ella, una elegante Mulberry). Me he cansado de ser un sismógrafo, explicaba. No era esto lo que yo esperaba, convertirme en un punzón que traduce a golpe de pequeñas vibraciones movimientos que se producen demasiado lejos o a demasiada profundidad, parónimos falsarios, dijo, de lo que verdaderamente resuena en la sima. Pero no renunció a su Blanc. Iba, por ejemplo, a una farmacia, y dejaba encargada una caja de Hidroxil a nombre de Blanc, F. O recibía a un fontanero en su piso de la rue des Alpes anunciándole aquel nombre de tan común improbable. Desde ese inmueble de aspecto beirutí me telefoneó un día a la oficina en la que trabajaba aquellos días. Dio muchos rodeos, como si realmente no tuviese nada importante que contarme y sólo el aburrimiento le hubiera llevado a llamar. He heredado, dijo por fin. Una suma importante. En realidad, sólo la villa de Coligny bastaba para proclamarla multimillonaria. No entendía a dónde quería llegar. Le felicité. No, no era eso. Sabía que yo había estudiado leyes, aunque nunca hubiera ejercido el oficio. No quiero renunciar a mi apellido. ¿Se le ocurre -siempre nos tratamos de usted- alguna idea para que una Blanc pueda heredar a una de C...?