sábado, 21 de septiembre de 2013

Todas las certezas

 
Foto: Ian Berry
 
De todos los momentos decisivos de la Ilíada, aquel en que Héctor, de pie junto a las murallas, paralizado por el presentimiento de la derrota, se abate ante una duda que se eterniza dos versos. ¿No sería mejor entregar a Helena? Todo el libro parece contener la respiración hasta que "el guardián de las alegrías perecederas" se recompone: "No, no huiré más de ti, hijo de Peleo".
 
***
 
Si el Tiempo no existe, si se rebela aunque pongamos en hora todos los relojes de la tierra, si volando a la velocidad de la luz el año que pasamos en el espacio equivale a aproximadamente cien años terrestres y al regreso de Marte sólo sacas unos años a tu tataranieto, si el pasado puede pues alcanzar al futuro y no hay nada parecido a una continuidad, sino más bien una contigüidad, y los momentos no se suceden, sino que coexisten, ¿son los muertos una ilusión crónica? Es posible, pero a este lado del paraíso, poco consuelo da el saber. En la insalvable distancia se desvanecen todas las certezas.
 
***
 
Dudé entre atraparle o dejar que huyera. Por fin tomé una decisión. Me parecía irrefutable. Había sopesado cuidadosamente mis argumentos, y en el fiel pesaba más su libertad. Estaba seguro de que escaparía hacia el mechinal del edificio de enfrente. Me distancié, unos cuatro o cinco metros, para que pudiese organizar su huida. Aleteó un rato por la habitación. Luego me miró y regresó a la seguridad de su jaula.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cincuenta años bastan

 


Un correo electrónico escueto, el día de su 51 cumpleaños: "Arise and go, for this is no place of rest (Miqueah, 2:10)".
 
Luego recordé haber comentado con ella El malogrado en la terraza del Remor. Yo insistí en lo mucho que me aburría el Bernhard novelista, y lo buen dramaturgo que me parecía. La impresión que dejó en mí Heldenplatz. Ella volvía una y otra vez sobre las razones del suicidio del pianista. Yo me distraía con una bandada de estorninos que parecía estar jugando una partida de ajedrez sobre la nieve sucia, observaba sus pequeños saltos en diagonal y en ele. Ella decía que no le hacía falta, como a Wertheimer, haber conocido a Gould para saberse una fracasada. Le respondí que no sabía exactamente en qué consistía el fracaso. Nos cambiamos de mesa para protegernos de un golpe de bise que llevó hasta la copa de un árbol la gorra de un transeúnte. Contestó que claro que sabía, pero que los judíos teníamos una relación menos dramática con él. Me pareció que estaba vengando una antigua afrenta. Le propuse que fuéramos a ver la tortuga bicéfala y los leones disecados del Museo de Ciencias, o que asistiéramos al oficio de la iglesia ortodoxa en Les Tranchées. El párrafo que resumía todas aquellas razones era éste: 
 
"Hasta tres días después de haberse ahorcado Wertheimer no me dí cuenta de que él, como Glenn, había llegado a los cincuenta y un años. Cuando hemos sobrepasado los cincuenta, nos parecemos viles y faltos de carácter, pensé, la cuestión es saber cuánto tiempo aguantaremos ese estado. Muchos se matan a los cincuenta y un años, pensé. Muchos a los cincuenta y dos, pero más a los cincuenta y uno. Da igual que se maten a los cincuenta y uno o que a los cincuenta y uno mueran, como suele decirse, de muerte natural, igual que mueran como Glenn o que mueran como Wertheimer. La causa es, muy a menudo, la vergüenza de haber sobrepasado un límite que siente la persona de cincuenta años cuando ha cumplido su quincuagésimo año. Porque cincuenta años bastan absolutamente, pensé".

Amaba a esa mujer de rasgos un poco cubistas y descreída de sí misma.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Ishi de la Berbería

León de Berbería. Argelia, 1893

Se cansó de las enciclopedias de animales al uso y empezó a interesarse por las especies extintas. Una de sus predilectas era el león del Atlas, aunque le gustaba pronunciar despacio su otro nombre, león de Berbería. Atlas, al fin y al cabo, era una palabra familiar (aunque desconocía que fuera también un topónimo), pero esa aliteración ber-ber y el hiato final le resultaban tan exóticos como la mancha rojiza que se extendía en el mapa de Oeste a Este, Marruecos-Túnez-Argelia. Por alguna asociación infantil cuya lógica olvidó después, la consulta de las fichas de los extintos iba precedida de un ritual preciso: atarse al cuello el collar que N. le había traído de Florida. Sospechosamente plastificado, el collar de los seminola surtía dos efectos inmediatos: le transportaba al otro lado, expresión cuyo significado preciso también difuminó el tiempo pero que tenía la cualidad de aislarle de cualquier manifestación física presente, muy particularmente de las voces adultas, y le invadía el cuerpo de ronchas. Enormes ronchas que se extendían desde la nuca hasta las plantas de los pies y le impedían dormir durante dos noches, el plazo que los seminola le daban para regresar del otro lado. Recordaba años después casi textualmente: "A diferencia de las subespecies supervivientes de Panthera leo, el león de Berbería alcanza casi en alzada al león de las cavernas, tiene una guedeja negra que en los machos de mayor edad llega a veces hasta el suelo, vaga por las montañas y rara vez desciende a los llanos, caza gamos persas y arruíes y, en defecto de estas piezas, camellos y niños en las aldeas".
 
Esta noche he vuelto al otro lado. Conduzco por una carretera que sigue la línea de costa, entre dos montañas bañadas en una luz poniente, en algún lugar de la Cabilia argelina. Oscurece por momentos. La pista está en un estado lamentable y el único automóvil que he podido alquilar es un Graham-Paige. Toda mi preocupación es hacer llegar entera esta pieza de coleccionista que va rematando con los bajos las irregularidades del terreno. En un saliente del cortado está él. Freno en seco. No llevo cámara: nadie me creerá si les digo que existe al menos un ejemplar en libertad. No se da cuenta de mi presencia. Mira hacia algún punto del horizonte marino, y entre las patas delanteras aún guarda un amasijo de vísceras y un par de cuernos de gacela.

jueves, 12 de septiembre de 2013

You never can tell

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[Nocturna a A.N.]
 
Querido A.:
 
Pasaron los días de la angustia, luego los del aturdimiento y ahora también las noches en que soñaba con las fauces abiertas del horno que rugía con los motores a toda máquina, el calvo del tanatorio que esperaba mi señal, nosotros tres junto a las puertas batientes, la luz furiosa del mediodía agosteño, pero no quería ponerme las gafas oscuras, no entró nadie más, mejor así, sólo el murmullo en la sala donde estuvo unas horas el ataúd, el asentimiento indicado con una breve inclinación de la cabeza, que nadie pensase que las llevaba para ocultar nada, las manos de los chicos sobre mis hombros, porque no derramé una sola lágrima en público, uno a cada lado, serios y enteros, quiere verle por última vez, quería marcar distancias con respecto a cualquier posible representación, no, gracias, no es necesario, y además con gafas oscuras parezco una groupie, los chicos miran al frente sin parpadear, una lección de hombría y de saber estar, no es necesario, ahí tienes una respuesta estúpida, vista como vista cuando me las calzo parezco alguna versión desmejorada de Chrissie Hynde, un gesto a un segundo empleado y la máquina cambia a una marcha más larga, parece una nave espacial a punto de despegar, y tal vez sea literalmente eso, un transporte a otro lugar, los pantalones ceñidos, las botas de tacón, el atuendo podría pasar, pero con las gafas oscuras, aunque en verdad no lo creo, éste es nuestro único lugar, así que nada de representaciones, y no obstante una sensación de vacío, qué es este irse sin palabras ni ceremonia, sin más, y por dentro musito algunos fragmentos del kadish, y así salgo, ni gafas negras ni ropa negra ni semblante oscuro, la galería piense lo que le vague y las tribulaciones mejor para el alma, del kadish katán, e incluso me entretengo observando el polígono de Villanueva, las naves de piensos y de repuestos mecánicos, la sala de fiestas Casablanca, porque de la versión larga del kadish quién se acuerda, beso a personas que ni reconozco, incluso al decir de los chicos mantengo conversaciones que luego no recuerdo, por las apariencias uno nunca podría decir, y en ese estado anestesiado paramos a comer en Berzocana, tengo un hambre voraz y el recuerdo de la nave espacial me hace sonreír, hambre al que hace sombra cierto sentimiento de culpa, pero puede el hambre, fíjate, más hambre que culpa, más hambre que pena, más hambre que cansancio, hasta que con los días llega el vacío, un vacío que se enseñorea hasta del hambre, dejando eso sí a salvo ese otro hambre de ceremonia que la cercanía de Yom Kipur va saciando, que tu vídeo ha transformado en consuelo, al menos el consuelo de haberle tenido por padre. Oiga, N., no le tenía por tan buen tenor: tú también si cambiaras esa montura años treinta benjaminiana por unas Oakley negras parecerías otro. No más guapo, estás tremendo cantando, tremendo en esa mirada de los últimos segundos, pero otro al que yo conozco cuando se calza las Oakley y cambia el Kol Nidré por You never can tell. 'Cause you never can tell.
 
Kol tuv,
PJ     

sábado, 7 de septiembre de 2013

Blanc

Foto: Sibylle Bergemann
 
Tenía uno de esos apellidos à particule que a los franceses tanto les gusta exhibir. En cambio, ella lo ocultaba como si fuese un lunar peludo. Durante unos años adoptó incluso un pseudónimo que resultaría vulgar hasta para un viajante de comercio. Luego dejó de escribir. La conocía precisamente por eso, por ser vecinos de mesa en el café de Saint-Jean donde ambos nos encerrábamos (yo con menos regularidad) de siete a diez a emborronar cuartilla (ella, una elegante Mulberry). Me he cansado de ser un sismógrafo, explicaba. No era esto lo que yo esperaba, convertirme en un punzón que traduce a golpe de pequeñas vibraciones movimientos que se producen demasiado lejos o a demasiada profundidad, parónimos falsarios, dijo, de lo que verdaderamente resuena en la sima. Pero no renunció a su Blanc. Iba, por ejemplo, a una farmacia, y dejaba encargada una caja de Hidroxil a nombre de Blanc, F. O recibía a un fontanero en su piso de la rue des Alpes anunciándole aquel nombre de tan común improbable. Desde ese inmueble de aspecto beirutí me telefoneó un día a la oficina en la que trabajaba aquellos días. Dio muchos rodeos, como si realmente no tuviese nada importante que contarme y sólo el aburrimiento le hubiera llevado a llamar. He heredado, dijo por fin. Una suma importante. En realidad, sólo la villa de Coligny bastaba para proclamarla multimillonaria. No entendía a dónde quería llegar. Le felicité. No, no era eso. Sabía que yo había estudiado leyes, aunque nunca hubiera ejercido el oficio. No quiero renunciar a mi apellido. ¿Se le ocurre -siempre nos tratamos de usted- alguna idea para que una Blanc pueda heredar a una de C...?

jueves, 5 de septiembre de 2013

Entre la idea y la realidad

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La prohibición rabínica de utilizar instrumentos musicales en las sinagogas se instauró para llorar la destrucción del Segundo Templo. La única excepción a la norma, que aún rige en algunas comunidades ortodoxas, era el shofar. Pero claro, del shofar no brota melodía alguna, sino una suerte de bramido que recuerda precisamente a un largo lamento. Lo que se perdió por un lado se ganó por otro, y la liturgia se enriqueció con bellísimas composiciones corales.
 
Por ejemplo, este B'rosh hashaná, aquí instrumentado y en versión de Itsjak Glickstein, cuya letra
 
En Rosh Hashaná está escrito
y en Yom Kipur estará sellado
quién habrá de morir y quién nacerá, etc.
 
siempre me recuerda a unos versos de Eliot:
 
Entre la idea
y la realidad
entre el movimiento
y el acto
cae la Sombra.
 
Shaná tová.

martes, 3 de septiembre de 2013

La obsesión por la coherencia

 
 
 
Mario Trinidad tuvo siempre dos obsesiones: el papel que jugaba el trabajo en la economía moderna, sobre lo que estudió, y escribió, incansablemente, y el campo de Extremadura, donde se empeñó en vivir, rodeado de un pequeño y ruinoso rebaño de cabras, algunas vacas y un precioso grupo de caballos. Allí falleció la semana pasada, a los 69 años.
 
Trinidad fue un hombre peculiar, original, un político que pasó fugazmente por la Administración y por el Congreso, que cumplió con seriedad y formidable eficiencia su trabajo, y que pagó, sin la menor queja, el coste de su extremada coherencia (dimitió como subsecretario de Cultura, con el primer gobierno socialista, 1982-1985, y dimitió como diputado del PSOE, 1986-1988, por discrepancias con la política económica del entonces ministro Carlos Solchaga).
 
Trinidad fue algo de lo que ahora se habla mucho: un político con una profesión. Impulsado por su profesor y amigo Alejandro Muñoz Alonso opositó al Cuerpo Superior de Técnicos de Información y Turismo y fue un estupendo gestor público con destinos en Bruselas, Chicago, Roma, El Cairo, Rabat, una profesión a la que regresaba siempre que la política, a la que intentó servir leal y tenazmente, le exigía lo que no estaba dispuesto a dar. Dimitió en sus dos intentos y lo hizo sin estridencias, guardando siempre su amable y afinado sentido del humor, respecto de sí mismo… y de los demás, por supuesto. O quizás fueron tres veces, porque, antes, Mario se marchó también del PCE por discrepancias con Santiago Carrillo. Había sido representante del funcionariado en la Junta Democrática y nunca perdió el afecto por sus compañeros de célula: Esther Benítez, Alberto Corazón, Eugenio Triana…
 
Trinidad era doctor en Derecho, pero su mayor interés estuvo siempre cerca de la economía y, muy específicamente, como buen marxista, en el protagonismo de las fuerzas del trabajo. Como diputado socialista formó parte del llamado Grupo del Palace, un grupo de reflexión en el que figuraban también Pedro Sabando o Julián Campos, y que intentó impulsar en el PSOE un debate sobre el futuro del socialismo. El rotundo fracaso del intento llevó a Mario Trinidad, de nuevo como funcionario, a Egipto, un país que amó con ternura y en cuyos elegantes restos otomanos llegó a ser un experto.
 
Cuando regresó a España, Mario Trinidad ya había decidido dedicarse a su segunda obsesión: el campo extremeño, que tan bien había conocido durante sus largos veranos de infancia con sus abuelos. En su pequeña explotación ganadera, lejos de cualquier centro urbano, rodeado de animales y de un cielo impresionante, con su familia y con una buena conexión con Internet, Mario observó atentamente lo que iba ocurriendo en su país, estudió sin descanso y escribió decenas de artículos periodísticos (colaboró asiduamente en El País) y varios capítulos de un libro inconcluso. Jamás pensó que hubiera que abandonar el debate, la discusión o renunciar a una sociedad más justa, más culta y más honrada. “Han sido las clases trabajadoras y medias con salarios suficientes las que han promovido la innovación. Si la mano de obra recibe salarios de miseria, la sociedad renuncia a innovar. Es la carestía relativa de la fuerza del trabajo, el encarecimiento salarial el que lleva en su seno el beneficio de la novedad y la invención”, explicaba. Hay que insistir, una y otra vez, aseguraba, porque todo se olvida y se niega, porque las otras fuerzas, opuestas a la del trabajo, jamás se detienen.
 
Mario le da dejado a sus hijos, Gloria, Laura y Gamal cuatro caballos. Tres están sin tan siquiera domar porque a Mario le gustaba encontrarlos por los campos, libres y bellísimos.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Vértigo

Foto: Cecilio Panigua
 
Cuando nos damos cuenta de lo grande que es la parte del mundo que no conocemos corremos a buscar sentido en la que pensamos conocer. Es apenas un rezón, pero basta para frenar el vértigo de la deriva. Si al menos desnudamos esa minúscula fracción, nos decimos, podremos aferrar algún fragmento, por exiguo que sea, del secreto más amplio. Así que escudriñamos, desfragmentamos, reconstruimos en busca de ese sentido. También el artefacto del paranoico carece aparentemente de fisuras. Su sintaxis es correcta, los detalles precisos, las voces auténticas, la trama forma una cadena verosímil de acontecimientos. Y el conjunto se nos presenta como un acercamiento candoroso a algo real. Sólo escapando del sólido laberinto de su lógica se nos revela el absurdo de sus axiomas y vemos que el grado de elaboración es inversamente proporcional al grado de verdad.