viernes, 16 de agosto de 2013

Saetilla



1991. Cuando no era más que un joven con muy poca experiencia en el terreno y él rondaba ya unos espléndidos 70, le preguntó qué es lo que le había llevado a invertir su mucha capacidad en defender a nazis y terroristas islámicos. Cómo a un hombre tan dotado no le había traicionado el estómago delante de un tipo como Barbie o como George Ibrahim Abdalá. Era una pregunta muy ingenua que se hubiera abstenido de hacer años más tarde. Murió ayer y no puede lamentar su muerte, pero sí que el hálito de aristocracia y prestigio que le rodeaba les acompañara hasta las cloacas de Lyon y Lannemezan.

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No sé si es peor el calor húmedo de T. o esta caldera que es DB. Por la noche me mantengo despierto hasta que compruebo que se ha dormido. Pero por la mañana no logro despertar más allá de las nueve. Combato el cansancio acumulado del viaje africano, de las horas de conducción hasta aquí y de la falta de sueño con tazas de café negro y la lectura del libro de Scholem, con el que me hice nada más aterrizar en Madrid. Qué le llevaría a instalarse en este pueblo, me pregunto. Pero si desplazo el telescopio hacia mi propia vida veo cuánto me parezco a él. Distintas aficiones y quehaceres, pero idéntica pasión por las causas perdidas y los muñecos rotos.

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Gusta de montar en su cabeza complejas estrategias y fantasear sobre las consecuencias en sus destinatarios. Estos días anda en alguna de ellas. Me l@ figuro en un enloquecido diálogo mental, ponderando riesgos, regocijándose ante hipotéticos triunfos, sufriendo cuando entrevé la posibilidad de una derrota bajo el signo de la indiferencia o la chanza. "Hay muchas personas obsesionadas con la pureza / pero que, por más que se pasen la vida barriendo / jamás llegarán a vaciar su mente" (Keizan Zenji, Denkoroku - Crónicas de la transmisión de la luz). Como esa pobre gente que habla consigo misma por la calle, y cuyos gestos inconscientes, ora el ceño fruncido de la contrariedad, ora la media sonrisa de la venganza satisfecha, delatan que en ese momento, contra lo que parece, no están solos, sino acompañados de una legión de aliados y enemigos imaginarios.
 
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He soñado en un reloj cuyas manecillas corrían en sentido contrario al habitual. No es difícil de interpretar: en el propio sueño, razonaba que las agujas que se desplazan hacia la derecha invitan a pensar en un tiempo que correrá por siempre, mucho después de que nosotros andemos a saber dónde, mientras que la saetilla soñada está marcando una cuenta atrás. Mientras nos aproximamos a la casilla de llegada, paso los días contándole proyectos y haciéndole reír, única forma de que el miedo no nos raspe el alma.
 
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Hay dos escritores contemporáneos, aunque muertos, de los que debo alejarme si no quiero terminar garabateando a su manera, Max Sebald y Henri Michaux. De Michaux traduzco estos días, contraviniendo el consejo, fragmentos de Face aux verrous:
 
"El rostro del transeúnte desconocido que me salió al paso era tan triste, que en el tiempo que tardó en recorrer los pocos metros que nos separaban grabó en el mío arrugas profundas, ... duras arrugas apoyadas en toda su desconsolada miseria de las que ya no he podido deshacerme.
 
Desde entonces, modelada a mi pesar por la cicatriz de este pasado terrible, mi vida ha cambiado, transcurre entre compañías hastiadas y miserables, inmerso en dramas abrumadores que no me estaban destinados donde me hundo o me pierdo... todo a causa de haberme dejado sorprender un día en la calle por un rostro afectado del más profundo de los dolores".