martes, 13 de agosto de 2013

Resistencia


L. está leyendo La resistencia, de Sábato. Me muerdo la lengua, recuerdo que también yo a esas edades escuchaba a Paco Ibáñez, leía a los patafísicos y tenía en mi cuarto un cartel con Lenin y Trotski atravesando la Plaza Roja, y la conversación discurre por las posibles formas de resistencia en el mundo excedentario. Le hablo de P.O. como el ejemplo más reciente de resistencia que conozco.

P.O. lo perdió todo hace tres años, después de dirigir durante doce temporadas una compañía especializada casi exclusivamente en textos cervantinos. El verano pasado improvisé una visita a Almagro y quedé impresionado por su versión de El licenciado Vidriera. Luego, un buen día, empezaron a llover requerimientos municipales. P.O. es un hombre extremadamente tímido y poco amigo del pasilleo. No quiso llamar a ninguna puerta y la compañía quebró, llevándose por delante su exiguo patrimonio personal. Era la crónica de una muerte anunciada. En el mercado de los clásicos sobrevivieron los de siempre, los paniaguados, aquellos a los que nunca parecen llegar los requerimientos, o los que los sortean sin necesidad de apoquinar un duro o soltando parte de los que les llegan en forma de subvenciones. Y P.O. se retiró a vivir a un pueblo de la sierra norte de Madrid.
 
El azar quiso que conociera a uno de los actores colombianos que habían trabajado con él. Me proporcionó el contacto y le invité a cenar. Hice lo imposible por embarcarle en un proyecto que sin él me parecía complicado sacar adelante. Pero insistía en que no quería volver al teatro. Su pasión de tantos años se había desvanecido. Dedicaba sus horas a pintar y pasear, tallar extrañas formas en las raíces que recogía en los bosques de Cuelgamuros, leer poco, pensar mucho. ¿Vas a dejarles que ganen la batalla?, le pregunté. La respuesta fue un largo silencio. Callado frente al plato con la mirada perdida, el tenedor olvidado en vertical sobre un trozo de carne, el ruido de cubiertos y el rumor quedo de las conversaciones a nuestro alrededor pronunciando aún más si cabe su aislamiento. Mientras esperaba respetuoso a que reflotara de su ensimismamiento, me pregunté qué habría sido de él de haber nacido en Nueva York, o incluso en Buenos Aires.
 
Seguí mi camino acompañado de una antigua ñaque también expulsada de las tablas. Me puse manos a la obra con Rinconete y Cortadillo. Hace unos días, cuando ya había acabado la faena, recibí en el correo su adaptación de dos de las novelas ejemplares, acompañada de un escueto: "Vale, vamos a ello". Tiré a la papelera mi miserable versión y volví a imaginármelo en otra ciudad: tanto talento y tanta energía echados por borda. ¿Qué estamos haciendo de este país? Le respondí también breve: "A por ello. Hasta en la cárcel, como el manco".